Ganar tiempo en un mundo apagado

Nuestros padres se fueron a la guerra y a nosotros nos mandan a casa, no estamos pues tan mal. Este tiempo detenido nos permite reflexionar. Ya que estamos parados, pensemos

Paseo de la Florida de Madrid el martes pasado.
Paseo de la Florida de Madrid el martes pasado. ALVARO GARCIA

 

Confinados en nuestras casas asistimos incrédulos a la impotencia de unas sociedades desarrolladas para defender a sus ciudadanos, acostumbrados a que todo tiene cura, basta con darle al interruptor correspondiente. Hasta ayer nos creíamos invulnerables y ahora tenemos que gestionar la incertidumbre. Tras la negación que abre todo duelo: esto no puede estar pasándonos a nosotros, braceamos en la fase de la depresión tras recibir el impacto de lo altamente improbable. Un mundo conectado como nunca, súbitamente apagado, la vida congelada como si estuviéramos en Marte.

Nuestros padres se fueron a la guerra y a nosotros nos mandan a casa, no estamos pues tan mal. Este tiempo detenido nos permite reflexionar. Ya que estamos parados, pensemos. Me ha gustado leer al escritor Luis Landero afirmar que “quizá pronto sepamos de qué pasta moral estamos hechos los europeos. Quizá ahí esté la gran exclusiva de nosotros mismos”.

La pandemia que nos desquicia hay que situarla en un contexto histórico. La canciller alemana Merkel nos recuerda que es lo peor ocurrido desde la Segunda Guerra Mundial. Su aseveración me ha pillado releyendo la espléndida biografía de Hitler del historiador británico Ian Kershaw. El relato del Holocausto y del final en Berlín del Tercer Reich, con niños de 14 y 15 años llamados a filas por el enloquecido Führer en una suicida defensa final, superan la imaginación de la mayor catástrofe y dolor de la historia. Cincuenta millones de muertos. En una década Alemania se había levantado de la ruina absoluta.

Hubo tiempos peores, y no tan lejanos. Y se superaron. En 1918, la mal llamada gripe española, causó 40 millones de muertos. Hoy, aplastados por una avalancha de bulos, aprendemos que la humanidad no está diseñada para no saber. La naturaleza puede ser cruelmente didáctica y tiene algo que decir cuando los humanos tenemos la presunción de afirmar su conquista (George Will, The Washington Post). Cura de humildad necesaria en el confinamiento. Al comienzo del siglo XX, el 40% de todas las muertes en EE UU se debían a enfermedades infecciosas; hoy, solo un 2%. En los años cuarenta del siglo XX se descubrió la penicilina y con ella los antibióticos. Hace nada, en 2011, se produjo un hito. Fue el primer año en que más gente murió de enfermedades no transmisibles: infartos, diabetes, ataques diversos, que de todas las enfermedades contagiosas combinadas.

Miles de millones de vidas alteradas, mucha gente morirá y las consecuencias económicas serán inmensas. Planificar este año carece de sentido. Pero al mismo tiempo desciende el virus del individualismo y se valora la eficiencia de lo colectivo, la ciencia cobra relevancia y con ella el regreso a la verdad, el patriotismo se desmilitariza y los nuevos héroes son el personal sanitario. Creemos posible el fin del trumpismo y asumimos el auge de China. Pero, mientras dure la fase álgida, solo es posible ganar tiempo para evitar el colapso sanitario y mantener la calma.

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