Quemarse a lo bonzo

A la poesía de Federico García Lorca, a los textos de Poeta en Nueva York, se accede exactamente por una ventana de desconcierto. Nada está al alcance de lo que se conoce. Nada suena igual a como suenan las cosas del mundo. Hay algo por estrenar y sólo se descubre cuando aquí se dice. Lo entendió bien Enrique Morenteporque se acercó a los versos de Lorca desde el asombro o el desamparo, desde lo inédito o su sospecha. Llevaba años dando vueltas al Pequeño vals vienés, tarareándolo sin rumbo. Escuchando a Leonard Cohen. Buscándose en otra forma de hacer del flamenco un país más grande. Y con él los Lagartija Nick orbitando por los bares de Granada a los que iba el cantaor algunas de esas noches en las que le gustaba quedar con gente sin cita previa.

Durante unos meses de 1996 unos y otros se juntaron en Granada para armar un disco y fue Omega. No rompía el flamenco, lo incendiaba. No traicionaba lo puro, lo expandía. No necesitaba reglas, las inventó. Hace todos esos años que Enrique Morente propuso hacer de lo imposible algo extraordinario. Del frío, una temporada en el infierno. Omega es un trabajo de instinto y de rigor. No sé si a partes iguales. Tiene la belleza y el mandato de la libertad. El flamenco es más verdad con este artefacto. Incluso más puro. Su fuerza reside, tantas veces, en no poder ser pensado. Hay que vivirlo. Está construido con un tiralíneas lunático y tiene tanto sabor a rancio, a auténtico, que tunela a quien lo escucha fijando en cada uno un extraño presentimiento.

Hace 20 años era yo un muchacho de entusiasmos desorbitados y la noche del Teatro Albéniz de Madrid (el estreno aquí de Omega es para tantos de nosotros la noche del Albéniz, sin más) escuché en los altos del gallinero algo que no supe concretar. ¿Cuál era la probabilidad de existencia de la realidad después de aquel alud de sonidos? Omega sigue latiendo con pulso de enigma. Sigue siendo la música de un quemarse a lo bonzo. Aún no sé qué es, aún no he logrado comprenderlo. Ahí está su potencia. La fuerza de su delirio.

Omega es un disco abstracto que se concreta de un modo muy raro: con las palmas desde su fondo de sombra, con la voz primitiva que viene de donde nunca se regresa, con la delicadeza dramática de las guitarras, de la percusión, de tanto pulso derviche. De la primera vez que lo escuché recuerdo también la bronca que se armó en el Albéniz. El desalojo de los cabales y el baile a lo Vicente Escudero deun hare krishna pasado de campanillas que andaba por allí dando saltitos y palmas, como convocado esa misma noche para abandonar el cuerpo y convertirse en el mástil de la guitarra de Antonio Arias. Tanto bailó ese hombre que se dio un hostión místico por culpa de una sandalia y hubo que hacerle aire con el faldón de la túnica naranja mientras dispensaba una sonrisa de reencarnado. Eso lo vi yo. Qué raro fue todo.

Omega no fue la meta de Enrique Morente, pero sí su récord de valentía. No es un disco extraño, sino un trabajo en llamas. Una geometría apasionada. Un amor a Lorca sin pedir permiso, como hacen los amantes buenos. Perennidad y velocidad del flamenco.

ANTONIO LUCAS

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