Naipes, autógrafos e invitaciones etílicas: mensajes del pasado escondidos en obras de arte

Los expertos en conservación de arte en ocasiones se topan con misivas de otra época. Pequeños hallazgos escondidos en esculturas y tallas de un tiempo pretérito capaces de rescatar unas migajas de ese vacío que es el paso del tiempo. 

Fragmento de una de las cartas halladas en 2008
Fragmento de una de las cartas halladas en 2008.- MUSEO DEL PRADO

JUAN LOSA

La obra de arte, más allá del puro deleite, es también un surtidor de anécdotas y sorpresas de otro tiempo. El espontáneo, ajeno por lo general a este tipo de revelaciones, se ha de conformar –que no es poco– con el gozo de la contemplación, paso previo a ese ligero escalofrío que produce la belleza. Pero hay otros placeres que, lamentablemente, están vetados al gran público.

Nos referimos, por ejemplo, a ese instante en el que varios conservadores del Museo Nacional del Prado movieron el pedestal que sustenta la escultura Carlos V dominando al el Furor (1551-1555), a cargo de Pompeo Leoni, y descubrieron en una cavidad del mismo unas cartas manuscritas ocultas durante casi un siglo.

Dos misivas que, a modo de gamberrada, varios porteros del Prado tuvieron a bien depositar, allá por el año 1923, bajo la imponente figura en bronce del Emperador. El hallazgo, que se produjo en 2008, pasó desapercibido en su día hasta que ahora la pinacoteca ha decidido rescatar estas curiosas epístolas y subirlas a su página web. Unas pocas líneas procedentes del pasado en las que un tal José Ramos Moreira se presenta y, con mucha sorna, nos indica qué hace con su vida y desde dónde nos escribe: «Ramos / portero en la actualidad. / Condenado. / Desde el infierno».

Como lo oyen, el bueno de Ramos, custodio de una de las puertas del museo en los años 20 tuvo a bien echarse unas risas con sus compañeros de fatigas aprovechando alguna operación de conservación o redistribución en el museo. En la carta, manuscrita a tinta, Ramos interpela al futuro consciente de que va camino del purgatorio y, de paso, desliza una suerte de lamento por su precariedad laboral: «Tres años de servicio cobrando 25 duritos al mes». Una situación de escasez que le ha obligado a dejar, muy a su pesar, el tabaco y los «mediochicos» de vino, afición esta última que evidencia conocer bien, pues nos ofrece un amplio listado de tabernas y tugurios donde honrar al dios Baco en las inmediaciones del museo y en las calles de Jesús y Moratín.

Ramos, del que se podría inferir que era lo que viene siendo un borrachín, concluye sus confesiones encomendando a sus interlocutores del futuro a la protección de Carlos V, junto a cuyos pinreles bronceados debió empalabrar las líneas que nos ocupan: «Que Carlos I y V os defienda de todo mal. Amén». La segunda nota, fechada como la anterior el 12 de diciembre de 1923, comparte con la de Ramos el tono de guasa y viene firmada por varios compañeros del susodicho, quienes no dudan en invitarnos (para ello no dudan en incluir junto a las cartas una perra gorda, acuñada en 1870 y todavía de curso legal en 1923) a «mediochicos de vino en la más próxima tasca, si así se denomina en vuestros días, por haber derrocado al mas grande que tubo [sic.] España y el que la ha hecho mas pequeña».

El cachondeo espacio-temporal de Ramos y sus compinches nos habla de un pasado más o menos remoto. Curiosamente, lo que aparentemente no deja de ser un pasatiempo inofensivo a cargo de unos subalternos que luchaban contra el tedio, consigue, un siglo después, arrancar unas migajas a ese vacío que se excava continuamente llamado tiempo, un modo de dejar algún surco, alguna huella, algún rastro. No es algo frecuente, pero estos hallazgos nos vinculan con lo que fuimos, con los anhelos de otro tiempo y nos ofrecen un espejo en el que mirarnos para comprender que no fuimos tan diferentes.

Entre las nalgas de Cristo

A lo largo de la historia del arte ha habido descubrimientos de todo tipo. Desde naipes, como los que se encontraron en el interior de El joven de Magdalensberg, del Kunsthistorisches Museum de Viena; hasta barajas enteras, como la que se extrajo tras el vaciado del Hércules Farnesio de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando. Con todo, lo más habitual es encontrarse con información de la época o con rúbricas camufladas por parte del autor. Es el caso, por ejemplo, del escueto «Fco Buiza 1971» que tuvo a bien ocultar el escultor Francisco Buiza Fernández en un pliegue del Cristo de la Misericordia de la parroquia de San José Obrero de San Juan de Aznalfarache (Sevilla).

Pero quizá fue en 2017 cuando se encontró la cápsula del tiempo más impúdica de la historia. Quién podría sospechar que el pandero de un Cristo –en concreto el de Sotillo de la Ribera (Burgos)– escondería durante dos siglos y medio un par de pergaminos de piel de bovino escritos a mano por el capellán del Burgo de Osma, Joaquín Mínguez. En ellos, el religioso detalla a sus lectores del futuro una breve crónica de la época, llegando a enumerar sus juegos, modo de vida, tipo de caza y hasta las enfermedades más recurrentes.

También un tanto sacrílego es el hallazgo en la talla del Cristo de la Expiración de Cádiz de un pequeño manuscrito que venía a corroborar la autoría de José de Cirartegui, escultor tolosano nacido en 1755. Localizaciones insospechadas con las que los autores de la época –cuya individualidad ganaba enteros– reivindicaban su trabajo de cara a la posteridad.

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