Fin de las noticias del mundo

Fin de las noticias del mundoEste período de reclusión forzosa me ha pillado lejos de mi biblioteca, en casa de mi novia, y el otro día estaba repasando sus libros cuando de pronto tropecé con uno que yo le regalé y cuyo título me saltó a la cara apenas recorría los estantes: Fin de las noticias del mundo, de Anthony Burgess, una maravilla muy poco conocida y que he regalado también a unos cuantos amigos. No sé cuántas veces la habré leído, de manera que no pude resistirme a hojearla una vez más y casi sin proponérmelo, di con un pasaje alucinante en el que Val Brodie, profesor universitario y escritor de ciencia-ficción, recuerda el argumento de una novela suya, Broche de cuerno y colmillo de suerte, en el que una píldora para el dolor de cabeza provoca el efecto inesperado de una neurosis colectiva en la que los pacientes sufren sueños apocalípticos y se imaginan que el fin del mundo va a llegar de un momento a otro, cada uno de una forma distinta: “una gran explosión en el centro de la tierra, una epidemia mundial que arrasaba poblaciones enteras en cuestión de minutos, una guerra con gases nerviosos y agua envenenada, contaminación del aire, invasión de feroces guerreros del espacio exterior. Después descubrían una cura de la neurosis, la gente reanudaba su vida de antes y el fin del mundo llegaba de una manera que nadie había sospechado”.

Como explica el propio Brodie en la novela de Burgess, el fin del mundo es un tópico de la ciencia-ficción, un tema recurrente que los escritores del género han trabajado desde el clásico indiscutible de Wells, La guerra de los mundos, hasta la fantástica epopeya zombi de Max Brooks, La guerra mundial Z, pasando por magníficas pesadillas como Soy leyenda, de Richard Matheson, El día de los trífidos, de John Wyndham o Memorias encontradas en una bañera, de Stanislaw Lem. La idea, de Wells en adelante, es que sea lo que sea a lo que la humanidad se enfrente -extraterrestres, meteoritos, vampiros, virus, plantas con muy mala leche- el peor enemigo de todos es la estupidez humana y la falta de solidaridad, un principio que está a años luz del neoliberalismo que lleva imperando en occidente desde hace décadas y que se ve muy bien en las películas de zombis, especialmente en las del maestro George A. Romero, quien por algo decía que los zombis a toda velocidad no tienen ningún sentido, ya que lo que verdaderamente da miedo es contemplar a un montón de gente que no para de discutir y no se pone de acuerdo en nada mientras los rodean unos monstruos a cámara lenta. Amenaza, por cierto, que estamos repitiendo al milímetro.

En la magna novela de Burgess hay tres historias entrelazadas que versan sobre el fin del mundo tal y como el ser humano lo ha conocido: el descubrimiento del inconsciente por Freud, el sueño del socialismo universal proclamado por Trotsky en su viaje a Nueva York y la inminente llegada de un asteroide gigantesco, Lince, que ha entrado en el sistema solar dispuesto a poner punto final al planeta Tierra. En realidad, eran tres obras independientes en las que Burgess estaba trabajando -un serial televisivo sobre la vida de Freud, un musical sobre la visita de Trotsky a Estados Unidos y una fantasía sobre el fin del mundo- pero las dos primeras se malograron y él decidió anudarlas mediante una argucia narrativa asombrosa. Hay pocas páginas en cualquier literatura que puedan compararse a la destrucción de Nueva York tragada por las aguas o al diálogo aterrador que Freud mantiene con el cáncer de mandíbula que va a matarlo. Más allá de Wells, el Homero del género, existen antecedentes gloriosos en la ciencia-ficción, empezando por la Biblia y terminando en el Apocalipsis de San Juan, el Libro de las Revelaciones, un libro extraordinario que no se parece a ningún otro y que tiene final feliz, aunque no lo parezca.

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