Chaim Weizmann, el hombre que hizo nacer Israel desde un laboratorio

Este químico judío de origen bielorruso ideó una forma de producir acetona para pólvora para Gran Bretaña durante la Primera Guerra Mundial. La leyenda cuenta que esto fue un punto de partida para la creación de este estado

 

Etimológicamente acetona significa «lo que procede del acético» y seguramente la mayoría de los lectores la asociaran al típico olor penetrante que desprende el quitaesmalte de uñas. Sin embargo, en el siglo XIX este compuesto químico se empleaba para fabricar cordita, la «pólvora sin humo», que era más potente y precisa que la convencional.

Uno de los muchos inconvenientes que tenía la pólvora clásica era que la deflagración generaba una enorme cantidad de humo. Los científicos del Reino Unido solventaron este problema al mezclar nitroglicerina, nitrocelulosa y vaselina, y disolver esta mezcla en acetona.

Un problema de suministros

La acetona se obtenía, inicialmente, a partir de acetato de calcio, siendo Alemania uno de los principales proveedores a nivel mundial. Cuando estalló la Primera Guerra Mundial la producción inglesa de cordita se vio seriamente comprometida.

Aquí es donde entró en juego el químico judío de origen bielorruso Chaim Weizmann (1874-1952). Mientras ejercía la docencia en la Universidad de Manchester desarrolló una producción alternativa de cordita «contratando» en su laboratorio a una bacteria –Clostridium acetobutylicum–.

Con este patógeno era capaz de generar acetona a partir de granos de maíz y arroz. Se estima que producía doce toneladas de acetona a partir de cien toneladas de grano. Una cantidad que se antojaba a todas luces insuficiente.

A pesar de las limitaciones, este proceso bioquímico funcionó hasta que empezaron a escasear los cereales, como consecuencia de las restricciones alimentarias propias de una nación en guerra. Por otra parte, la importación de maíz procedente de Sudamérica estaba seriamente amenazada por las acciones de los submarinos alemanes en el Océano Atlántico.

Las castañas entran en la guerra

Fue entonces cuando Weizmann estudió otras vías de producción. Descubrió que a partir de las castañas también se podía conseguir acetona con un rendimiento óptimo. Ahora lo que hacía falta era agenciarse de ingentes cantidades de este fruto. Con esta finalidad el 26 de julio de 1917 se publicó en el diario «The Times» el siguiente anuncio:

El gobierno necesita semillas de castaño, sin las cascarillas verdes, para el Ministerio de Municiones. Las nueces reemplazarán a los cereales que han sido necesarios para la producción de un artículo de gran importancia para la guerra.

Durante las semanas otoñales de aquel año los escolares británicos exploraron bosques y caminos en búsqueda de castañas. Para estimular la recogida la Oficina de Guerra británica pagaba 37.5 peniques –unos 34 dólares actuales– cada centena recogida.

Se calcula que llegaron unas 3.000 toneladas a la Synthetic Products Company de King`s Lynn, sin embargo, el rendimiento no fue el esperado inicialmente y la producción de acetona a partir de castañas no tardó en verse interrumpida.

La mejor recompensa

El gobierno británico agradeció públicamente a Weizmann su asesoramiento en la producción de cordita y, según la leyenda, se cuenta que Arthur J Balfour, el secretario de relaciones exteriores británico, le ofreció como recompensa lo que el químico ambicionara. Weizmann no dudo en solicitar la creación de un estado judío.

El 2 noviembre de 1917 Balfour escribió una carta –que ha pasado a la historia como Declaración Balfour– a Lionel W. Rothschild, en aquellos momentos el líder de la comunidad judía en Gran Bretaña, para que se la transmitiera a la Federación Sionista. Este documento se considera el primer reconocimiento de una potencia mundial a los derechos del pueblo judío y el punto de partida del estado de Israel.

Leyenda o no, lo que es cierto es que algunos años después el propio Weizmann se convirtió en el primer presidente de Israel. Corría el año 1948.

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