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Si tanto nos gusta que nos den la razón es precisamente porque no la tenemos de antemano

Representación en tres dimensiones del icono de Facebook.
Representación en tres dimensiones del icono de Facebook. DADO RUVIC REUTERS

 

Hay razonamientos de extrema belleza. Nos admira en ellos el rigor en su construcción, cómo encadenan sus piezas lógicas, cómo nos llevan con toda naturalidad de una causa a una consecuencia. Incluso hablamos de “elegancia” en la lógica científica para describir aquello que es robusto, sólido, en su capacidad explicativa, pero a la vez simple en su arquitectura.

En la ciencia gana quien explica más con menos, y a eso le llamamos “parsimonia”, que es “la calma o tranquilidad ceremoniosa con la que se hace algo”. Un monje, franciscano, no podía ser de otra manera, utilizó ese principio para “afeitar” las barbas de Platón de todos los elementos superfluos de sus teorías. Desde entonces, si te pones escolástico, es decir, innecesariamente espeso, se te pasa la “navaja de Ockham” y se te despoja de todo adorno innecesario.

Pero una cosa es la ciencia y otra las opiniones. Al contrario que la ciencia, estas ni necesitan ser elegantes ni se rigen por los mismos criterios. Mientras que una ley científica aspira a unificarnos a todos detrás de una única doctrina contrastada, una opinión solo aspira a reflejar nuestra diversidad de pareceres sobre una cuestión. Si algo es controvertido es precisamente porque no tiene una explicación única. Y si tanto nos gusta que nos den la razón es precisamente porque no la tenemos de antemano.

A las opiniones nos aproximamos desde nuestras experiencias vitales, entornos sociales y bagajes educativos y culturales. Que en el mundo hubiera tantas opiniones como personas (seguramente es el caso, pero desconozco si alguien lo ha medido) no sería anómalo ni inconveniente, solo un dato más de la realidad. Sin embargo, el signo de los tiempos es el de clasificar compulsivamente las opiniones, dividirlas entre las que gustan y las que no y, una vez separadas las caritas sonrientes de las caras enfadadas, apilar todas aquellas que nos gustan para que sean bien visibles y expulsar de nuestro muro de Facebook o cuenta de Twitter a las que no nos gustan para que no nos deshonren ante los demás. ¿A cuánta gente sigues que no te gusta? ¿Crees que solo siguiendo a quien te gusta sabes en qué mundo vives? 

JOSÉ IGNACIO TORREBLANCA

http://elpais.com/

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