Raphael

Me pregunto si el crítico literario a quien el cantante Raphael le parecía algo desdeñable habrá reunido alguna vez a 50.000 personas en el Madison Square Garden de Nueva York

Raphael, durante un concierto en Madrid en diciembre pasado.
Raphael, durante un concierto en Madrid en diciembre pasado. INMA FLORES

 

El otro día un crítico literario, con ánimo peyorativo, comparó a un escritor español actual con el cantante Raphael. El sentido profundo de ese juicio, en primera instancia, me pasó desapercibido. Entendí que dicho crítico quería faltar al escritor. Pero la comparación se me quedó en la cabeza y fue creciendo hasta que me di cuenta de que ya le gustaría a la mayoría de los escritores españoles, y no digamos a los críticos, alcanzar un uno por ciento de los éxitos nacionales e internacionales de Raphael. Lo cual me llevó a preguntarme esto: ¿por qué la élite intelectual desprecia tanto la cultura popular española?

Raphael ha sido y es una de las figuras más amadas por el público. Sus éxitos internacionales son abrumadores. Y me pregunto si el crítico literario a quien el cantante Raphael le parecía algo desdeñable habrá reunido alguna vez a 50.000 personas en el Madison Square Garden de Nueva York para oír sus grandes reflexiones filosóficas sobre la literatura. Me temo que no, aún así se sentía superior a Raphael.

El desprecio en España es siempre la primera palabra. La segunda palabra es sentirse por encima del otro sin hechos que avalen esa superioridad. Una vez confesé en público mi admiración por la cantante Mari Trini y las personas que me oyeron se creían que hablaba en broma. Lo mismo me ha pasado con José Luis Perales o con Nino Bravo. Te obligan a renunciar a un patrimonio sentimental y musical porque según la élite resulta una herencia horrible. ¿Por qué es horrible Raphael? A mí me gusta. Nino Bravo siempre me ha tocado el corazón. ¿Debo ocultar como algo vergonzoso esta admiración por Nino Bravo o por Raphael o por Mari Trini? Me gustan, siempre me gustaron.

Si Raphael hubiera sido anglosajón y cantado en inglés, el citado crítico literario no hubiera podido argumentar su desprecio. Por otro lado, pensé que ya le gustaría al escritor zarandeado por la comparación con Raphael que dicha semejanza fuese real y cierta y así vender 50 millones de libros, el equivalente a los discos que Raphael ha vendido en su carrera. ¿Cuántos libros ha vendido el ilustrado y elevado crítico que despreciaba a Raphael? ¿Tal vez mil quinientos? A mí me emociona Raphael. Su voz es un huracán. ¿Cuál es el problema? Me pasa también con Peret, a quien admiro y admiré muchísimo, y a quien tuve la suerte de conocer y poderle manifestar mi admiración en vida.

Me gustan Elvis Presley y Peret al mismo tiempo. ¿Por qué ha de ser imposible? Si he amado la cultura popular americana, desde Sinatra, o Johnny Cash, hasta Bob Dylan, ¿qué he de hacer con la canción española? Harto de tanto desprecio, solo me cabe decir que ojalá los escritores españoles, cuando los comparen con los cantantes populares, se sientan felices, porque la canción Como yo te amo de Raphael es, simplemente, una canción maravillosa.

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