El mito pasiego

El mito pasiego

Desde finales del siglo XIX se ha extendido la idea de que los pasiegos son una población de peculiar origen religioso y racial. En concreto, la opinión más extendida es la de que los pasiegos son los descendientes de una población de judíos o moros que habría quedado aislada y enquistada en sus montañas, lo que vendría a explicar ese cierto halo de exotismo que aún hoy les sigue rodeando.

Los pasiegos son los habitantes de una pequeña comarca de unos cuatrocientos kilómetros cuadrados, los denominados Montes de Pas, situada en la parte sudoriental de la provincia de Cantabria limitando al Sur con la vecina Burgos. Se trata de una población de aproximadamente cinco mil individuos que, por su modo de vida y costumbres algo diferentes de las del resto de sus paisanos montañeses, a lo largo de los siglos han conformado una comunidad de caracter singular que ha provocado numerosas especulaciones a propósito de su naturaleza y origen. Fundamentalmente su peculiaridad viene dada por su sistema de explotación ganadera trashumante, lo que les obliga a cambiar de domicilio según la estación, disponiendo cada vecino de un promedio de cuatro o cinco viviendas. Este régimen económico y la consiguiente tendencia a la endogamia y a un relativo apartamiento de sus vecinos no pasiegos es lo que ha hecho de su modo de vida algo peculiar. 

 

Tales características son las que hace siglos causaron cierta prevención y alentaron la aparición de leyendas y rumores, los cuales actuarían a su vez como motivos del aislamiento. Estas leyendas se dirigieron a explicar la peculiaridad pasiega acudiendo a una exótica posibilidad que en los comienzos de la Edad Moderna se tenía muy a mano en España: los judíos y los moros. Casi todo lo desconocido o lo extraño o lo que causaba recelo era calificado de moro o judío. En el campo de las leyendas populares, por ejemplo, los moros suelen representar un papel de seres mágicos, hacedores de encantamientos, guardianes de tesoros escondidos, habitantes de las entrañas de la tierra y espíritus malignos emparentados con duendes y demonios.

 

Parecidos procesos de aislamiento los sufrieron los vaqueiros de alzada del occidente asturiano, los agotes del navarro valle del Baztán y los maragatos leoneses, a los que, por sus costumbres nómadas y cierto espíritu de clan que despertaba recelo entre los demás habitantes, igualmente se les adjudicaron los calificativos de moros o judíos. De este modo se interpretó que si los pasiegos formaban una pequeña sociedad semiaislada dispersada en unidades familiares, no viviendo en los núcleos habitados normales; que si los pasiegos se dedicaban por entero al comercio y a la ganadería trashumante en vez de a la agricultura y ganadería estables; que si los pasiegos, en fin, se diferenciaban en sus costumbres de sus vecinos montañeses y burgaleses era porque debían de ser algo infieles. No en vano se llegó a atribuirles rabo, señal inequívoca de naturaleza diabólica, o sea, de judaísmo, idea muy extendida en la España de aquellos días. 

 

A propósito del primero de los casos citados, el de los vaqueiros de alzada, se puede trazar un paralelismo absoluto con el de los pasiegos: se trata igualmente de pequeñas agrupaciones de pastores dedicados al ganado vacuno (de ahí su nombre de vaqueiros), sin asiento fijo, transhumantes dependientes de la estación (de ahí su apelativo de alzada, pues debían alzar sus casas y bienes y llevárselos consigo), aislados del resto de la sociedad, condenados a la endogamia y mirados con desprecio y temor por los demás asturianos. Ya a fines del siglo XVIII el ilustre asturiano Jovellanos (1) denunció la ignorancia de sus paisanos que provocaba esta irracional discriminación y que se intentaba apoyar en una extraña y semilegendaria procedencia de los vaqueiros. Explicaba Jovellanos:

 

“Pero ¿acaso necesita usted que le diga yo su origen para inferirle? Separados de los demás aldeanos por su situación, su género de vida y sus costumbres, tratándolos allí como vendedores extraños, que sólo acuden a engañarlos y llevarlos el dinero, era infalible que hubiesen de empezar aborreciéndolos y acabar teniéndolos en poco. Cierto aire astuto y ladino en sus tratos, cierto tono arisco en sus conversaciones, cierta rudeza agreste, efecto de una vida montaraz y solitaria, debieron concurrir también a aumentar el desprecio de los aldeanos, que al cabo han venido a mirarlos y tratarlos como a gente de menos valer y poco dignas de su compañía”. 

 

Respecto a su origen corrían diversas hipótesis cada una más rebuscada que la otra: que si eran los descendientes de un grupo de esclavos superviviente de la rebelión de Espartaco; que si descendían de los esclavos moros rebelados en tiempos del rey Don Aurelio; que si de moros que hubiesen ido a refugiarse en Asturias tras la conquista de Granada; que si de huidos de la rebelión de la Alpujarra en tiempos de Felipe II; que si de huidos de la expulsión de los moriscos en 1609. La enorme variación de estas hipótesis, que se anulan entre sí, y su inverosimilitud demuestran la inconsistencia de estas explicaciones, buscadas precisamente con el afán de encontrar una justificación fantásticamente lejana e incomprobable para un fenómeno mucho más sencillo de explicar con la ignorancia de los propios paisanos, incapaces de hacerlo mediante criterios étnicos, raciales, lingüísticos, religiosos o de otro tipo que justificasen sus discriminación. 

 

Continúa Jovellanos:

 

“Desengañémonos; el intento de dar a estas gentes un origen distinto del que tienen los demás pueblos de Asturias es tan ridículo que me haría serlo también si me detuviese más de propósito a desvanecerle”. 

 

Y concluye señalando la ignorancia de los aldeanos asturianos como la causa del fenómeno: 

 

“Sólo una preocupación irracional y digna de ser despreciada, combatida y desterrada por las gentes de talento pudo producir la nota que se achaca a los aldeanos y que hace más agravio a los pueblos que la imponen que a los que la sufren”.

 

En el siglo XX los estudios antropológicos y de todo tipo que se han realizado sobre los vaqueiros han confirmado absolutamente la opinión de Jovellanos.

 

Volviendo al caso pasiego, llegó el siglo XIX y con él varios autores que, empapados en el romanticismo propio de la época y ansiosos de encontrar interpretaciones exóticas sobre el origen de los pasiegos, se lanzaron a especulaciones diversas intentando encontrar confirmaciones fácticas a aquellos viejos rumores sobre rabos diabólicos, ya en desuso por entonces. Adriano García Lomas, quizá el más eminente de los etnólogos que han estudiado el caso pasiego, escribe: 

 

“Sobre la condición racial y peculiar del pueblo pasiego fueron emitidos bastantes juicios a través de la literatura retrospectiva, pero en general sus detractores y apologistas nos legaron comentarios en los que evidencian haberse despachado a su gusto, desbordándoseles el manantial de la fantasía hasta las regiones de la quimera” (2).

 

Se creyeron encontrar indicios semíticos en la aptitud de los pasiegos para el comercio, en su costumbre de reconocer autoridades particulares distintas de las oficiales para dirimir sus contiendas o en ciertos elementos de su indumentaria. Se buceó en los apellidos más comunes entre los pasiegos y se creyeron hacer los siguientes descubrimientos, definitivos a los ojos de los voluntariosos paleolingüistas: Abascal viene de Abraham; Cobo, de Jacob; y Lavín, de Levy. Algunos apologistas del semitismo de los pasiegos llegaron a escribir –por ejemplo, Gregorio Lasaga Larreta– que frente al tipo europeo del resto de los habitantes del territorio montañés, el pasiego se caracteriza por ser de tipo semítico. Y a los propios pasiegos, los primeros sorprendidos por la cantidad de cosas asombrosas –que nunca hubieran podido imaginar y de las que nunca habían oído hablar– que les iban descubriendo esos señores de la ciudad, el asunto debió de parecerles interesante y empezaron a llamar a sus hijos David, Sara o Raquel y pasaron a ser firmes partidarios de la hipótesis semítica, que tanto les enorgullecía por hacerles sentir tan exóticamente distinguidos.

 

Y he aquí cómo se creó todo un edificio histórico que daba, por fin, una explicación al misterioso origen de los pasiegos y que demostraba, además, la insospechada existencia de un núcleo de semitismo en una zona de la península tan impolutamente europea y preservada de las invasiones africanas como la Cordillera Cantábrica.

 

En su escrito Los Pasiegos, de 1896, el torrelaveguense Gregorio Lasaga Larreta (Viérnoles, 1839-1902) fue quien realizó la aportación más importante para la creación de esta visión orientalista. Para explicar la presencia de pobladores semíticos en la Cordillera Cantábrica Lasaga imaginó, de modo idéntico al mencionado más arriba a propósito de los vaqueiros asturianos, que habrían de ser prisioneros musulmanes capturados en los primeros tiempos de la Reconquista:

 

“(…) empezó Alfonso I sus conquistas; ya hemos visto lo que de él dicen las crónicas, que los hijos y mujeres de los vencidos eran llevados en esclavitud, y que repobló algunas comarcas. ¿Qué se hizo de estos cautivos? (…) Paréceme que el pueblo pasiego descienda de esta gente”.

 

Una generación después Mateo Escagedo Salmón sostendría idéntica hipótesis en su Costumbres pastoriles cántabro-montañesas, publicado en 1921.

 

Algunos autores han sugerido que los primeros pobladores de estas tierras habrían llegado en tiempos altomedievales provenientes del Norte de la actual Castilla. Sin embargo, arqueológicamente se conoce la existencia de pobladores en esta zona desde el paleolítico superior. También se dispone de restos evidenciadores de pobladores durante la Edad del Hierro, correspondientes a los cántabros citados por las fuentes romanas. Por otro lado, no hay constancia arqueológica o documental que haga sospechar sobre movimientos poblacionales que eliminasen o desplazasen en tiempos históricos a los primitivos pobladores de las tierras pasiegas para ser sustituidos por llegados de otras zonas.

 

Los primeros documentos que hablan de los pastores de los Montes de Pas son de los primeros años del siglo XI, cuando pasaron a depender del monasterio de Oña en virtud de una donación de Don Sancho, conde de Castilla, quien le concedía el derecho de pasto en los Montes de Pas. Los pasiegos fueron vecinos de la villa burgalesa de Espinosa de los Monteros a todos los efectos administrativos, fiscales, electorales y civiles hasta la última década del siglo XVII, momento en el que obtuvieron el título de villas La Vega, San Pedro del Romeral y San Roque de Riomiera. Continuaron perteneciendo a la jurisdicción eclesiástica de Espinosa hasta la fundación de la diócesis santanderina en 1754. Esta situación se consolidó con la creación de las provincias civiles en 1833, cuando se separó definitivamente a las tres villas pasiegas de Espinosa –quedando las primeras en la provincia de Santander y la última en la de Burgos–, si bien la vinculación socio-cultural y económica ha seguido siendo muy fuerte hasta nuestros días. Espinosa de los Monteros y su comarca formaba una unidad territorial en la que los reyes de España desde el siglo X escogían sus monteros –guardia personal de los monarcas cuyo cometido era guardar a las reales personas durante la noche, instalados en una pieza contigua– “por la limpieza de sangre que les caracterizaba, contra las opiniones nunca probadas de quienes les creen judíos” (3). Esta institución tuvo su origen en el siglo X y cumplió ininterrumpidamente su función de guardia personal de los reyes hasta finales del siglo XIX. Este privilegio del que gozaban los vecinos de Espinosa –pues sólo ellos podían ser miembros de la guardia personal del rey– determinó que se tuviera buen cuidado en probar y preservar el claro origen de los mismos, como recuerda Carmen González Echegaray:

 

“Las villas pasiegas fueron siempre realengas, es decir, dependieron directamente de la corona y no de señor alguno, y la práctica totalidad de sus habitantes pertenecían a la clase noble, esto es, eran hidalgos, con todos los privilegios que ello llevaba consigo. El hecho de que las gentes de la villa de Espinosa y de su distrito –en el que estaban incluidos los Montes de Pas– fueran monteros del rey determinó que se cuidara en extremo su limpieza de sangre”.

 

A requerimiento de la villa de Espinosa la reina Juana la Loca dictó una Real Provisión el 21 de Julio de 1511 ordenando que los nuevos conversos, con toda su familia, abandonaran la villa y sus términos y jurisdicciones. Según la mencionada autora esta Provisión “prohibe el paso de los semitas por estas villas para evitar el cruce de sangre de aquellos con estas gentes racialmente puras”; García Lomas añade: “ya que los nuevos cristianos comerciantes constituían un peligro para las hidalguías de los monteros” (4). En el mismo sentido Carlos I dió en 1521 una sobrecarta ordenando que los cristianos nuevos no pudieran estar en Espinosa más de un día natural.

 

Continuando por la religión y costumbres, es presumible que una población de judíos o moriscos, aun convertidos al cristianismo, manifestasen alguna pervivencia de sus antiguas creencias, difíciles de borrar por completo. Un primer detalle que salta a la vista es que no se tiene constancia de la existencia de la más leve porcofobia, habiendo sido, por el contrario, generalizado el consumo de cerdo entre los pasiegos desde tiempo inmemorial. Todos los vecinos, si bien se dedican al ganado vacuno casi con exclusividad, tienen un cerdo para el consumo de la familia, al que matan en invierno dando lugar a un festejo y al convite de los vecinos. No debe olvidarse que la persistencia de los tabúes alimentarios entre los conversos fue uno de los indicios que el Santo Oficio utilizó para abrir procedimientos contra los judaizantes; una de las pruebas de limpieza de sangre consistía precisamente en el consumo de cerdo desde tiempo inmemorial por parte del encausado y de sus antepasados. En opinión de Manuel Fernández Escalante un dato que 

 

“por sí solo tenía que destacar incluso ante la curiosa formación de estos antropólogos de afición, hubiera sido la importancia que el tocino tuvo, de siempre, en la alimentación del pasiego. Este dato, de por sí, referido a gentes tan tercamente aferradas a sus tradiciones –en el estricto significado del término– como son los pasiegos, hubiera bastado para borrar de su estirpe la más remota sospecha de la más leve huella semítica” (5).

 

El mito pasiego

Una de las características pasiegas que más recelo despertó entre sus paisanos medievales fue su escaso fervor religioso. No bajaban mucho a oír misa y la no siempre adecuada observancia de las debidas normas de conducta evidenciaba su escaso temor de Dios. Los investigadores decimonónicos, deseosos de encontrar indicios que avalaran sus hipótesis, debieron de ver en ello una prueba de la existencia de una población de criptojudíos que habrían fingido su conversión para poder sobrevivir pero que interiormente habrían continuado en sus creencias, lo que les habría llevado a no practicar la religión cristiana. Pues bien; poco después de la fundación de la Compañía de Jesús en Santander, en 1594 los Montes de Pas fueron objeto de una misión evangélica destinada a iluminar a aquellos montañeses al parecer tan poco versados en la palabra de Dios. Los habitantes –”compañeros de las fieras en la habitación, y aun en las costumbres”– que se encontraron los padres jesuitas estaban, efectivamente, “en suma ignorancia de las más importantes y necessarias verdades del Christianismo”, viviendo en “errores, los quales davan entrada á diversas supersticiones con que el demonio los engañava”. Carecían por completo de iglesias y veneraban “con religioso culto” a un grueso roble “que en aquel monte se hazía reparable por su proceridad y corpulencia” (6). Bajo dicho roble los misioneros levantaron un rústico altar donde enseñar la doctrina cristiana y celebrar el sacrificio de la misa. De este modo los misioneros cristianizaron el antiguo lugar de culto continuando la sabia conducta ensayada con éxito por toda Europa a lo largo de los siglos de cristianización, consistente en atraer a los paganos mediante el acercamiento y la equiparación del nuevo culto cristiano con sus antiguas creencias. Los jesuitas, lejos de encontrarse en los montes de Pas con algún tipo de creencia de procedencia oriental –lo que no les habría pasado desapercibido y habría quedado reflejado en sus informaciones–, tuvieron que evangelizar a unos hombres que, en su estado de ignorancia y aislamiento, todavía conservaban restos del antiguo paganismo prerromano.

 

En relación con este hecho Fernández Escalante observa: 

 

“En el concilio de 581 se prohibió en España el culto a los árboles y las fuentes, tan caros a los indoeuropeos en general y a los celtas en particular, que son quienes, para la ocasión, nos interesan. Sin embargo, más de mil años habían transcurrido desde el interdicto cuando, aún, una avanzadilla de misioneros debe penetrar en las montañas de Paz para implantar el Cristianismo que no ha logrado aún imponer el racionalístico dogma romano entre los celtas pasiegos (…) Al margen de ello hoy nos resultan incomprensibles las pintorescas conexiones inventadas por los no menos pintorescos investigadores decimonónicos entre el pueblo pasiego y fantásticos antepasados judíos o musulmanes” (7).

 

Entre las ancestrales creencias conservadas por los pasiegos se encuentra la conocida como covada, “costumbre en la que el padre se acuesta durante el puerperio y recibe ciertas atenciones, especialmente cuidados de escogida y nutritiva alimentación, en el momento en el que pare la mujer; tal como si hubiera parido” (8). Estrabón dejó escrito sobre los cántabros de los tiempos de Octavio Augusto: 

 

“Es común también la valentía de sus hombres y mujeres; pues éstas trabajan la tierra y cuando dan a luz sirven a sus maridos acostándolos a ellos en vez de acostarse ellas mismas en sus lechos” (9).

 

Esta costumbre parece tener, al menos en su origen, un sentido religioso, de evitación que los espíritus malignos penetrasen en el recién nacido, para lo que el hombre ocupaba una cama bien iluminada en la que fingía los dolores del parto mientras la mujer daba a luz silenciosamente en un rincón oscuro de la vivienda. Paralelamente se interpreta la covada como un rito de reconocimiento de la paternidad del recién nacido. De esta costumbre se conocen casos en Galicia, Asturias, Cantabria, Vascongadas y al Norte y Sur de los Pirineos. De Galicia se hizo eco Álvaro Cunqueiro, quien afirmaba en 1978 que aún se practicaba en las zonas de montaña galaicas, “aunque procuren ocultar que la practican” (10). Según García Lomas esta costumbre pervivió en los Montes de Pas hasta fines del siglo XIX, cuando ya había desaparecido del resto de la provincia de Santander, costumbre “que pudiera calificar a los pasiegos como descendientes de los primitivos cántabros, ya que en los recovecos de los Montes de Pas quedaron hasta hace poco tiempo estas manifestaciones raciales atribuidas por Estrabón a los primeros pobladores de Cantabria” (11). A dicho autor sin duda le hubiera gustado saber que manifestaciones de esta ancestral costumbre han podido ser observadas en nuestros días por médicos del Hospital Marqués de Valdecilla, de Santander, sorprendidos de encontrarse pocas horas después de un parto a la pasiega sentada y el pasiego metido en la cama.

 

Ya que las perspectivas analizadas hasta aquí no han dado mucha luz sobre el origen semítico de los pasiegos, el siguiente rastro a seguir será el lingüístico. Un grupo de judíos o moros camuflados y escondidos entre los frondosos bosques pasiegos debería de haber conservado numerosas voces de evidente origen hebreo o árabe, especialmente en la toponimia, de muy difícil desaparición. En todas las tierras peninsulares ocupadas por los musulmanes han quedado miles de topónimos –y no de los menos importantes– que, castellanizados, han permanecido como huella imborrable de su presencia. Por fuerza una población de unos cuantos miles de judíos o moros concentrados en los Montes de Pas habría de haber dejado una impronta lingüística evidente. García Lomas, tras analizar las peculiaridades lingüísticas pasiegas en pronunciación, vocabulario, gramática y toponimia, llego a la conclusión de que se trata de una zona efectivamente algo particular dentro de La Montaña, puesto que es la zona de la provincia con mayor parentesco lingüístico con los dialectos bable y leonés; pero vocablos de origen arábigo o judío no encontró ni uno: 

 

“Así como se destacan y acusan las reminiscencias astúricas o leonesas, no se entrevén concretamente restos del arábigo, judío, morisco o bereber en toda su comarca, ni les queda un giro o indicio fonético, tanto en la tradición oral como en su toponimia, que como intrínseco determinante de la Historia, lo avale” (12).

 

Por su parte, Ralph J. Penny, autor del más importante estudio sobre dialectología pasiega, tras un minucioso análisis del habla de los Montes de Pas llegó a la conclusión de que se trata del “resultado de un desarrollo indígena de tendencias lingüísticas pertenecientes a toda la región norteña de la península”. Entre los varios miles de términos privativos del habla pasiega analizados –y que, de ser cierta la tesis del origen semítico de los pasiegos, debiera en buena lógica ser un depósito de pruebas lingüísticas de dicho origen– no encontró Penny ni tan siquiera uno de origen judío o morisco. En consecuencia afirmó que desde el punto de vista de la lengua “se trata de datos que apoyan la teoría del origen indígena de los pasiegos” (13).

 

Pasando a la indumentaria, también en ella se quiso ver algún rastro de berbería. Lasaga escribió al respecto:

 

“Cubre el hombre su cabeza con una montera parecida al gorro de los antiguos egipcios; el chaleco y chaqueta semejante a los de igual clase del moro; (…) su calzado es de cuero, en forma de alpargata, trasunto sin duda de la babucha moruna”.

 

En cualquier detalle de la vida pasiega encontraba este romántico autor un evocador indicio oriental:

 

“(…) aun en lo rústico de su construcción ofrecen un tipo marcadamente oriental por la colocación de la escalera, adosada exteriormente al macizo de los muros, como se lee en el Sagrado Evangelio de aquella casa donde estaba Jesús cuando le llevaron el paralítico”.

“Figúrese el lector al árabe del desierto o de la campiña, que acude a los zocos, y éste será el pasiego”.

“Cambia los productos de su ganado en los mercados de los valles cántabros, y con el valor de ellos sube el alimento a la prole. Así descendían en los primeros siglos cristianos a los mercados de Alejandría los anacoretas a vender los canastillos que habían trabajado en las montañas de Esceta, y compraban el pan cosechado en las riberas del Nilo”.

“El pasiego desconoce la estabilidad del hogar; que es lo que constituye la base de las poblaciones en todos los estados: anda errante de cabaña en cabaña en busca de aguas y pastos para sus ganados, demostrando con esto el instinto nómada del pastor árabe”.

 

García Lomas calificó de obsesión la inclinación de este y otros autores por descubrir en cualquier elemento del traje pasiego una prueba de su parentesco con la indumentaria de los pueblos del medio Oriente. Explica Joaquín González Echegaray, el más reputado etnólogo sobre los cántabros, autor de varios estudios ya clásicos sobre este tema, que la pervivencia del uso entre los pasiegos de un tipo de pañuelo que se ata a la sien “y que viene a resultar, junto con el pañuelo femenino, la última evolución de aquellas vendas o lienzos con que se cubrían la cabeza hombres y mujeres en los siglos anteriores”,  había inspirado a alguno la idea de que se trataba de un elemento bereber; ante lo cual, Echegaray califica tal deducción de “salto en el vacío, pasando de la simple constatación de una apariencia engañosa a montar toda una teoría, ciertamente absurda, sobre el origen semítico (árabe o judío) de los pasiegos. Hoy en día ningún etnólogo toma en serio opiniones de este tipo” (14).

 

A continuación, unas breves líneas sobre el análisis antropológico de los pasiegos. De nuevo las palabras de Lasaga:

 

“Yo digo que los pasiegos no proceden de los cántabros, sino que son familia semítica de la rama de Ismael, conservados sin mezcla en medio de sus montes por la poca tendencia que siempre hubo entre ellos y los habitantes de los valles a enlazarse; y está bien marcado el tipo jafético en los cántabros y el semítico en los pasiegos”.

 

Sin embargo, la evidencia parece indicar que entre los pasiegos el tipo de cabellos y ojos claros es el mayoritario. Los numerosos testimonios de viajeros a lo largo de los siglos nos hablan siempre de la rubicundez, la blanquísima piel y la corpulencia de los pasiegos, características de las razas nórdicas. A partir del reinado de Fernando VII se pusieron de moda las nodrizas pasiegas entre la alta aristocracia madrileña y la familia real –hasta los días infantiles de D. Juan de Borbón, quien tuvo nodriza pasiega, al igual que su padre, abuelo y bisabuela–, quienes escogían a estas mujeres precisamente debido a su aspecto saludable, color encendido, robustez y corpulencia, como escribió Théophile Gautier al conocerlas en Madrid (15). Otro testimonio de aquella época es el de Hans Gadow, zoólogo y antropólogo anglo-germano que dejó una interesante observación realizada durante un viaje realizado por el Norte de España en 1897: 

 

“Los pasiegos son fuertes, de tez clara y, con frecuencia, rubios de ojos azules; aparentemente no se diferencian del resto de los habitantes de la provincia, pero tienen un carácter, unos hábitos, unas costumbres y unas vestimentas muy distintos de los demás” (16).

 

Más detalladamente, los pasiegos, al igual que el resto de sus paisanos montañeses, son mayoritariamente braquicéfalos, característica de los pueblos de raza céltica según los estudios antropológicos que desde hace más de un siglo se han ocupado de la población española. Es de señalar que la dolicocefalia es principalmente encontrable en las costas mediterráneas españolas. En la Historia de España de Menéndez Pidal se señala que “desde Galicia hasta Santander es donde se encuentra el foco más intenso de braquicefalia de toda España” (17).

 

Explica González Echegaray:

 

“Entre los caracteres antropológicos de España se ha considerado tradicionalmente la dolicocefalia actual como un carácter ibérico de tipo mediterráneo, mientras que la braquicefalia se ha tenido como un carácter céltico de tipo nórdico. Las tres provincias españolas de mayor índice cefálico, es decir, más braquicéfalas son Cantabria, Asturias y Lugo (…) En conjunto puede afirmarse que los cántabros actuales pertenecen al grupo antropológico conocido con el nombre de “pirenaico occidental” en el que se incluyen asimismo los vascos y los asturianos” (18).

 

La tesis sostenida por los antropólogos clásicos, mostrada en los párrafos anteriores, se ve asimismo apoyada por los datos obtenidos de los grupos sanguíneos. De este modo, en cuanto a frecuencias de grupos, los caucasoides europeos suelen pertenecer a los grupos 0, A y AB, siendo el grupo B más frecuente entre caucasoides orientales. Pues bien, la población de Cantabria posee una media del 50’5 % de individuos del grupo 0; 40’5 del grupo AB; 7 % del A; y 2 % del B (19). En cuanto a los pasiegos, recoge García Lomas un informe médico realizado a mediados de nuestro siglo en el que se señala que de los operados procedentes de los valles pasiegos, a quienes se les practicó el análisis del grupo sanguíneo por el Instituto Provincial de Sanidad, ninguno pertenecía al grupo B. La mayoría eran del grupo A y algunos del grupo 0 (20). Concluye García Lomas que “nada tienen los pasiegos de judíos, antropológicamente considerados, ni tampoco en la faceta costumbrista se atisban derivaciones contundentes que prueben su relación directa con las de las razas semíticas” (21).

 

El del Rh, a pesar de ser significativo, es, sin embargo, un método incompleto, sujeto a equívoco y en la actualidad superado con creces por métodos mucho más certeros. Recientemente, datos de frecuencias de marcadores moleculares del sistema HLA (Human Leukocyte Antigen) han abundado en el mismo sentido que la información apuntada por la antropología de los últimos ciento cincuenta años. En Julio de 1998 se publicó un informe realizado por investigadores del Servicio de Inmunología del Hospital Marqués de Valdecilla, de Santander, dedicado a las patologías de origen genético y su incidencia en las poblaciones cerradas (22). Escogieron los investigadores la zona pasiega ya que, en palabras de sus autores, “una población pequeña, más o menos aislada con poco intercambio de individuos con otras poblaciones de alrededor y que haya permanecido así a lo largo del tiempo es más fácilmente abordable que la población de una gran ciudad”. Realizan los autores un estudio comparativo de pasiegos, cántabros no pasiegos y otras poblaciones, a través de cálculos de distancias genéticas. Llegaron a las siguientes conclusiones: la población pasiega y el resto de la población cántabra representan las dos muestras más similares desde un punto de vista genético, lo que evidencia, lógicamente, un cierto grado de mezcla entre ellas; éstas son seguidas por poblaciones del norte de Europa, principalmente daneses y polacos, en ese orden; a continuación vienen el resto de españoles, estando más cercanos los vecinos vascos; las mayores diferencias genéticas se observan entre las poblaciones del norte de España y las de sur de Europa. Finalmente, los judíos ashkenazis se encuentran genéticamente muy alejados de las poblaciones europeas analizadas, sobre todo de los pasiegos, daneses, polacos y cántabros no pasiegos, por ese orden.

 

La tabla de distancias genéticas estándares entre pasiegos y otras poblaciones (x 10-2) obtenidas usando las frecuencias alélicas HLA-DRB1, -DQA1 y -DQB1 es la siguiente:

 

Judíos Ashkenazi          24,52

Españoles          14,08

Vascos          12,34

Franceses          12,10

Cántabros no pasiegos          8,04

Polacos          5,56

Daneses          5,44

 

Es decir, que los pasiegos se encuentran genéticamente más cercanos a daneses y polacos que incluso a sus paisanos montañeses. Y éstos, a su vez, más cercanos a dichos pueblos del norte de Europa que a la media del resto de los españoles. Concluyen los autores:

 

“La principal observación que podemos constatar en nuestro estudio es que la población pasiega presenta una distribución de haplotipos muy similar a aquellas encontradas en países del norte de Europa y sin embargo geográficamente está encuadrada en un típico país mediterráneo”.

 

Continúan relacionando sus conclusiones con trabajos realizados en otras disciplinas y afirman: 

 

“Por otra parte estudios antropológicos sobre los pasiegos y otros grupos aislados similares han dado cierta luz sobre su etnogenia al considerar medidas antropométricas realizadas en esta población y compararlas positivamente con poblaciones de Escocia, Irlanda y Suiza, es decir, aquellas con un alto componente celta”.

 

Y concluyen sobre el origen judío de los pasiegos: 

 

“Como hemos visto en el dendrograma filogenético, las similitudes más altas se dan entre los pasiegos y los cántabros no pasiegos, seguidos por daneses y polacos, mientras que los vascos y los españoles de Madrid son los siguientes en orden decreciente de relación genética. El hecho de que los judíos ashkenazi  muestren las relaciones más bajas con respecto a los pasiegos descarta claramente un posible origen judío para los pasiegos”.

 

Dos años más tarde los mismos doctores Leyva y Sánchez Velasco explicaban a la prensa santanderina el avance de sus investigaciones de inmunología entre la población pasiega, reiterando en lo que se refiere al origen de la misma que

 

“la población pasiega tiene similitudes con las del Norte de Europa, en concreto con las escandinavas, las del norte de Francia e Irlanda debido a que comparten un haplotipo desconocido (…) En Europa hay pueblos que se desvían de las reglas: lapones, sardos, pasiegos y vascos. Por eso están muy estudiados o son objeto de investigación(…) Sin querer enmendar la plana a nadie, lo que está demostrado es que los pasiegos no tienen ningún antecedente askenazí o semítico” (23).

 

Contrastando estos datos con la percepción social, es de señalar que entre los desinformados pasiegos ha cuajado la tesis de su semitismo, de la cual muchos se muestran satisfechos por hacerles sentir diferentes. Y en su desconocimiento han llegado a sacar pintorescas conclusiones, como la de que cuanto más rubio, más judío se es.

 

Sin embargo, como numerosos autores vienen apuntando desde hace décadas, parece que todos los indicios, desde cualquier punto de vista –racial, histórico, religioso, costumbrista, lingüístico–, coinciden en demostrar que no existe el menor motivo para sospechar que la pasiega es una población de origen semítico. Más bien todo lo contrario, por tratarse de un grupo humano a todas luces definible como típica y puramente europeo.

 

Pero probablemente nuestros nietos continuarán oyendo hablar del curioso origen semítico de los pasiegos.

 

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Notas:

(1) JOVELLANOS, GASPAR MELCHOR DE, Carta sobre el origen y costumbres de los vaqueiros de alzada en Asturias.

(2) GARCÍA LOMAS, ADRIANO, Los Pasiegos, Ed. de Librería Estudio, Santander, 1986, p. 42.

(3) GONZÁLEZ ECHEGARAY, CARMEN, Valles y comarcas de Cantabria. Las tres villas pasiegas, Fund. Santillana, Taurus Ed., Madrid, 1985, p. 15.

(4) GARCÍA LOMAS, ADRIANO, op. cit., p. 117.

(5) FERNÁNDEZ ESCALANTE, MANUEL, Paganismo en Cantabria en los umbrales de la Edad Barroca (Indagación para un acercamiento al derecho primitivo de los españoles), Departamento de Filosofía del Derecho de la Universidad de Valencia, 1979, p. 17.

(6) VILLAFAÑE, JUAN DE, Relación histórica de la vida y virtudes de la Excelentissima Señora Dª Magdalena de Ulloa Toledo Ossorio y Quiñones, Fundadora de los colegios de Villagarcía, Oviedo y Santander de la Compañía de Jesús, Imp. de Francisco García Onorato, Salamanca, 1723, pp. 389 y ss.

(7) FERNÁNDEZ ESCALANTE, MANUEL, op. cit. p. 39.

(8) GARCÍA LOMAS, ADRIANO, op. cit. p. 79.

(9) ESTRABÓN, Geografía, Libro III, 4, 17.

(10) CUNQUEIRO, ÁLVARO, La bella del dragón, Ed. Tusquets, Barcelona, 1991, p. 165.

(11) GARCÍA LOMAS, ADRIANO, op. cit., p. 80.

(12) Ib, p. 94.

(13) PENNY, RALPH J., El habla pasiega: ensayo de dialectología montañesa, Thames Books, Londres, 1969, pp. 382 y 396.

(14) GONZÁLEZ ECHEGARAY, JOAQUÍN, Manual de etnografía cántabra, Ed. de Librería Estudio, Santander, 1988, p. 254.

(15) GAUTIER, THÉOPHILE, Viaje a España. Ed. Cátedra, Madrid, 1998, p. 148.

(16) GADOW, HANS, Por el Norte de España, Ed. Trea, Gijón, 1997, p. 278.

(17) MENÉNDEZ PIDAL, RAMÓN, Historia de España, Tomo II, p. 120.

(18) GONZÁLEZ ECHEGARAY, JOAQUÍN, op. cit. p. 46.

(19) Ib, p. 48.

(20) GARCÍA LOMAS, ADRIANO, op. cit. p. 94.

(21) Ib, p. 395.

(22) PABLO SÁNCHEZ VELASCO, JUAN ESCRIBANO DE DIEGO Y FRANCISCO LEYVA COBIÁN, La población pasiega como modelo genético. Boletín del Museo de las villas pasiegas. nª 29, Julio de 1998.

Jesús Laínz

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