El símbolo de la recuperación

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Motivo de fraternidad, los Anillos Olímpicos consiguieron logotipar a la humanidad como ningún otro símbolo del último siglo. Sobre una ciudad, un estadio, un uniforme o una bandera, siempre funcionaron como escudo protector: bajo su manto, podíamos mirarnos a los ojos, resolver problemas y dialogar.

El Olimpismo ha sido un hogar calentado por una llama común. Después de algunas semanas en las que el deporte mundial iba desmoronándose cada jornada, los Anillos intentaron resistir al cautiverio impulsados por esa razón para la que fueron creados: dar esperanza a la gente. Alrededor suyo, se sostuvieron nobles discusiones, se publicaron feroces críticas y se analizaron las diminutas posibilidades que hacían creer que los Juegos de Tokio 2020, podían celebrarse.

En el fondo de todo esto, el Olimpismo sabía que era difícil continuar, pero su misión le impedía rendirse, hasta que el deporte se lo exigió. Sin garantías para organizar una justa que cumpliera con igualdad en la preparación de sus atletas, el deporte olímpico arriesgaba el bien más preciado de su espíritu: la sana competencia.

Fueron los mismos deportistas, garantes del Movimiento, quienes exigieron detenerlo hasta nuevo aviso. Podemos seguir viéndolo como un símbolo de fortaleza y fe en la humanidad, pero en estos momentos de su historia, no podemos concebirlo como un evento deportivo apuntado en una agenda. El deporte se detuvo por completo, los Juegos Olímpicos, uno de sus grandes pilares, cayeron.

A la decisión final le hace falta un acta y una fecha: un movimiento lleno de simbolismos merece el respeto de un protocolo oficial. No se trata de clausurarlos, sino de recuperarlos junto a la humanidad. No es cuestión de calendarios, competencias, estructura, plazos o inversión. El COI tiene que dirigir su mensaje a la gente: los Anillos Olímpicos de un Tokio post fechado, se volverán un símbolo de la recuperación.

 

https://www.milenio.com/opinion/jose-ramon-fernandez-gutierrez-de-quevedo/cartas-oceanicas

 

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