Eutanasia y suicidio

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Auschwitz habla a todos. Incluso a aquellos que lo niegan. A muy pocos dice algo, sin embargo, Aktion T4. Pero, bajo ese nombre y en octubre de 1939, Adolf Hitler puso en pie el laboratorio para la «Solución Final» de tres años luego.

Con toda lógica, la Aktion T4 se presentaba como un proyecto filantrópico. Sólo bajo ese tipo de protección pueden abrirse camino sin resistencia las grandes mutaciones. Se trataba de otorgar al Estado potestad para liberar del sufrimiento a los más indefensos. No era el primer intento de legislar la eutanasia. Pero sí, el más ambicioso. Porque operaba sobre la atribución al Estado de la «total» tutela sobre el destino moral de los ciudadanos.

¿Cuáles eran la claves

 de la «Acción T4»? Constataba un dato: existen desdichados que nada pueden esperar en este mundo. Enfermos desahuciados, inválidos mayores, locos o débiles mentales no pueden aspirar en esta vida a otra cosa que no sea el sufrimiento. La magnanimidad del Estado les aplicaba un dispositivo doblemente liberador: suprimía el dolor de los condenados a la desdicha y liberaba al contribuyente del gasto que mantenerlos en vida acarrea. No se hizo notar entonces algo que, sin embargo, fue el acelerador de la normativa: la guerra empezaba y las plazas de hospital ocupadas por los desahuciados debían quedar libres para el cuidado de los soldados heridos. Todo funcionó a favor del mejor de los mundos.

Los autores del gran estudio español sobre la Shoá, Para entender el Holocausto, desmenuzan ese dispositivo, que a sí mismo se llamó «de eutanasia» y que fijó los procedimientos que pasarían luego a ser aplicados universalmente. La progresión, desde el inicio de la guerra, escalofría: «a) Eutanasia infantil… b) Gaseamiento de internos de los hospitales psiquiátricos de la Polonia anexionada…» A partir de ahí, el paso a los campos de exterminio consistió en ampliar el procedimiento a una población entera, la judía: seis millones de asesinados.

Nadie debería, después de la «Acción T4», recuperar ingenuamente ese término. Como lo hace, sin embargo, el título de la ley que se debatirá, a partir de mañana, en el Parlamento: «ley orgánica de regulación de la eutanasia». Especialmente imprudente en su «exposición de motivos»: porque la etimología griega eu-thanasia, «buena muerte», con la que se abre, es un sarcasmo tras la experiencia de los años treinta. Hubiera sido más sensato llamarla «ley de asistencia al suicidio». Y reducir en ella al máximo las atribuciones institucionales sobre vida y muerte.

No es sólo una formalidad léxica. La ética humana se juega en esas sutilezas del lenguaje. El suicidio es, en los humanos, una potestad previa a derecho: «la última puerta abierta», cuando todas las puertas se cierran, lo llamará el estoico Epicteto. No es eu-thanasia, «muerte bella», porque en la muerte no hay belleza. Nunca. Es, eso sí, una decisión humana y solitaria: dos adjetivos sagrados. Ninguna institución -el Estado tampoco- puede entrometerse en ella.

 

Gabriel Albiac

https://www.abc.es/opinion/

 

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