Jóvenes sin fantasmas

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Los llamamos generación Z, y con ellos se nos acaba el abecedario. De ahí que sintamos que son algo más que jóvenes, especies híbridas que agrandan la brecha entre lo que nosotros y ellos entendemos por juventud. Como ha sucedido desde los antiguos griegos, nos preocupamos por nuestros adolescentes en lugar de hacer autocrítica. Y nos hacemos cruces porque su mundo nos parece escurridizo y desmañado. Desde nuestra tarima de adultos criticamos las horas que pasan aletargados en sus cuartos, a menudo oscuros, cuevas alumbradas por varias pantallas. La ropa en revoltijo, la cama por hacer, su mascota durmiendo sobre la almohada. Les vemos ojear pocos libros, pero están informados. No mascan las noticias del día a día; ahora, son capaces de completarlas con la información que reciben a través de sus redes alternativas. Apenas los conocemos de verdad, ignoramos su forma de cogerle el paso a la vida.

Evidencias empíricas certifican la existencia de una juventud responsable, que sale de fiesta la mitad de veces que nosotros a los veinte años, que ha colocado la tasa de fracaso escolar en el mínimo histórico en nuestro país y cuyo compromiso ecológico debería sacarnos los colores. Hoy, sólo el 8% de nuestros jóvenes prueba el alcohol semanalmente, a pesar de la foto fija del botellón; y, según la encuesta sobre uso de drogas en enseñanzas secundarias en España (Estudes 2018-19), el consumo de cocaína, éxtasis, alucinógenos y anfetaminas se ha reducido a la mitad en las dos últimas décadas. El interés por la política ha crecido entre ellos en los últimos 14 años –según el CIS–, aunque, eso sí, en paralelo a la desconfianza. Ni son borregos ni llevan un perenne nubarrón negro encima. De hecho, se declaran más felices que las generaciones anteriores: los adolescentes que dicen estar hoy muy satisfechos con su vida han pasado del 28% en el cambio de milenio al optimista 44% actual.

Cioran –al que la editorial Tusquets acaba de empezar a reeditar al completo– tenía claro que “deja uno de ser joven cuando no escoge a sus enemigos, cuando se contenta con los que tiene a mano”. Ellos conocen perfectamente a los suyos, desde la cronificada precariedad laboral que imposibilita su emancipación hasta la crisis medioambiental, pasando por su compromiso frente a la diversidad o la persistente desigualdad.

El fantasma de una generación de jóvenes adocenados ha sido construido por un relato melancólico, terriblemente inmaduro y agigantado por los prejuicios de quienes se sienten superiores pero son incapaces de afinar la mirada y ejercitar la tolerancia ante el mundo que llega.

JOANA BONET

https://www.lavanguardia.com/opinion/

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