Los tontos

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Por mucho que se le vincule con una operación de lavado de dinero, que es perfectamente verosímil, sigue siendo inalcanzable para el entendimiento humano por qué Ronaldinho usó un pasaporte falso para entrar en Paraguay, razón por la cual ahora se encuentra en prisión preventiva. Su abogado, eso sí, ha dado el argumento definitivo: si un tipo con sus papeles brasileños en regla y que, como ciudadano de Mercosur, le bastaba con su documento nacional de identidad para ingresar al país sin ningún problema, si esa persona, mundialmente conocida además, usa documentación falsa como paraguayo naturalizado en el control migratorio es porque es rematadamente tonto. A falta de otros detalles, parece una explicación convincente.

Los tontos o, mejor dicho, quienes aparentan serlo, son muchos más de lo que parecen, al punto de que bastaría con repasar nuestra reciente historia judicial para confirmarlo y hasta para sustentar un cambio en las reglas penales, de manera que todo encausado fuera considerado rematadamente lelo hasta que no se demostrara lo contrario. Sustituir la presunción de inocencia por la de imbecilidad facilitaría la labor de muchas defensas que, ante conductas o afirmaciones incomprensibles de sus clientes, incompatibles con el sentido común, alegarían su panfilismo como eximente. Sería misión de los jueces demostrar que, en realidad, los supuestos mononeuronales iban de listos, que es lo más habitual. Un Estado de Derecho garantista no tendría que despreciar esa posibilidad.

Fuera de los tribunales se da una situación distinta. Tontos no faltan, es verdad, pero es que al resto y por principio se le considera idiota. No hay corruptela, campaña o directriz política que no confíe su éxito al supuesto candor general, ese que siempre verá gigantes en vez de molinos de viento o que aceptará como normal y hasta beneficioso lo que, en esencia, es una desfachatez inasumible. Se presume de tal manera la tontuna colectiva que es ya una norma descargar responsabilidades y culpas en quienes, si acaso, se limitan a padecer las consecuencias de lo que les resulta completamente ajeno. La presión es de tal calibre que muchos llegan a convencerse de que, en efecto, hubo un tiempo en el que vivimos por encima de nuestras posibilidades, de que somos nosotros y no las industrias contaminantes los que podemos revertir la crisis climática, de que quien dijo derechos quiso decir utopías o de que todo lo que nos duele o precariza es necesario y se ejecuta por nuestro bien.

El problema, sin embargo, no es que nos tomen por tontos, porque pese a las altas dosis de soma a las que se nos somete siempre es posible mantener algo de consciencia para mandar a hacer puñetas a los expendedores de anestesia y a los manipuladores. El verdadero peligro deviene cuando, además de parecer y actuar como tales, lo somos de verdad.

Al margen de la enfermedad en sí, uno de los males que ha acarreado la epidemia de coronavirus es el de hacer aflorar al tonto que llevamos dentro o, por efecto de una extraña mutación, transformarnos directamente en gilipollas. Los primeros síntomas se manifestaron ya con diversos episodios de discriminación hacia ciudadanos chinos, a los que se presumía infectados por el simple hecho de tener los ojos rasgados y, a mayores, vender pilas y fundas para el móvil. La sinofobia habría ido a mayores si el bichito de Wuhan no hubiera sido tan democrático al elegir huésped sin hacer distingos entre nacionalidades.

Actualmente, la estolidez se ha diversificado. Por un lado, están los temerarios, capaces de poner en riesgo su salud y las de quienes les rodean por trivialidades que suelen tener forma redonda y ocupan la mayor parte de sus cerebros. Pasándose por el forro las recomendaciones, un amplio grupo de ellos se reunió anoche en Valencia para dar ánimos a su equipo ante la decisión de las autoridades de que todas las competiciones deportivas, partidos de fútbol incluidos, se disputen durante las dos próximas semanas a puerta cerrada. “Valencia hasta la muerte”, gritaban los muy tontos.

Por otro lado, están los apocalípticos que, a falta de refugios nucleares y bacteriológicos, se conforman con resistir en sus casas y acumular en sus despensas ingentes cantidades de lentejas precocinadas para que no falte el plato de cuchara hasta que se acabe el mundo. Tendría un pase la compra compulsiva de desinfectantes y mascarillas, en su mayoría inútiles, pero dudar del abastecimiento de legumbres es sintomático. Del acaparamiento de los últimos días llama la atención la fijación con el papel higiénico, que retrataría a sus compradores como auténticos tontos del culo.

Podemos apostar, si Garzón lo permite, a que seremos capaces de contener la epidemia vírica. La otra, esa necedad tan contagiosa, tiene muy mal pronóstico. Somos muy capaces de acabar como Ronaldinho y usar un pasaporte falso de Botsuana para intentar entrar en Toledo. Al tiempo.

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