La conspiración republicana

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Algunos verán en las últimas revelaciones sobre nuestro rey emérito la alargada sombra del enriquecimiento ilícito o la impunidad en grado supercalifragilístico, que es mucho más que superlativo. Son simples prejuicios de quienes nunca entenderán la filantropía y generosidad de la realeza y de su más estrecho círculo de colaboradores. Solo quienes tienen el corazón muy negro confunden la generosidad y el desprendimiento con fechorías y atracos. Afortunadamente, el hombre que pilotó la Transición con la incomodidad de llevar siempre la corona puesta no es de los que se dejan intimidar por la maledicencia.

Se habla en primer lugar de una cuenta en un banco suizo de 100 millones de dólares cuyo único beneficiario era Juan Carlos I, dinero que había llegado procedente de una transferencia del ministerio de Finanzas de Arabia Saudí, regentada entonces por Abdalá bin Abdulaziz, un sátapra de cuya honestidad nadie con la cabeza sobre los hombres dudó jamás en su país y a veces fuera de él. Se alude a que el dinero correspondería a una mordida borbónica por el contrato del AVE a la Meca, cuando, en realidad, se trata de una costumbre que instauró el rey Fahd, para quien nuestro campechano monarca siempre fue un hermano y al que en su día también hizo llegar otros 100 millones y hasta uno de los Fortuna para que briboneara por Mallorca y se olvidara de las responsabilidades del cargo. ¿Vamos a impedir a estos señores, que más que amigos del Golfo son hermanos, que cumplan con sus tradiciones? ¿Acaso nosotros mismos no tenemos por tradición venderles armas para que masacren a sus vecinos y la cumplimos a rajatabla?

Siguiendo la pista del dinero, se ha establecido que 65 de esos millones fueron a parar a la cuenta de Corinna zu Sayn-Wittgenstein, esa mujer increíble que ha tenido el detalle incluso de cambiar su apellido a Larsen para que podamos pronunciarlo. Los motivos de esta transferencia los ha explicado con pelos y señales la amiga cariñosa del emérito: un regalo no solicitado, una donación para ella y para su hijo fruto del cariño por los años de mala salud en la que Corinna, cuan Teresa de Calcuta, le había ofrecido sus cuidados y ese calor que solo el pecho ajeno es capaz de proporcionar.

El acto es de una prodigalidad inaudita y manda además un mensaje inequívoco a las autoridades sobre lo mal pagados que están en España los cuidados de la dependencia. Carecen de sentido las insinuaciones de que se ha querido comprar el silencio de Corinna, quien, por otra parte, no para de hablar, sobre todo si el que está delante es Villarejo con la grabadora, u otras insidias cortesanas. La prueba de que hemos tenido un jefe de Estado muy rumboso es que otra pequeña parte del dinero fue entregado a otra de sus amigas solícitas, que se supone que en eso de los cuidados la empresaria alemana también libraría algún día a la semana. Finalmente, se descubrirá que de los 100 millones no queda un céntimo porque Juan Carlos siempre se ha hecho querer, nunca le han faltado sanitarias muy entregadas y de bien nacidos es ser agradecidos.

A estas alturas ya ha debido de quedar claro que las familias reales saudí y española llevan la munificencia en la sangre, que es lo que las tiñe de azul marino, y que esa largueza es más contagiosa que el dichoso coronavirus. La prueba vino a darla esta semana el primo lejano de Juan Carlos, Álvaro de Orleans, al que con muy mala leche se suponía su testaferro y que, tal y como se deducía en la entrevista que le hizo El País, no es sino un pedazo de pan que viste tweeds muy elegantes.

Sobre el bueno de Álvaro se cernía la sospecha de que era la caja fuerte de Juan Carlos y que por esa razón recibió 50 millones de euros como comisión por la venta al Barclays Bank del Banco Zaragozano, propiedad de Alberto Cortina y Alberto Alcocer, primos ellos en todos los sentidos y amigos de cacerías del entonces rey de España. Puras insidias. Se aportaba como prueba otra costumbre, la que tenía el de Orleans de pagar los viajes privados del Borbón durante más de una década hasta que nuestro regio turista, convertido ya en padrino de su hija, le dijo que ya había pagado bastante.

La entrevista revela la razón de estos gestos: la promesa a su padre de estar siempre disponible para echar una mano a las familias reales cuando lo necesitaran. En definitiva, Álvaro de Orleans no es un hombre de paja sino el impulsor de la mayor ONG de la monarquía o, cuando menos, su agencia de viajes. ¿También esto os va a parecer mal, almas de cántaro?

Pese a que todo lo anterior demuestra que la integridad del padre del rey está en su ADN, la Fiscalía Anticorrupción ha mandado a Suiza una comisión rogatoria que sólo servirá para malgastar el dinero público y para que sus miembros conozcan los Alpes. Más allá de la inviolabilidad de la que gozaba cuando se desvivía por el país y del aforamiento que ahora le protege, buscar las vueltas a quien siempre ha demostrado una rectitud inquebrantable es un delirio o una conspiración republicana llamada al fracaso. A Juan Carlos I el Intachable nada de esto le quita el sueño.

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