Los rescoldos del odio

Los linchadores de Alsasua ya no tienen estructura criminal en la que alistarse

Homenaje a Ramón Díaz, asesinado por ETA
Homenaje a Ramón Díaz, asesinado por ETA JAVIER HERNÁNDEZ

 

Cinco años después de que la banda terrorista ETA reconociera oficialmente su derrota —policial, judicial, política, ciudadana— al anunciar que no volvería a asesinar, una manada ha linchado a dos guardias civiles y a sus parejas en Alsasua (Navarra) en una agresión aislada que es un rescoldo de los odios aventados durante años.

Todo empezó hace más de diez lustros, cuando un joven puesto de anfetaminas le pegó un tiro a un guardia civil de tráfico que inspeccionaba su coche. Aquella muerte inaugural dio lugar a una espiral en la que cada asesinato justificaba al anterior y preparaba el siguiente. Se decía mucho aquello de salto cualitativo, después de los atentados que hacían saltar el ancho umbral de aceptación ante la muerte ajena que durante tantos años ha presidido la vida en Euskadi. Ya no era solo el franquista Carrero, era la mujer de un joven policía por el hecho de serlo. Cada vasco ha tenido su particular caída del caballo y así unos se bajaban del apoyo a los asesinos cuando un chaval perdía una pierna tras pegar una patada a una bolsa de basura en la que ETA había colocado una bomba; otros, cuando el tiro se lo llevaba una exdirigente etarra, Yoyes; y casi todos después del secuestro, tortura y asesinato de Miguel Ángel Blanco.

De ser admirada y jaleada durante la dictadura y primeros años de la democracia por su patrimonio antifranquista, ETA ventiló, a base de crímenes, ese capital hasta lograr tener en su contra a buena parte de la sociedad vasca, en la que hasta los noventa se decía “algo habrá hecho”, cada vez que le volaban la cabeza a una víctima. De aquel encogimiento de hombros, de aquel idiota moral abundante, evolucionamos a las manifestaciones masivas cuando asesinaron a Miguel Ángel Blanco, alguien que era como el novio de tu hija, o tu vecino. Nunca tanta identificación con la víctima por parte de tanta gente. Aquel crimen confirmó que ETA había perdido la sintonía con los vascos, que puestos de rodillas le ofrecían en Ermua su nuca en un ejercicio de pérdida de miedo que no tenía precedente.

Hay que recordar que aquí ha habido un plan sistemático de exterminio del construido como enemigo: los españoles, España y todos los que la representasen

Antes, había sido el arreón criminal del 92, 15 asesinados en 45 días, cuando ETA pensó que los Juegos Olímpicos de Barcelona, la Expo de Sevilla y la capital cultural de Madrid eran el escaparate ideal para que el terrorismo, propaganda por el hecho, alcanzara el cénit y lograra la derrota del Estado. No fue así: el golpe policial a la cúpula de la banda del 29 de marzo del mismo año en Bidart certificó que ETA no ganaría y anunció que sería derrotada.

Hay que recordar que aquí ha existido un plan sistemático de exterminio del construido como enemigo: los españoles, España, todos los que la representasen, como saben los linchadores de Alsasua. Un plan que a base de asesinatos, de odio, de miedo, de aquel horror —teórico y práctico— de la socialización del sufrimiento ha buscado de manera concienzuda, sostenida en el tiempo, aniquilar al enemigo, sustituir al Estado por un régimen dictatorial. Ese era el objetivo. No conseguirlo ha sido su fracaso y su derrota. Una derrota de los terroristas a manos de la democracia española, del puñado de ciudadanos que en condiciones inclementes se enfrentó al terrorismo cuando las víctimas no estaban de moda.

Al asumir su derrota explícita —ni uno solo de sus objetivos conseguidos, no ya de la arqueológica alternativa Kas, tampoco con la salida de los presos o el establecimiento de la agenda para la entrega de las armas— la banda y sus menguantes jaleadores pretenden ahora establecer que todos somos víctimas, que ha sido empate y argucias semejantes que no se compadecen con el espíritu totalitario que alienta el linchamiento de Alsasua por parte de un grupo de violentos que, afortunadamente, ya no tienen estructura criminal en la que alistarse. Un hecho aislado, que nos recuerda de forma hiriente las liturgias de un pasado que no volverá.

ETA ha perdido y el balance es demoledor: 850 asesinados, miles de heridos, secuestrados, muerte y tristeza; centenares de años de cárcel para nada, como reconocen algunos de los exmiembros de la banda. ETA no dejó de asesinar porque le diera un ataque de ética, sino porque fue derrotada. Ganada la batalla contra el terrorismo, se trata de ganar ahora la pugna del relato, para que no parezca que era lo mismo asesinar que ser asesinado, para que no haya más explosiones de odio como la de Alsasua.

José María Calleja

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