Viaje a la prodigiosa mente de Goya

El Museo del Prado cumple hoy 200 años. Y lo celebra con la más ambiciosa exposición de dibujos del artista hasta la fecha

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Natividad Pulido

Cuando hace justo hoy 200 años el Museo del Prado abrió sus puertas, unas pinturas de Goya colgaban en sus paredes. Concretamente, en una sala que daba acceso a la galería central: los retratos ecuestres de Carlos IV y María Luisa de Parma. No hay constancia alguna de que el artista acudiera a la inauguración. Sabemos que días después enfermó y estuvo al cuidado del doctor Arrieta. Si pilló un catarro camino del Prado, como especula novelescamente Manuela Mena, nunca lo sabremos. Hoy, el Prado cumple 200 años y lo ha querido celebrar con una exposición de Goya, uno de los maestros mejor representados en la pinacoteca, con unas 150 pinturas, medio millar de dibujos, todas sus series de estampas y buena parte de su correspondencia con Martín Zapater.

Pero la exposición no reúne sus pinturas, sino sus dibujos. Benditos dibujos. Si a ello unimos que hay otra exposición en el museo dedicada a las cartillas de dibujo que usaban los artistas como medio de aprendizaje, parece toda una declaración de intenciones del Prado, que apuesta en su bicentenario por poner en valor el dibujo, durante siglos denostado en nuestro país.

«Mascarón de fuente, sobrepuesto a Aníbal vencedor» (estudio preparatorio). Cuaderno italiano. Goya, h. 1771-88. Detalle
«Mascarón de fuente, sobrepuesto a Aníbal vencedor» (estudio preparatorio). Cuaderno italiano. Goya, h. 1771-88. Detalle – Museo del Prado

Gran intensidad

Es ésta una exposición muy especial. Por muchos motivos. El primero, porque reúne más de 300 dibujos de Goya, uno de los mejores dibujantes de la Historia del Arte. Y eso es decir mucho. Tres cuartas partes proceden de los fondos del Prado; el resto, de colecciones privadas y grandes museos de todo el mundo. Es la mayor realizada hasta la fecha: abarca toda su carrera, desde sus primeros trabajos en Italia (fue a Roma a aprender a dibujar del natural) hasta el final de sus días, sordo, viejo y enfermo, en Burdeos. Como bien dice un orgulloso Miguel Falomir, director del Prado, esta exposición es un acontecimiento: «Es una de las mejores exposiciones que se pueden ver hoy en todo el mundo». Y no es un manido eslogan publicitario.

«La desesperación de Satán». Dibujo preparatorio para un Disparate no grabado. Goya. 1814-1816
«La desesperación de Satán». Dibujo preparatorio para un Disparate no grabado. Goya. 1814-1816 – Museo del Prado

La palabra más repetida ayer, durante la visita y presentación a la prensa, era intensidad. ¡Y vaya si es intensa la exposición! Goya es una fuerza de la naturaleza que sacude nuestras conciencias sin piedad. Según José Manuel Matilla, comisario de la exposición junto con Manuela Mena, tras haber visitado la muestra los visitantes saldrán «transformados por un fuerte impacto emocional». La exposición rompe tópicos sobre Goya como pintor amable, de majas. Por contra, reivindica a un Goya íntimo, privado, muy intenso, siempre incorrecto políticamente. Nos metemos en la privilegiada cabeza del aragonés. «La obra de Goya es abrumadora, inabarcable, como la vida», explica José Manuel Matilla. «Todo lo que nos preocupa hoy lo había tratado ya Goya. Quedamos sobrecogidos por la actualidad de su obra. Fue el artista más crítico que ha habido nunca, incluso consigo mismo. Levanta las alfombras y saca a la luz lo que hay debajo». Y lanza un guante: «Invito a los artistas contemporáneos a ver quién analiza más críticamente la sociedad de su tiempo. Goya es insuperable». Para Manuela Mena, «su técnica es exquisita, delicada. Con precisión y economía de medios consigue una gran expresividad. No es costumbrista. Es singular, único».

«Aun aprendo». Cuaderno de Burdeos I. Goya. h. 1826. Detalle
«Aun aprendo». Cuaderno de Burdeos I. Goya. h. 1826. Detalle – Museo del Prado

Otro de los aciertos de la exposición es el montaje. Con una elegante museografía firmada Juan Alberto García de Cubas, se ha apostado por paredes luminosas (no en vano, Goya es el pintor de la luz, de la razón), como si fuera el cubo blanco de una galería de arte contemporáneo, poco habitual para exhibir dibujos. Y eso que están iluminadas las obras entre 30 y 40 lux. Los dibujos respiran y el visitante puede moverse a gusto por las salas. Pero, ¿por qué le sienta como un guante un montaje tan contemporáneo a unos dibujos del XVIII y el XIX? Quizás, porque no hay nadie más moderno, contemporáneo y universal que Goya. Aborda asuntos tan actuales como la violencia contra la mujer, la prostitución y la esclavitud sexual, los abusos a los niños, los conflictos bélicos, las desigualdades sociales, la precariedad laboral, las multitudes irracionales que son manipuladas, los problemas que aquejan a la vejez… «Podrían haber sido hechos anteayer», advierte un emocionado Javier Solana, presidente del Patronato del Prado, al mirar a Goya desde la convulsa -por ser finos- España de hoy.

«Las camas de la muerte». Dibujo preparatorio para el Desastre de la guerra 62. Goya, 1812-14
«Las camas de la muerte». Dibujo preparatorio para el Desastre de la guerra 62. Goya, 1812-14 – Museo del Prado

Los dibujos de Goya, que son una suerte de tratado de la condición humana, destilan crítica política y religiosa, denuncia de los abusos de poder, compromiso social y humor, mucho humor. Basta con ver las lacónicas frases que escribe a modo de títulos en sus dibujos: «Buena mujer. Parece», «Al desierto por ser santo. Amén», «¿Ve usted qué expresión? Pues no lo cree el marido», «Se le murió su amante y se le va al convento», «Este fue un cojo que tenía señoría»… Si visitan la muestra, no se lo pierdan. Son una delicia. Pero aclara Matilla que Goya no es un cronista, ni un notario, ni un reportero de guerra de su época, como se ha dicho en ocasiones. La realidad goyesca pasa por el filtro de su fértil fantasía e imaginación.

El lugar de honor de la exposición nos depara una sorpresa. El sancta sanctórum de la muestra, bajo el lucernario, está dedicado al Cuaderno C (1808-14), una suerte de diario gráfico en el que Goya fue dibujando todo aquello que le preocupaba. El Prado conserva 120 de los 126 dibujos conocidos. En el centro de la sala, encerrado en una vitrina, el cuaderno abierto y vacío, encuadernado en piel roja, con hierros dorados y gofrados. Y en las paredes, todos los dibujos apiñados y sin cartelas, en una secuencia casi cinematográfica. Es como si, al abrir el cuaderno, los dibujos, ávidos de libertad, como el propio Goya, hubieran escapado hacia las paredes.

«Joven bailando al son de una guitarra». Cuaderno de Sanlúcar. Goya, 1794-95. Detalle
«Joven bailando al son de una guitarra». Cuaderno de Sanlúcar. Goya, 1794-95. Detalle – Museo del Prado

Obra cumbre

Otra de las joyas de la exposición es el Cuaderno italiano, que a punto estuvo de salir de España, como recuerda Manuela Mena: «Es una obra cumbre y el único de Goya que se conserva íntegro». Junto a sus dibujos más tempranos, incluye anotaciones manuscritas, recetas, datos biográficos y familiares… El Prado tiene dibujos de todos sus álbumes y cuadernos, excepto de uno, el D, del que hay buenos ejemplos en esta muestra. Por la exposición van desfilando el Cuaderno de Sanlúcar, el de Madrid, el Cuaderno de bordes negros, el de viejas y brujas, el de Burdeos… Dibujos preparatorios para cartones de tapices, pinturas y estampas, copias de obras de Velázquez («copiar a Velázquez le sirve para aprender a mirar y dibujar», advierte Matilla), retratos familiares de su hijo Javier o su esposa, Josefa Bayeu… Muchos han sido restaurados, pero sin perder la pátina, la huella del tiempo: «No tienen bótox», aclara el comisario. Goya los conservó toda su vida. Pasaron a manos de su hijo y después de su nieto Mariano. Tras desperdigarse, acabaron en el Prado a través de distintas compras, donaciones y legados.

«Otra en la misma noche». Cuaderno C. Goya, 1808-14. Detalle
«Otra en la misma noche». Cuaderno C. Goya, 1808-14. Detalle – Museo del Prado

En 2014 el Prado y la Fundación Botín firmaron un convenio de colaboración para elaborar un catálogo razonado de los dibujos de Goya (en torno a un millar), un ambicioso proyecto en cinco volúmenes, que lleva a cabo un equipo capitaneado por Matilla y Mena. De momento solo ha visto la luz uno, en el que se retiraron seis atribuciones a Goya (incluido un dibujo del Prado) y se incorporaron dos. Una de éstas cuelga en la exposición: «Vista de Madrid desde la pradera de san Isidro», de una colección particular de Madrid. La Fundación Botín vuelve a sumarse a un proyecto del artista -el Centro Botín de Santander se inauguró en 2017 con dos exposiciones: una, de dibujos de Goya-, coorganizando con el Prado esta exposición.

Arranca con un espléndido autorretrato de Goya, cedido por el Metropolitan Museum de Nueva York, en el que nos mira abiertamente, con franqueza. Se cierra con un sobrecogedor dibujo del Cuaderno de Burdeos: «Aun aprendo». «Se considera un autorretrato simbólico en el que el artista declara su afán inquebrantable de desarrollo personal». Son muy reveladoras las palabras que Goya escribe a Joaquín María Ferrer en una carta fechada el 20 de diciembre de 1825 y que dan título a la exposición: «Agradézcame usted mucho estas malas letras, porque ni vista, ni pulso, ni pluma, ni tintero, todo me falta, solo la voluntad me sobra». Hizo siempre lo que quiso y como quiso. Un genio.

«Ligereza y atrevimiento de Juanito Apiñani en la de Madrid». Goya, 1814-16
«Ligereza y atrevimiento de Juanito Apiñani en la de Madrid». Goya, 1814-16 – Museo del Prado

Su condición sexual y su visión de los toros, temas para la polémica

Queda aún mucho por descubrir de Goya, hay puntos oscuros. Tal es la envergadura de su producción. Cuando se presentó en el Centro Botín el primer volumen del catálogo razonado de sus dibujos, hubo quienes vieron en sus cartas con Martín Zapater (amigo de su infancia, con quien mantuvo una correspondencia entre 1775 y 1803) algo más que una buena amistad. «Amitié amoureux», hilaba fino Manuela Mena, mucho más dispuesta a sacar del armario a Goya que su colega José Manuel Matilla. Pero, por muchos corazones ardientes, penes y traseros en pompa que dibujara en sus cartas a Martín Zapater, a quien se dirigía como «Mío de mi Alma», de ahí a confirmar que era homosexual hay un trecho. En lo que sí parecen de acuerdo los comisarios en que Goya era antitaurino. Creen que su visión como aficionado a los toros es un tópico goyesco más, una reflexión crítica sobre España.

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