Dibujos y esculturas de amor vulnerado

Cuando se contemplan estos dibujos, recortes y pequeños yesos de Rodin hay que imaginar hasta qué grado de sensibilidad puede el arte sublimar las más oscuras pasiones

Una visitante de la exposicion Rodin-Giacometti en la Fundacion Mapfre, en Madrid.
Una visitante de la exposicion Rodin-Giacometti en la Fundacion Mapfre, en Madrid. VICTOR SAINZ

 

En la Fundación Canal, en Madrid, se exponen dibujos, recortes y pequeñas esculturas de yeso de Augusto Rodin, una obra poco conocida y hasta ahora nunca exhibida en público. Se trata de una recreación íntima y sensible del cuerpo de la mujer. Después de contemplar esta exposición en la que Rodin convierte el desnudo femenino en un delicado ballet, resulta muy difícil imaginar a este artista sentado en una poltrona en babuchas con su gran barriga desnuda bajo el batín de seda y a su mujer arrodillada ante su imponente figura dándole cucharadas de sopa con el peligro de que si no le gustaba la comida echara de una patada el plato a rodar. Se llamaba Rose Beuret. Rodin la había conocido cuando era una modistilla analfabeta de 24 años, que cosía botones en la guardarropía del teatro Gobelins.

Si uno imagina que esos dibujos con grafito, esas acuarelas recortadas y los pequeños yesos modelados con la yema de los dedos habían sido inspirados por el desnudo de esa amante, que además de servirle de modelo le limpiaba la casa, le preparaba la comida, le ponía cataplasmas y en la cama le satisfacía el sexo abrupto, uno llega a pensar en qué intrincado laberinto estaba encerrada el alma convulsa de este minotauro. Sucede a menudo. He aquí a un artista zafio, machista, depredador sexual que nunca permitió que su mujer le acompañara a ningún acto público, ni siquiera a una fiesta entre amigos y a la hora de calmar sus celos le decía que ella sería siempre su preferida y, en cambio, era capaz de extraer de cada movimiento del cuerpo de aquella mujer primaria e inculta una armonía exquisita que no se puede alcanzar sin una profunda pasión de amor y conocimiento. Rodin se casó con ella pocos meses antes de morir, después de vivir juntos medio siglo entre sucesivas tormentas. Ella tenía ya más de 70 años y para la ceremonia ni siquiera se peinó ni se dio polvos en la cara.

En la exposición de la Fundación Mapfre los bronces y mármoles tempestuosos de Rodin dialogan con los caminantes metafísicos de Giacometti. En este caso, al contrario de lo que sucede con los íntimos dibujos y acuarelas, las pasiones primitivas del artista forman parte inseparable de su genio a la hora de enfrentarse a la materia, bronce o mármol y crear la escultura moderna, pero también aquí su obra está lacerada por la presencia dramática de otra mujer, Camille Claudel, una joven escultora que a los 19 años entró a trabajar como aprendiz en el taller del maestro. Tenía una belleza delicada y un talento extraordinario. Rodin la enredó muy pronto en una pasión salvaje, desordenada y neurótica, que, pese a todo, comenzó a dar frutos de primera calidad. Camille era su musa y modelo y le ayudaba a esculpir. Rodin se la apropió por completo, pero el talento de esta artista pronto fue reconocido fuera del taller, lo que destapó en él una tormenta de celos. En la famosa escultura El beso tal vez era la propia Camille Claudel la protagonista. Esta incipiente gloria de su discípula laceraba el ego de Rodin, quien al mismo tiempo admiraba su toque personal femenino como parte de su propia alma. Camille trabajó en las figuras de su obra monumental La Puerta del Infierno, le inspiró otros trabajos, que firmó ella con el nombre del maestro.

Para la cocina estaba la otra, que le daba de comer de rodillas y en la cama le aplacaba la carne animal. Rose Beuret se quedaba en casa mientras Camille acompañaba al maestro en las fiestas de sociedad donde era reconocida en público como amante oficial y aunque prometió casarse con ella y la embarazó varias veces sin resultado feliz, esta escultora superdotada comenzó a darse cuenta de que nunca lograría retener a aquel salvaje, al que su esposa tenía agarrado por el lado más ciego e instintivo. La rivalidad entre las dos mujeres llegó muchas veces a las manos, a arrastrarse por el pelo en el taller en medio de las esculturas. A Camille sólo le quedaba despedirse de su maestro esculpiendo su dolor en un mármol excelso, L’Age mûr, en la que aparece ella suplicante, con las manos tendidas hacia Rodin y a este dándole la espalda arrastrado por un ángel caracterizado de bruja.

Con el doble fracaso del corazón se iniciaron en Camille sus primeros brotes nerviosos, pero su esquizofrenia iba creciendo pareja al éxito de su trabajo, cada día más reconocido por la crítica. El final de esta escultora es bien conocido. Treinta años en un manicomio con los ojos fijos en la pared de enfrente o atada a la cama y después una muerte sin tumba conocida y toda la gloria para Rodin con sus mármoles y bronces renacidos de un amor vulnerado y voluptuoso de dos mujeres que le ayudaron. Cuando se contemplan estos dibujos, recortes y pequeños yesos y también esas esculturas poderosas de Rodin hay que imaginar en este caso hasta qué grado de sensibilidad puede el arte sublimar las más oscuras pasiones y cuántas lágrimas suele ocultar la belleza.

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