China: el cisne negro

Las previsiones sobre los efectos a largo plazo sobre el funcionamiento productivo del país son inquietantes.

China: el cisne negro

Con casi 80.000 casos registrados y 2.700 fallecimientos en la cinco semanas de duración del brote, el sistema público de salud ha quedado seriamente en evidencia. Pero no sólo eso. El sistema político en su conjunto ha resultado erosionado.

Una de las principales expertas occidentales en China, Elisabeth Economy, directora de estudios asiáticos del Consejo de Relaciones Exteriores de Washington, considera que la crisis del coronavirus ha destapado las “contradicciones y debilidades del régimen” (1). La rígida centralización del poder, el control obsesivo de la información, las paranoias conspiratorias, el instinto autoritario y otras características inherentes al sistema ralentizaron la respuesta.

Sin embargo, Economy admite que, una vez asumido el problema, el aparato político y administrativo arbitró una contundente maquinaria de respuesta que ha logrado aislar a más de 100 millones de personas, poner en funcionamiento hospitales de emergencia, distribuir mascarillas y canalizar el flujo de la información útil de servicio. Se han anunciado también iniciativas legislativas y reglamentarias para controlar el funcionamiento de los mercados de animales al aire libre (origen del virus) y otras disposiciones preventivas. Reformas necesarias pero inevitablemente tardías.

LOS APUROS DE XI

En el plano político, el régimen ha actuado según el libreto conocido de depuración selectiva y discutible de responsabilidades, señalando chivos expiatorios y protegiendo a los más altos responsables del partido y del Estado. Después de matar al mensajero, en este caso sancionando al joven doctor Li Wenlian, el primer facultativo que alertó del virus (luego fallecido), la cúspide ha purgado a centenares de cuadros dirigentes en la provincia de Hubei, foco originario de la enfermedad.

Como era de esperar, no se han extraído conclusiones profundas sobre la naturaleza del sistema. Ninguna reflexión, al menos pública, sobre la gestión de la información, la escasa autonomía de los profesionales de la salud, la renuencia a recibir apoyos tempranos del exterior, etc. Según el discurso oficial, los errores han sido personales no estructurales.

El dirigente más poderoso en cuatro décadas atraviesa por sus peores momentos desde 2012

El presidente Xi apareció en público cuando ya se había desatado el pánico. Ordenó al primer ministro Le Kiang que se desplazara a Wuhan para cumplir con el ritual de levantar el ánimo de la población y exhibir el músculo organizativo del Estado. El máximo líder se reservó para discretos actos de propaganda que resultaron poco convincentes o para afirmar la autoridad del Estado, en una alocución por vídeo conferencia a 170.000 cuadros.

La figura reverencial, casi paternal, que Xi ha ido construyéndose desde su elevación a la cúspide del Partido y del Estado hace siete años ha resultado también infectada por este “virus del demonio”, como ha sido definido en medios chinos. El líder chino había conseguido que sus pares renunciaran a serlo, es decir, que le reconocieran una autoridad suprema, eliminarán la limitación de mandatos en todos los ámbitos de poder y consideraran su “pensamiento”, su doctrina política y estratégica, al mismo nivel que las de Mao o Deng. El dirigente más poderoso en cuatro décadas atraviesa por sus peores momentos desde 2012.

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LA INFECCIÓN ECONÓMICA

Algunos periodistas occidentales residentes en China opinan que la mayoría de la población se mantiene escéptica sobre la capacidad del régimen para controlar los daños, aunque pueda limitar la extensión de la epidemia. Las previsiones sobre los efectos a largo plazo sobre el funcionamiento productivo del país son inquietantes. Circulan ya estimaciones sobre las pérdidas que esta epidemia puede provocar no sólo en China sino en todo el mundo, debido al peso fundamental del gigante asiático en el comercio y la economía mundiales.

Si se tiene en cuenta que China representa un tercio del crecimiento mundial, es fácil explicarse la preocupación en los centros neurálgicos del poder económico mundial

Por mucho que se declare la enfermedad bajo control, el aislamiento u otras formas de limitación de movimientos de centenares de millones de trabajadores chinos (750 millones, se calcula) impide la vuelta a la normalidad. La producción sigue al ralentí, pese a los esfuerzos de los responsables políticos y empresariales. Aunque las cifras no son suficientemente precisas, se estima que el crecimiento económico de este año, fijado en un 5,5% (ya modesto para China, a tenor de su trayectoria reciente) podría reducirse al 4% al final de este primer trimestre, el índice más bajo desde 1992 (2).  

Si se tiene en cuenta que China representa un tercio del crecimiento mundial, es fácil explicarse la preocupación en los centros neurálgicos del poder económico mundial, alarmismos aparte. La vacilante recuperación económica occidental tras la pavorosa crisis de finales de la primera década del siglo puede verse frenada. Diversos economistas predicen que el crecimiento mundial anual en este primer trimestre oscilaría entre el 1 y 1,2%. Las principales bolsas internacionales han caído esta semana, tras confirmarse la propagación del virus en otras regiones de Asia (Corea del sur y Japón, en cabeza) Europa (Italia, Alemania, Francia, Gran Bretaña, por debajo de la docena en España) y Estados Unidos (más de medio centenar de infecciones).

Se ha querido atemperar estas preocupaciones recordando que el SARS, que azotó China y gran parte de Asia en 2003, tuvo a la postre un efecto limitado, pero, como señala la corresponsal jefe de NEWSWEEK en Pekín, Melinda Liu, hace 17 años la economía china representaba tan sólo el 4,% del PIB mundial y hoy supone casi el 17% (3).

La prohibición de viajar a China ha sido adoptada ya por 70 países. Pero con la propagación a otras zonas del mundo esta tendencia se reforzará. Se trata de una media “inevitable pero eficaz”, según una investigadora en sistemas legales sanitarios de la Universidad de Georgetown. Las limitaciones en los desplazamientos entre las dos principales economías mundiales le costarán a los Estados Unidos más de 10 mil millones de dólares (4). Las compañías aéreas, navieras y ferroviarias de todo el mundo ya empiezan a evaluar los daños previsibles. La Asociación del Transporte aéreo internacional estima unas pérdidas de casi 30 mil millones de dólares.

Al cabo, ese “cisne negro”, ese agente “saboteador” de la economía china que tanto temía Xi Jinping, no vendrá de fuera, de la “agresión comercial” norteamericana o de la presión internacional por el pirateo industrial o la política monetaria de Pekín, sino por una enfermedad respiratoria que amenaza con asfixiar el “rejuvenecimiento” de China.


NOTAS

(1) “The Coronavirus is a stress test for Xi Jinping”. ELISABETH C. ECONOMY. FOREIGN AFFAIRS, 10 de febrero.
(2) “How do you keep China’s economy running with 750 million in quarantine?”. MELINDA LIU. FOREIGN POLICY, 24 de febrero.
(3) “Virus travel ban are inevitable bur ineffective”. MARA PILLINGER. FOREING POLICY, 23 de febrero.
(4) “As covid-19 epidemic slows, China tries to get back to work”. THE ECONOMIST, 25 de febrero.

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