Surf

‘Años salvajes’, de Finnegan es una crónica limpia y detallada de la vida de un reportero que recorre el mundo buscando la ola perfecta

El puertorriqueño Héctor Santamaría durante la edición número 30 del Corona Pro Surf Circuit.
El puertorriqueño Héctor Santamaría durante la edición número 30 del Corona Pro Surf Circuit. THAIS LLORCA EFE

 

Entre mis vocaciones frustradas están la de músico y la de surfista. Pongo bastante esfuerzo para sumar una más, la de periodista. Pero con el surf conseguiría una forma de hacer que el mar fuese algo más que el paisaje de mi infancia y se convirtiese en un elemento de comunión. La guía del surf de California incluía este pie de foto sobre una imagen de decenas de novatos peleándose por coger una ola que no llegaba al palmo de altura: “El surf es un deporte individual en el que un hombre solitario tiene que hacer frente, sin más ayuda que sus conocimientos adquiridos, a las fuerzas salvajes del poderoso océano”.

En el libro El nuevo nuevo periodismo, Robert S. Boynton dedica muchas líneas a William Finnegan. Me gusta cómo empieza el capítulo dedicado a él; dice que en sus reportajes hay un punto de inflexión “cuando el autor comprende que sus suposiciones iniciales se han desvirtuado y ya nada es lo que parece”. Hay pocas maneras más humildes de entender el periodismo que la de convertirse, a mitad del reportaje, en un hombre de ideas derrumbadas, no digo ya prejuicios.

Libros del Asteroide publica Años salvajes, de Finnegan, que traduce Eduardo Jordá. Es una crónica limpia y detallada de la vida de un reportero que recorre el mundo buscando la ola perfecta, que como se sabe es un objetivo que cura el tiempo. En este caso, 600 páginas. Años salvajes tumba vocaciones y ambiciones relacionadas con el surf. Lo enseña todo de un modo abrupto, a la manera de aquel niño de Family guy que descubre a sus padres haciendo el amor: “No sé que están haciendo, pero papá va ganando”.

En uno de sus viajes a Finnegan le llaman “chulito de playa” por desentenderse de todo salvo de esa ola buscada. La chica que se lo reprocha dice: “Si hubiese un terremoto no os preocuparíais ni de vuestra casa ni de vuestro coche, tan solo diríais: ‘Uau, otra experiencia nueva”. Ese tipo de obsesiones siempre me han admirado.

La crónica de Finnegan incluye una definición canónica del amor a propósito de su mujer: “Bailábamos el mismo baile, nadie más sabía las cosas que nosotros sabíamos ni que compartíamos el mismo lenguaje secreto que nos habíamos inventado”. El punto de inflexión ocurre cuando es el lector el que ve sus suposiciones destruidas. Ese baile y ese lenguaje se producen con el mar, y el surf no es más que un diálogo consigo mismo que puede acabar en la muerte. Por eso uno se va a la ola con el mismo ímpetu que a otro ser humano: tenía dudas, no tenía miedo y no quería que acabase nunca.

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