Otras movidas de entonces

Habría que recordar que hubo otra juventud en esos años, la hubo, aunque en las fotos solo aparezcan ciertos bares y ciertos rostros

Ambiente en el pub La Vía Láctea, en Malasaña, uno de los locales de la movida madrileña.
Ambiente en el pub La Vía Láctea, en Malasaña, uno de los locales de la movida madrileña. ALFREDO GARCÍA 

 

Dicen que esa explosión cultural que denominaron la movida se inauguró oficialmente a principios de 1980, con un concierto mítico en homenaje a Canito, el batería del grupo Tos, fallecido trágicamente dos meses antes. A mí aquella noche me debió de pillar en mi barrio, casi seguro que en alguno de los billares o en esos bares de barra de zinc y tele puesta donde sin cita previa nos congregábamos jóvenes que aún militábamos en la progresía y que desconocíamos cuáles eran los locales de moda, esos foros de modernidad a los que al parecer iba una juventud que ya olía cuáles serían los antros destinados a pasar a la historia. Se cumplen 40 años de la movida. Coincide el inicio de aquel supuesto movimiento con mis 18 años. Alguna vez he pensado en mentir y asegurar que estuve en tal o cual concierto, en tal o cual bar, porque da la impresión de que aquellos que no frecuentamos los escenarios “oficiales” es como si no hubiéramos tenido juventud o como si nuestra juventud hubiese sido un muermo si se la compara con esos ambientes fascinantes. Muchos de mis contemporáneos juvenilescos han debido de mentir, porque el aforo de la sala donde se celebró el concierto de Canito no superaba los 1.000 asientos, pero si creemos a todos los que dicen haber estado, aquello fue como el concierto de los Rolling en el Vicente Calderón.

En la radio tuve que hacerles muchas entrevistas a estos personajes de la nueva cultura que se daban mucho aire por saberse parte de los elegidos en aquella vida nocturna. Venían al estudio pálidos y con el rímel corrido, ellas, y ellos también a veces. Parecía que te estaban haciendo un favor por atender a tus preguntas, que siempre sonaban vulgares, convencionales, al lado de sus respuestas caprichosas. Generalizo, claro, pero es que músicos con valor musical, no solo pinturero, había muy pocos. Se les hizo un caso enorme, insólito, tanta atención despertaron que barrieron sin piedad a esos grupos de rock que, a pesar de su valía, de pronto se nos antojaban antiguos, como de una época superada. Nos cambiaron la forma de vestir, desde luego, y llenaron las fiestas de canciones pegadizas, de letrillas banales, felices por su absurdo, sin contenido; la vida nocturna se fue reduciendo, en el caso de Madrid, al centro de la ciudad, coincidiendo, por cierto, con la progresiva desmovilización ciudadana en los barrios, que había vivido su época gloriosa en los años setenta.

Habría que recordar que hubo otra juventud en esos años, la hubo, aunque en las fotos solo aparezcan ciertos bares y ciertos rostros. Hubo otros conciertos, a los que acudíamos los amantes de otras músicas. La movida fue, en cierta manera, corrosiva con cualquier expresión artística que quedara fuera de su imagen apolítica y desenfadada; arrambló con todo, tanto es así, que 40 años más tarde es la única huella juvenil de la que los medios se hacen eco. No me extraña que haya jóvenes que consideren esta cansina versión oficial de la desmadrada juventud de los ochenta como una crónica de abueletes nostálgicos. Pero sería justo recordar algunas cosas: por ejemplo, que las tentaciones de aquella época no solo se cebaron con los miembros de la movida institucional, recreada en las fotos y el cine, hubo otras movidas que definieron aquel presente, marginadas entonces, marginales hoy en el recuerdo.

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