¿Estamos ante el final de la democracia?

Miguel Ángel Furones

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Cuando unas pocas personas comparten una idea crean una ideología. Si esa idea es trascendente, crean una religión.

Si esas pocas personas se convierten en muchas, se transformarán en un partido o en una iglesia. Y si el partido o la iglesia continúan creciendo, la idea original se reajustará para ponerla al servicio del poder que ella misma creó.

Es la historia del mundo, qué le vamos a hacer.

Pero dentro de ese vaivén ha habido una idea que, aunque a trompicones, no ha parado de crecer y mejorar a través de la historia: la democracia.

Desde que los atenienses inventaron aquella primera democracia tan excluyente (mujeres, esclavos y extranjeros not included), la idea del gobierno del pueblo por el pueblo ha ido incorporando en su seno a las mujeres, a los trabajadores, a las minorías étnicas e incluso a los emigrantes.

Hicieron falta dos guerras mundiales, una descolonización global, la caída de los grandes regímenes totalitarios y el ocaso o la reconversión de las monarquías para que la democracia gozara del prestigio del que ha disfrutado durante más de medio siglo.

Pero ahora las cosas están cambiando a peor. Y no porque haya sucedido una gran hecatombe que la haya puesto en cuestión. Mas bien por una acumulación de hechos que la van deteriorando lentamente:

  1. La sistemática desaparición de las clases medias, verdadero sustento de las democracias modernas. La revolución digital está diezmando a los componentes de esas clases a velocidades vertiginosas.
  2. Los abusos de la clase política. Su sistemática usurpación de los espacios civiles y la focalización exclusiva en sus propios intereses ha deteriorado su credibilidad hasta niveles pocas veces conocidos.
  3. El encadenado de crisis económicas que está poniendo en cuestión el modelo capitalista, tan vinculado en la historia reciente a la propia democracia.
  4. El auge de modelos autoritarios alternativos, como los de China o Vietnam, a caballo entre el comunismo y el capitalismo, que tan buen resultado les está dando desde el punto de vista económico.
  5. El resurgimiento de los populismos que basan su estrategia en el cuestionamiento de los pretendidos logros de la democracia, a tenor de las dificultades presentes.

Pero el mayor de los problemas es otro y mucho más grave: la democracia, tal como la conocimos en el pasado, ya no es necesaria.

El neocapitalismo surgido tras la revolución digital ha descubierto que la tecnología actual le permite manejar a los ciudadanos a través de las redes sociales sin control alguno.

Hoy son esas redes sociales las que deciden lo que sabemos, quiénes lo sabemos y cuánto lo sabemos sin importar si la información es verdadera o falsa.

Es un nuevo escenario en el que el poder político, que tradicionalmente ha supervisado los contenidos xenófobos, racistas o violentos de la prensa, la televisión y demás medios de comunicación de masas no considera que precise hacer lo mismo con las redes sociales.

Eso les otorga un dominio tal que el presidente de Facebook se ha permitido decir, sin el menor rubor, que publicará cualquier mensaje que esté pagado sin importarle en absoluto la veracidad del mismo.

Todo en aras de una pretendida libertad de expresión que, en realidad, solo sirve para encubrir los intereses de una minoría cada vez más reducida y cada vez más poderosa.

Algo que ya intuyó Daniel Bell en su obra Las contradicciones culturales del capitalismo, cuando dijo que una de las carencias de la sociedad actual es la de la información, porque la cantidad de la misma no conlleva en absoluto una distribución adecuada.

Pero en su análisis Bell se quedó muy corto. Probablemente porque cuando él publicó su libro, en el año 1973, todavía faltaban más de 30 para que se fundara Facebook.

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