La celda de Kafka y el café de Joyce

La lectura obliga a descifrar signos y exige cierta lentitud para capturar el sentido

Viajeros del Metro de Bilbao consultan sus móviles.
Viajeros del Metro de Bilbao consultan sus móviles. FERNANDO DOMINGO-ALDAMA

 

Internet forma parte de la rutina de cualquier ciudadano del siglo XXI y ha cambiado radicalmente el mundo desde que su uso se ha generalizado. Sin la Red serían millones de personas las que hoy andarían medio cojas a la hora de informarse, relacionarse, educarse, comunicarse, entretenerse, pensar, desplazarse, intervenir en la marcha de las cosas. Muchos hábitos se han transformado; muchos procedimientos, costumbres, comportamientos han dejado de ser como lo fueron hace un tiempo. ¿Se ha ampliado el margen de maniobra real de los individuos o se ha reducido a pesar de la vertiginosa velocidad con que se gestiona ya cualquier asunto? Son preguntas recurrentes que no admiten respuestas fáciles; muchas veces están incluso mal planteadas, de tal manera que el debate resulta trivial y termina reducido a un coro de grillos entre dos posiciones antagónicas (y absurdas): los que están a favor y los que están en contra.

¿Qué ha pasado con la lectura? ¿Se lee hoy de distinta manera (los libros, la prensa)? Los soportes han cambiado, efectivamente, pero el proceso sigue siendo el mismo. Tanto en el papel como en la pantalla. Lo decía el escritor Ricardo Piglia en una conversación sobre esta cuestión que se celebró en la Biblioteca Nacional de Buenos Aires en el ya lejano año 2007: “El lector es un sujeto que está descifrando una serie de signos y está solo en eso”, comentaba. En cuanto se entra en un texto es inevitable romper con lo que se tiene alrededor. Pero esa ruptura puede darse de distintas maneras, contaba Piglia, y la ilustraba con la actitud de dos escritores. Franz Kafka representa al lector que se aísla y no quiere ser interrumpido; Joyce, al que está conectado a un sinfín de estímulos y que anda un tanto distraído: “Entra y sale, se dispersa, se concentra, se va”. Seguro que hoy se siguen cultivando las dos maneras, aunque igual más la de Joyce que la de Kafka; se busca el encierro para concentrarse mejor, pero sobre todo se lee en medio del barullo. Sea como sea, tiene razón Piglia, “hay una lentitud de la lectura, digamos así, un tiempo para captar el sentido, difícil de cambiar”. En la intimidad de la celda o en medio del bochinche de un café.

En aquel encuentro, recogido en La forma inicial, Piglia hace agudas observaciones sobre las mudanzas que estaban provocando las nuevas tecnologías. La proliferación de información. Los cambios en la sociabilidad. El proceso de desmaterialización. La irrupción de un espacio sin fronteras donde todo se intercambia y circula, y que exige que se produzcan materiales (contenidos) para poder funcionar. La gratuidad. La provisionalidad y la instantaneidad. Esa especie de anarquismo primitivo.

Y hablaba también de los modos de apropiación, del corte y pega, de las citas. Cualquiera que está conectado a Google, apuntaba, “puede hoy hacer alarde de erudición”. Es cierto. Pero también es verdad que, en ese nuevo marco que inaugura Internet y que ha producido esa inquietante modalidad de individuo que se cree dueño de una soberanía sin límites por estar al mando de un móvil, la cita puede ser también un gesto de humildad. El reconocimiento de no estar solo y el haber comprendido que solo se recorren caminos que ya otros transitaron.

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