Como buen hipocondríaco que soy, el sábado por la mañana me fui al chino de la esquina, donde suelo aprovisionarme de linternas y cortinas de baño, y le pregunté si ya tenían coronavirus. Me respondió que todavía no, pero que estaban en ello, que esperaban un cargamento calentito procedente de un primo suyo. Le dije que me guardara una docena, a ver si hay suerte y llega antes de que acabe el invierno y empiece la temporada del polen. Quién quiere estornudar una cepa de bacilos corrientes y molientes pudiendo estornudar un virus chino.

Lamentablemente, como la mayoría de los productos chinos, el coronavirus no resulta muy efectivo: se propaga muy bien, sí, pero mata poco y mal, únicamente a ancianos al borde de la extinción y a enfermos inmunodeprimidos. De momento, hay unos doscientos fallecidos en toda China, muy poca cosa si se tiene en cuenta que en menos de una semana una vulgar gripe puede enviar al cementerio a trescientos gallegos.

Con unos índices de mortalidad tan bajos no hay forma de que te hagan caso en el ambulatorio, no digamos ya en las Urgencias del Ramón y Cajal. La última vez que fui al médico con una tos bastante jodida resultó que no era cosa del reflujo gastroesofágico ni del tabaco, sino un efecto secundario de un medicamento para la tensión alta. El tío me tiene bien calado, ya que cuando fui a la consulta hace unos años con unos calambres inexplicables en la zona de los riñones ni siquiera me auscultó ni me hizo una radiografía, pero me dijo que el cinturón me apretaba demasiado y me recetó unos tirantes.

De los chinos se espera uno cualquier cosa, de Mao Tse Tung a Fu Manchú, de supervillanos con pedigrí a pianistas de nombre onomatopéyico, así que tampoco se puede descartar que abramos una galletita de la suerte y nos salga un coronavirus. No habíamos terminado de asustarnos cuando en la provincia de Hunan anuncian un brote de gripe aviar que se ha llevado por delante ya varios miles de pollos, sin contar gallinas. La epidemia del coronavirus me ha recordado una secuencia antológica de una película española de 1967 que me recomendó mi amigo Fernando Martín, Chinos y minifaldas: un agente secreto se lía a mamporros con una horda de chinos en la terraza de un hotel y cuando los chinos empiezan a caer a puñados a la calle, el portero se asoma y dice: “Mira, están lloviendo chinos”.

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