Coronavirus y papel higiénico: el efecto contagio

Coronavirus y papel higiénico: el efecto contagio. / FOTO: JAIRO VARGAS
Coronavirus y papel higiénico: el efecto contagio. / FOTO: JAIRO VARGAS

 

A toda España le ha dado por limpiarse el culo al mismo tiempo, con el gran engorro y la mayor logística que supone. Como pueden imaginarse, el efecto llamada, antes llamado retortijón, no ha sido provocado por el proceso de regulación intestinal, sino por el coronavirus, cuyas cepas han alcanzado las estanterías de los supermercados. 

Pese a que la misteriosa desaparición da mal rollo, un reponedor trata de justificar la carencia de papel higiénico, impotente ante la visión de los clientes plantados ante las baldas vacías, esperando la llegada de la celulosa como otros aguardan a que se les aparezca la Virgen. “La gente está cagada de miedo”, justifica el experto en la materia para atajar el pánico. 

No ayuda que en otros anaqueles falten las latas de fabada, aunque reconforta que, al menos para compensar, también se registre una escasez de arroz. Pero España tiene el vientre suelto y no hay dieta blanda que frene la deposición, que comenzó en las urnas hasta que el olor alcanzó los parlamentos, si bien el coronavirus ahora lo camufla todo.

Coronavirus y papel higiénico: el efecto contagio. / FOTO: JAIRO VARGAS
Coronavirus y papel higiénico: el efecto contagio. / FOTO: JAIRO VARGAS

Lo llaman efecto colateral, cuando todos sabemos que es rectal. Otros achacan la falta de papel higiénico al efecto contagio, cuando lo que se transmite no es un mero acto impulsivo de compra, sino una infección que no se cura con la sedosa mirada de un labrador retriever, o sea, el perro del anuncio de Scottex. 

Extraña pensar que un señor de La Elipa metió cinco packs de veinticuatro rollos en el carrito, una joven lo imitó en Moratalaz, un anciano hizo lo propio en Delicias y, cuando nos dimos cuenta, todo Madrid se estaba cagando por la pata abajo. Quien dice Madrid, dice Marín, desde donde me llaman para preguntarme qué tal estoy y si aquí hay papel, porque allí no. 

Habría que preguntarle a los sociólogos y psicólogos qué ha causado la fiebre del papel higiénico, si bien resulta complicado saber si quienes frecuentan la sección de droguería y limpieza se dedican a tales menesteres. Uno podría gritar si hay algún loquero presente en el pasillo, como quien pide la ayuda de un médico en la cubierta de un crucero, pero resulta más discreto recurrir a los empleados del súper.

“Por la mañana llegaron dos palés y se acabaron antes de las once. Yo creo que la gente tiene seis baños en casa”, ironiza la dependienta de una cadena valenciana. En otra francesa funciona el teléfono roto: un reponedor dice que reciben el papel a primera hora, aunque se termina pronto; otro, que llevan un día desabastecidos; y el carnicero, que la fábrica ya no les sirve.

Coronavirus y papel higiénico: el efecto contagio. / FOTO: JAIRO VARGAS
Coronavirus y papel higiénico: el efecto contagio. / FOTO: JAIRO VARGAS

El más cuerdo, sin duda, es el pescadero, quien apunta con su dedo la sien y la taladra, queriendo decir que la gente no está bien de la cabeza. Aunque falte la pasta, parece que sobra el dinero, porque las ventas de algunos productos se han disparado. Por cierto, hay nombres maravillosos, como fideo cabellín. Quizás nadie había reparado en ellos hasta que se agotaron: “Vaya, no queda sopa lluvia”. 

Hay quien asegura que todo comenzó cuando anunciaron que los niños se quedaban sin colegio, pero resulta muy feo acusarlos de cagones. También lo achacan al teletrabajo, lo que podría sugerir que la gente defeca mucho lejos de casa, una imputación fuera de lugar. Quizás funcione la reventa, como en las Ventas, aunque el tráfico de rollos parece un disparate. Es difícil imaginarse al camello de la esquina ofreciendo papel en vez de papelinas.

Como uno no quiere ser menos, o al menos quiere ser el 99%, he salido como todos en busca de papel higiénico, con resultado infructuoso. Hasta que en un pequeño supermercado me encontré con unos rollos resistentes, suaves y absorbentes. Titubeante e indeciso, el reponedor me advirtió: “No lo dudes, esto lo arrasan en diez minutos”. 

“¿Y esos de ahí?”, le pregunté mientras le señalaba una pila en el pasillo, todavía sin desembalar. “Ni me voy a molestar en ponerlos en las estanterías, porque desaparecerán en un santiamén”. Quizás dijo “en un rato”, porque ahora nadie dice santiamén, pero el caso es que no me los llevé porque en ese momento me dio un apretón y pensé que lo más oportuno era irme corriendo a casa para evacuar España.

@solucionsalina

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