Líbano, un pueblo en pie

Si los sueños felices a veces se realizan, se puede decir que los libaneses están a mitad de conseguirlo

SAMI NAÏR

Una manifestante protesta frente a la embajada de EE. UU en Awkar (Líbano), el pasado 24 de noviembre.
Una manifestante protesta frente a la embajada de EE. UU en Awkar (Líbano), el pasado 24 de noviembre. ANDRE PAIN EFE

Si los sueños felices a veces se realizan, se puede decir que el del pueblo libanés está a mitad de conseguirlo. A mitad, porque todavía la resiliencia y los cálculos de los grupos dirigentes siguen intentando, desde hace más de un mes, borrarlo. El sueño libanés trasciende los parámetros de una revolución, es una refundación, que rechaza el círculo repetitivo sobre el cual una sociedad en sí fragmentada había sido forzada a unirse bajo el hilo de la uniformidad y pureza confesional. En este país, con el pretexto de mantener el equilibrio religioso y demográfico entre los suníes y chiíes, alauíes, diversas ramas de cristianos, y otros muchos colectivos confesionales, las relaciones interhumanas están condenadas tiránicamente a una suerte de cárcel existencial que les obliga a percibirse y definirse en función de la pertenencia comunitaria, incluso en contra de su voluntad. La sublevación civil, pacífica, del pueblo libanés demuestra ahora que son muchos los que no lo quieren. Para poder casarse un cristiano y una musulmana (o viceversa) tenían que hacerlo en Chipre, porque los matrimonios interconfesionales se prohíben en Líbano. Parece que ahora pueden legalizarse post festum… ¡Menudo progreso!

El modelo institucional libanés es, por antonomasia, lo que puede representar una sociedad de enfrentamientos perpetuos (¡cuántas guerras civiles!) bajo el lema aparentemente democrático del respeto a la diferencia. Modelo impuesto por las potencias occidentales (esencialmente Francia) que se fraguó con la desaparición del Imperio Otomano y se consolidó después de la Segunda Guerra Mundial. El poder está compartido inmutablemente entre las tres grandes entidades religiosas (suníes, chiíes y cristianas); cada libanés es libanés menos algo: no es musulmán, no es cristiano.

Una sociedad, pues, paralizada, impotente institucionalmente por sus diferencias, reales o imaginarias, que envuelve así diferencias de clase, también territoriales, hace del país una víctima propiciatoria e indefensa frente a las potencias vecinas: Siria e Israel.

Pero este pueblo es probablemente el más moderno y culto del mundo árabe. Fueron los libaneses quienes importaron y adaptaron al árabe la imprenta en el siglo XIX; los que lanzaron los más libres periódicos; ellos, los que (con los egipcios) contribuyeron al desarrollo de la música, la literatura, el pensamiento político, los que construyeron los primeros partidos políticos nacionalistas laicos árabes.

Desde hace semanas, están en las calles; no piden el cielo, solo el fin de la impunidad de grupos dirigentes corruptos; piden el fin del sistema confesional o su traslado a la esfera privada, para vivir en una sociedad secular basada en la ciudadanía. Piden la universalización de los derechos, independientemente de la tiránica invocación del “origen”. Es una revolución republicana, cuyo objetivo es la ciudadanía igualitaria común. Un pueblo en pie: los libaneses merecen la máxima solidaridad.

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