Conversaciones con leprosos

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Pienso en Sor Juana Inés de la Cruz, su lápida afirma que murió el 17 de abril de 1695, ¿cómo será su medallón de carey, el rosario de plata? ¿Estará en buen estado el traje de gala con el que la enterraron? No he podido visitar sus restos, reposan en lo que afirman fue su celda en el ex Templo de San Jerónimo, su hermoso e invaluable medallón pertenece al pueblo mexicano, ¿será posible tocarlo? Qué fantasía más oscura tenerlo entre los dedos.
 
Arturo Romano Pacheco, primer antropólogo forense mexicano, en 1978, encontró los huesos de más de 250 monjas y entre ellos: la osamenta de Sor Juana, monja alucinada e iluminada de poesía que murió en su celda, sola, asolada por una epidemia. Guardamos miedos, emociones, nuestros comportamientos de especie primitiva resurgen, somos agresivos ante lo que nos amenaza de muerte.
 
No es la primera vez, epidemias terribles han azotado la ciudad y nuestro país desde antes del siglo XVI, plagas como las hambrientas langostas devorando todo a su paso, montones de cráneos en páramos desolados, la miseria del hambre, heladas, agua contaminada que acabó con especies, sequías e inundaciones mataron a nuestros ancestros antes de las epidemias que trajeron en sus barcos los hombres que provienen de un continente viejo y enfermo: Europa. Solo el colonizado lo romantiza creyéndolo más civilizado.
 
El gran tlatoani Moctezuma se mostró solidario, cesó el tributo que le rendía su pueblo. En el Códice Chimalpopoca se encuentra plasmada la gran hambruna de 1453, en el año Uno Conejo, Ce-Tóchtli, el soberano, abrió las trojes en las que guardaba su tributo para alimentar a los sobrevivientes, intentaron calmar el hambre, un gran éxodo ocurrió, algunos murieron en el camino, fue el castigo de sus dioses iracundos. Nuestra ciudad es un perro viejo y enfermo que nadie quiere eutanasiar porque el amor por su ritmo y personalidad es: entrañable.

Recordé el pasaje decimotercero de la Divina Comedia en el que Dante señala cómo son castigados los que son violentos contra la naturaleza y contra sí mismos, aunque no es el poeta para el que enciendo velas, me conmueve su gran acierto acerca de la condición humana. Ramas torcidas, tenebrosas, espinales venenosos que salen a la calle tosiendo, con las manos sucias, sin cubrebocas, sabiéndose infectados de alguna enfermedad respiratoria, esa es la apatía ante la vida, hordas criminales que creen que están de vacaciones, pasean en centros comerciales, librerías, cafés, parques, restaurantes, cines. Los han “liberado” por 40 días, están en los bares, despreocupados, lo único que parece importarles es la diversión. Algunos ya no son suicidas, son homicidas al arriesgar a los más vulnerables, su abuela o madre mayor de 60 años.

Dante dejó ante nosotros una reflexión, para él, la persona que atenta contra sí mismo, es una especie de asesino social malvado, he dado vueltas hasta entender que: la persona que atenta todo el tiempo contra sí mismo, es el que ensucia e infecta todo lo que le rodea, no solo se hunde, arrastra a los otros. Observa a esas personas en los supermercados acaparando los limpiadores que quedan, peleando por un gel antibacterial, por un paquete de toallas antivirus, almacenando latas, cerros de papel, dejando sin posibilidad de alcanzar algo para comer a los que cobran a fin de mes, aquellos que viven al día no pueden pagar ni siquiera 300 pesos de despensa, esa es la realidad del obrero mexicano, de la señora que limpia oficinas y casas, del desempleado, del señor que empaca tu cerro de cosas. Algunos miserables infecciosos logran salvarse infectando a los otros con su egoísmo y avaricia desmedida.

Estoy cerca de donde duerme ella eternamente, en el Callejón de San Jerónimo con una persona que no volveré a ver, detenerse en un tiempo precioso e imposible no es más que necedad.

Me ha invitado a beber un buen Syrah que trajo del sur de Francia y a mirar desde el balcón de una de sus múltiples propiedades, la ciudad. 

La noche está desierta, miramos la calle, aquí devoró cuerpos sanos una epidemia siglos atrás. Bebe despacio el vino como si no importara el mañana, es el engaño, nos mantiene a salvo, su mirada tiene la seguridad del que confía en el futuro. No lo sabe todavía, ya no tendrá tiempo para decir esas palabras que podrían unirnos, dirá otras y una madrugada resonarán en mi cabeza aunque mi memoria intente despojarse del recuerdo. Sostiene la copa con elegancia, la otra mano se mueve armoniosamente trazando una curva imaginaria. Camina descalzo, sus pies están bien cuidados, son largos, finos, pálidos, hace un poco de puntas, da un giro, la gracia del vaivén de ese cuerpo moviéndose con una canción de Miles Davis determina el rumbo de la epidémica noche. Se acerca a la mesa, toma la botella, sirviéndose más, después me ofrece su boca, la rechazo porque es demasiado tarde, no quiero volver atrás. Mete sus dedos entre mi cabello, me alejo. La duela cruje, da un paso brusco, ahora es un tigre que jadea atrapado en mi rechazo. Mi lengua sabe a higo, chocolate, a violetas recién cortadas, está enlutada de una dolorosa verdad que huele y sabe al río Ródano. La pregunta es una puerta de escape cuando se formula para huir.

—¿Por qué fue tan fácil pasar aquel tiempo mortal contigo?

—Porque no existían dudas ni pasado entre nosotros.

—Dudo del presente.

—Te siento cada vez más distante, ¿lo amas?

—Sí. Pienso en la enfermedad, mi corazón está  abierto en canal, qué enfermedad mortal es el amor.

—Todo enfermo añora la “salud”.

—¿Imaginas la epidemia de tifus en 1695?

Vilmente bebo rápido el vino, pienso en Sor Juana, escupo palabras atascadas de soberbia. Pido un taxi, huyo. Canto, el conductor mueve la cabeza, canta también. En los tiempos oscuros casi nadie se atreve, aun así, todos cantaremos sobre la noche silenciosa, elevaremos la voz sobre estos tiempos infecciosos, no lo digo yo, lo dicen los sobrevivientes. 

SUSANA IGLESIAS

 

* Escritora. Autora de la novela Señorita Vodka (Tusquets)

 

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