Yo no soy yo

Únicamente el tiempo es capaz de agotar a los nacionalistas cuando su obsesión cambia de rumbo e inventa otro enemigo

Manifestación independentista el pasado otoño en Barcelona.
Manifestación independentista el pasado otoño en Barcelona. ENRIC FONTCUBERTA EFE

 

El nacionalismo es una ideología venenosa que como el gas mostaza provoca ceguera y se expande a enorme velocidad. Su fuerza tiene un fundamento religioso: propone la supremacía de una minoría social elegida por Dios y agraviada por los hombres. Así que se presenta con la frase fatal: “No me dejan ser lo que soy”. Ese agravio necesita un agraviante, de modo que todo nacionalismo se levanta sobre un malvado que debe ser abatido. Que sea o no culpable del agravio no es importante. Lo relevante es determinarlo con precisión: judíos, moros, españoles, machos, inmigrantes, charnegos, fachas, es el monstruo de los mil nombres inventados por el nacionalismo.

No puede combatirse el nacionalismo mediante el diálogo o la reflexión razonable, como no puede razonarse con el creyente religioso. Solo se le puede contener mediante el ahogo económico para limitar su poder destructivo. Únicamente el tiempo es capaz de agotar a los nacionalistas cuando su obsesión cambia de rumbo e inventa otro enemigo.

Lo grave es que el nacionalismo responde a una ruina identitaria y las catástrofes de la identidad no tienen arreglo si el individuo no se supera a sí mismo. Los nuestros son tiempos de agravio permanente porque son tiempos de nula identidad. Quienes exigen el reconocimiento de una identidad sexual, nacional, lingüística, animalista, religiosa, de género o de clase solo pueden crecer allí donde alguna gente se siente anulada por el mando global. Y eso no tiene remedio porque, aunque se les diga que su identidad es solo lo que ya son, ellos creen que eso no es nada. Por tanto, son insaciables. Si lograran lo que exigen, se quedarían de nuevo a solas ante la nada de su ser, pero cada concesión es una señal de que Dios los ama. El bucle.

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