Los olvidados 2017

Resultado de imagen para niños marginados en españa

Según una crónica que publicó ayer Miguel Ángel Malavia en este diario, respaldada por cifras del registro del MENA, hay más de tres mil niños extranjeros vagando solos por España. No sé si habrá más o menos que en Italia, en Francia, en Alemania o en Bélgica; la cosa no va de echar carreras aunque lo parezca. Hace menos de un año saltó la noticia de que diez mil niños refugiados -diez mil, un uno seguido de cuatro ceros- habían desaparecido en Europa. Se habían esfumado de la noche a la mañana. La Europol alertó sobre el dato mientras las autoridades europeas se lavaban respetuosamente las manos. Algunos cuñados cum laude, de ésos que acaban de portavoz en un partido político, atribuyen este tipo de catástrofes a la irresponsabilidad de los padres y a la falta de planificación familiar en los países de origen, un razonamiento de una lógica apabullante, como si la culpa de que ellos sean así fuese de sus abuelos.

Entre las mafias de mendicidad, las redes de prostitución, los talleres clandestinos y los traficantes de órganos, no cuesta mucho imaginar cuál es el destino de estos críos. De cualquier modo, la crónica de Malavia tampoco deja lugar a la imaginación cuando relata lo que le hizo uno de sus captores a una muchacha rumana de quince años después de que intentara huir con ayuda de un taxista: la azotó con un cable, la aseteó con la punta de un cuchillo, le aplastó la cara a puñetazos, la golpeó con una barra de hierro, le tatuó un código de barras en la muñeca, la rapó al cero y luego la mostró al resto de las prisioneras para que no se les ocurriera repetir la fuga. Multiplicar este tormento por tres mil y pico da una idea aproximada del infierno que hemos decidido no mirar y que creemos poder contener con muros y vallas.

Resulta asombroso lo fácil y lo barato que cuesta hacer el mal a un niño y lo difícil que es ayudarlo. Muchos de pequeños que pululan sin rumbo por las calles serán huérfanos y habría millares y millares de familias dispuestos a adoptarlos. Sin embargo, cualquiera que haya iniciado el interminable papeleo de una adopción sabe que se trata de una tarea casi sobrehumana: para llevarla a cabo hace falta una paciencia geológica y una tranquilidad a prueba de chorradas burocráticas. Como si un comité pudiera evaluar la capacidad de un individuo para ser un buen padre, el mismo comité que entregó a la niña Asunta a una pareja de psicópatas.

En Los olvidados, una película extraordinaria que tiene ya más de medio siglo, Buñuel contó con varias décadas de adelanto la historia de esos desheredados que forman el plancton último de nuestras ciudades: una epopeya de la marginación y la miseria que muestra el espléndido grado de indiferencia ante la vida humana que hemos alcanzado. Gandhi dijo que una civilización puede juzgarse según el modo en que trata a sus animales; le faltó añadir que la casta de los intocables no era exclusiva de la India. Tal vez lo peor de todo sea el argumentario atroz que justifica el abandono de esas criaturas en tanto no sean responsabilidad nuestra: es un torpedo en la línea de flotación de los derechos humanos puesto que tales justificaciones vienen a sugerir que, en efecto, esos niños abandonados ni siquiera pertenecen a nuestra misma especie. Son extranjeros, son pobres, son mendigos, son nadie.

DAVID TORRES

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