Los obispos también votan

Anda el obispero católico apostólico español bastante revolucionado ante los excelentes resultados que anuncian los sondeos para la ultraderecha en las próximas elecciones. Por lo visto, el cardenal Rouco Varela está moviendo los hilos para que la Iglesia española vuelva a entrar en política. Como si se hubieran marchado alguna vez, que desde las novelas de Galdós hasta los chistes de Gila andan siempre metiéndose en todos los fregados y dando al César lo que es de Dios y a Dios lo que es del César. Hace unos días, sin pasar siquiera una página, al prior del Valle de los Caídos sólo le faltó recibir a los marmolistas con una escopeta.

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Con Rouco hay que diferenciar muy bien entre la Iglesia, con mayúscula, la de las jerarquías, la pompa y el boato, y la iglesia con minúscula, la de andar por casa, el rebaño, la grey, los pobres de Cristo, ésos que citan en las homilías y de los que únicamente se ocupan algunos curas de barrio. Rouco es más de Opus Dei, e incluso de Opus Night, que para eso se retiró a darse la vida padre en un ático de lujo en la calle Bailén: no iba a ponerse a evangelizar chinos o a repartir comida y ropa en la parroquia.

No les bastan las radios, televisiones y periódicos financiados con capital católico. El pasado mes de julio, los obispos completaron el rescate de la ruinosa 13TV con casi noventa millones de euros a través de la casilla del IRPF. Siempre previsores, por si a alguno de sus feligreses no le alcanzara el dinero para el recibo de la luz y todavía albergara dudas de a quién votar en los comicios del domingo, quieren hacerlo también a la antigua usanza, desde el púlpito. Resulta cuando menos llamativo que la opción política favorita de los obispos vaya en contra de todas las enseñanzas evangélicas y los fundamentos cristianos básicos: ayudar a los desfavorecidos, dar de comer al hambriento y de beber al sediento. Qué inmensa hipocresía utilizar a Cristo en nombre de un partido que criminaliza a los refugiados. ¿Qué eran el niño Jesús, su madre María y José sino refugiados en Egipto?

Este verano viajé a Alemania con mi novia, Virginia, en busca de las huellas de Bach, quizá el compositor más grande del orbe occidental, un hombre cuya vida estaba tan firmemente anclada en sus creencias religiosas que concebía la música como un servicio hacia Dios. Bach orquestó y dio voz a centenares de pasajes de la Biblia luterana con una convicción y una ternura que arranca las lágrimas incluso a ateos recalcitrantes como yo.

No tengo ni la menor idea de alemán, pero en la iglesia de Santo Tomás, en Leipzig, Virginia me contó que en el sermón que imparten a los fieles antes de la interpretación de una de sus cantatas, el clérigo les dijo que tuvieran mucho cuidado en las elecciones de septiembre con la opción política que iban a elegir, que nunca olvidaran que Jesucristo siempre está del lado de los desposeídos, de los desamparados, de la gente sin hogar. En la Cantata BWV 39, el coro canta: «Comparte tu pan con el hambriento y al pobre acógelo en tu casa. Cuando veas a un desnudo, vístelo, y no eludas a quien es tu propia carne. Entonces brillará tu luz como la aurora y tu adelanto será grande, y tu justicia irá delante de ti, y la gloria del Señor te tomará para sí». Conocida como «Cantata de los refugiados», Bach la escribió impresionado por la caridad de sus conciudadanos de Leipzig, quienes, a pesar de sus escasos recursos, ayudaban a la muchedumbre de protestantes expulsados de Salzburgo. El clérigo, por cierto, era una mujer.

DAVID TORRES

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