Llevar flores a mis muertos

Pixabay.
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Cuando voy al cementerio a “ver” a mis muertos, les llevo algunas flores. También hago cosas estúpidas, como leer sus nombres en la lápida. Quizás porque de alguna de ellas, aún no me creo que esté ahí, tras esa placa de mármol. Los recuerdo como si estuviesen vivos en el piso de Fuengirola, en los domingos de paella, en el olor de jazmín y con el sonido de las cadenas de las bicicletas. Les hablo, les confieso… aunque eso, en verdad, lo hago más a menudo, no necesito estar allí para llevarlos conmigo. A ratos, incluso pienso en ellos dentro de aquel minúsculo espacio. Y me agobio.

Pero nunca me agobio tanto como cuando recuerdo la muerte de algunos de ellos. Aún intentando darles todos los medios que se pudieran para mantener unas condiciones de dignidad en su camino a la muerte, aún dando todo el cariño del mundo hasta el final, no puedo evitar tener una mezcla de dolor, angustia y rabia cuando recuerdo, especialmente, cómo murieron dos de ellos.

Todos sabemos que vamos a morir pero ninguno sabemos cómo vamos a morir. La muerte puede llegarnos en silencio mientras dormimos, de golpe sin darnos cuenta… o de forma lenta, muy lenta, haciendo los días interminables y, por lo tanto, la agonía. Pero hay más. Puede ser tan lenta, tan pausada, que los días se hagan eternos como eternos sea el dolor de huesos, de los músculos, de todo el cuerpo, así como el angustioso proceso de ver cómo siendo adulto terminas dependiendo de los demás para todo, desde llevarte una cuchara a la boca, tomar el medicamento o que te limpien cuando te haces caca encima y no te puedes mover de la cama. Hay enfermedades crueles que llevan al deterioro progresivo más profundo de cada persona, físico y cognitivo. Tu cuerpo deja de ser tu cuerpo para que otro lo limpie, lo cuide y le ayude a seguir existiendo. Tu mente es consciente de cada favor, de cada reclamo y de cada paso atrás.

Y cuando eso no es cosa de un día, cuando tienen miedo de molestar, cuando lloran de dolor, cuando nada les calma, cuando el frío incrementa su malestar o el calor los desvanece, cuando sólo pueden ver la tele como evasión porque jamás pisarán la calle, cuando se tragan las lágrimas por no poder levantarse de la cama solos, cuando dependen de otra persona siempre para lo más mínimo como es ducharse, orinar o ir al baño, cuando dejan de vivir la vida… ves cómo su propia autoestima se derrumba, cómo cambia su carácter, cómo sufren, cómo maldicen, cómo la impotencia les puede, cómo jamás imaginaron ese final para sí mismos, cómo sufren también por quien les cuida, cómo cada día es una lucha por aguantar. La resistencia es la única alternativa, aunque la prolongación de esas condiciones dejen de ser vida para ser días indignos. Hay miradas que hablan por sí solas. Hay silencios que te dicen “hasta aquí”. Y por elegir esa opción ni son mediocres ni cobardes, sino valientes que miran de frente a la enfermedad, en ese pulso que sostienen cada día con ella.

Cuando ves ese dolor en los tuyos es inevitable querer mitigar ese sufrimiento. Hay quienes deciden encontrar consuelo en la fe, pero ni debe imponerse ni prohibirse. Por eso, todos deberíamos de tener la misma igualdad ante la muerte. Si unos deciden paliar su dolor con la fe y sus creencias, otros deberían no tener prohibido morir con dignidad cuando las circunstancias de la enfermedad sean extremas y agónicas, porque entonces la vida no es vida, sino un infierno y todo el mundo tiene derecho a encontrar su propia paz. Tener libertad para decidir cuándo ir y hasta cuándo quieres vivir, cuando ya sabes que aquí no puede hacerlo. Hay que tener empatía, porque lo que tú quieres no es forzosamente lo que quieran los demás.

Cualquier persona con un mínimo de humanidad debería de aceptarlo. Y cualquier país democrático que vela por los derechos humanos debe dar el paso hacia la legislación de la eutanasia, con todos los filtros garantistas y controles que se estimen. Sin crear alarmismos innecesarios, ni mentiras ni reflexiones bochornosas, sino con respeto y compromiso por la dignidad. Sin crear culpables ni responsables. Sin el despropósito de hacer creer que esto es recortar en gastos sociales, justo cuando muchas de esas personas enfermas han visto mermada su calidad de vida por recortes en sanidad o dependencia estos años. Esto no va de gastos, va de decencia, humanidad y de buena muerte. Porque, insisto, todas y todos vamos a morir y no sabemos cómo.

En las salas de quimioterapia y en paliativos se aprende mucho de esto. Mi madre, en la quimio me lo pidió muchas veces. Me lo sigue pidiendo. Que si avanza la enfermedad y va a sufrir tanto como tita y el yayo, que la ayude a morir. Que bastante ya ha tenido con su vida como para no descansar con dignidad y sufrir hasta el final. No quiero que los míos se vayan, pero sería de mala hija o hermana verlos sufrir y condenarles a una existencia que ya no pueden sostener.

Con mamá (mamá habla mucho de la muerte para quitarle hierro) muchas veces hemos pensado que ojalá la muerte fuese algo avisado, donde despedirse para siempre, y que te evaporaras en el aire o que fuese como aquel final de Big Fish, donde el dolor desaparecía y nos transformáramos. Pero la vida no es así ni una película. Las películas deben tener finales felices aunque sean con la muerte. Como así deben acabar nuestras vidas. Para poder llevar flores al cementerio sin recordar el sufrimiento eterno que padecieron, sino la sonrisa de agradecimiento por la despedida que eligieron y quisieron.

ANA BERNAL-TRIVIÑO

https://blogs.publico.es/otrasmiradas

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