La primera grabación del corazón de una ballena azul sorprende a los científicos

Los datos sugieren que el órgano trabaja al límite, lo que puede explicar por qué el cetáceo no es aún más grande

Investigadores del Laboratorio Goldbogen colocan una etiqueta de ventosa en una ballena azul en la Bahía de Monterey.
Investigadores del Laboratorio Goldbogen colocan una etiqueta de ventosa en una ballena azul en la Bahía de Monterey. – Goldbogen Lab / Duke Marine Robotics and Remote Sensing Lab

La emoción al escuchar la frecuencia cardíaca del futuro bebé, algo que ocurre más o menos en la sexta semana de gestación, es indescriptible. Probablemente, tener entre las manos el primer registro del corazón de una ballena azul, una de las especies más grandes de la Tierra, también lo sea. Desde luego, los científicos que lo consiguieron, de la Universidad de Stanford en California (EE.UU.), debieron de sentirse tan emocionados como padres primerizos. Además, los datos capturados son sorprendentes. Muestran que el órgano trabaja al límite, lo que explica que estos animales no puedan evolucionar para ser aún más grandes. Y que, al mínimo, late mucho más despacio de lo esperado: solo dos veces por minuto.

El dispositivo de grabación, una colección de sensores electrónicos encerrada en una carcasa de plástico, fue colocada cerca de la aleta izquierda de una ballena en la bahía de Monterey (California). La caja tenía cuatro ventosas para garantizar la adherencia a la piel. Dos de ellas llevaban incrustados los electrodos, que pudieron registrar la frecuencia cardíaca. El cetáceo los llevó durante un día.

«No teníamos ni idea de si esto funcionaría y estábamos escépticos incluso cuando vimos los datos iniciales», afirma Jeremy Goldbogen, profesor de biología en la Facultad de Ciencias Humanas de Stanford y autor principal del artículo. Una vez confirmados, «hubo muchos aplausos y vueltas de honor en el laboratorio».

La gesta, dada a conocer en la revista Proceedings of the National Academy of Sciences (PNAS), comenzó con la colocación de la etiqueta, algo que era realmente complicado, ya que había que hacer muchas cosas bien: encontrar una ballena azul, colocar la etiqueta en el lugar correcto de la ballena, lograr un buen contacto con la piel y, por supuesto, asegurarse de que la etiqueta funcionase.

Acercarla al corazón de una ballena azul salvaje ya supuso todo un reto. Por un lado, las ballenas salvajes no están entrenadas para voltearse boca abajo. Por otro lado, tienen una piel similar a un acordeón en su parte inferior que se expande durante la alimentación, y uno de esos tragos podría reventar la etiqueta de inmediato. Pero David Cade, coautor del artículo y recién graduado del Goldbogen Lab, pegó la etiqueta en su primer intento. Con el tiempo, se deslizó a una posición cerca de la aleta donde podía captar las señales del corazón.

Ilustración que muestra cómo la frecuencia cardíaca de la ballena azul se desaceleró y aceleró mientras se zambullía, se alimentaba y emergía
Ilustración que muestra cómo la frecuencia cardíaca de la ballena azul se desaceleró y aceleró mientras se zambullía, se alimentaba y emergía – Alex Boersma

Al límite

El análisis de los datos capturados sugiere que el corazón de una ballena azul ya está trabajando en su límite, lo que puede explicar por qué las ballenas azules nunca han evolucionado para ser más grandes. Igualmente esto puede ayudar a explicar por qué ningún animal ha sido más grande que una ballena azul, porque las necesidades de energía de un cuerpo más grande superarían lo que el corazón puede sostener.

Los datos también sugieren que algunas características inusuales del corazón de la ballena podrían ayudarla a funcionar en estos extremos. Cuando el ejemplar se zambulló, su frecuencia cardíaca disminuyó, alcanzando un mínimo promedio de aproximadamente cuatro a ocho latidos por minuto, con un mínimo de dos latidos por minuto. En el fondo de una inmersión de búsqueda de alimento, donde la ballena se lanzó y consumió presas, la frecuencia cardíaca aumentó aproximadamente 2,5 veces el mínimo, luego disminuyó lentamente nuevamente. Una vez que la ballena se llenó y comenzó a emerger, la frecuencia cardíaca aumentó. La frecuencia cardíaca más alta, de 25 a 37 latidos por minuto, se produjo en la superficie, donde la ballena respiraba y restauraba sus niveles de oxígeno.

Un corazón elástico

Estos datos fueron intrigantes porque la frecuencia cardíaca más alta de la ballena casi superó las predicciones, mientras que la frecuencia cardíaca más baja fue aproximadamente del 30 al 50% más baja de lo previsto. Los investigadores creen que la frecuencia cardíaca sorprendentemente baja puede explicarse por un arco aórtico elástico, la parte del corazón que lleva la sangre al cuerpo. En la ballena azul, se contrae lentamente para mantener un flujo sanguíneo adicional entre latidos. Mientras tanto, las tasas impresionantemente altas pueden depender de sutilezas en el movimiento y la forma del corazón que evitan que las ondas de presión de cada latido interrumpan el flujo sanguíneo.

«Los animales que operan en extremos fisiológicos pueden ayudarnos a comprender los límites biológicos del tamaño», indica Goldbogen. «También pueden ser particularmente susceptibles a los cambios en su entorno, que podrían afectar su suministro de alimentos. Por lo tanto, estos estudios pueden tener implicaciones importantes para la conservación y el manejo de especies en peligro de extinción como las ballenas azules», añade.

Ahora, los investigadores están trabajando para agregar más capacidades a la etiqueta, incluido un acelerómetro, que podría ayudarlos a comprender mejor cómo las diferentes actividades afectan la frecuencia cardíaca. También quieren probar su etiqueta en otros miembros del grupo de ballenas rorcuales, como las ballenas de aleta, las ballenas jorobadas y las ballenas minke.

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