Espacio libre de tocino

La OMS se atreve contra Coca-Cola y PepsiCo, en una batalla campal que sucede a la del tabaco y predice la de los tubos de escape.

Un camión de reparto de Coca-Cola en México D. F.
Un camión de reparto de Coca-Cola en México D. F. SUSANA GONZALEZ/BLOOMBERG 

 

Hace muchos años que los fumadores estamos mal vistos, muchos años que somos anacrónicos, que mermamos las arcas sanitarias. Ahora nos toca a los gordos (sí, el firmante pertenece también a esa categoría), a los que no dejamos de masticar ni debajo del agua, a quienes nos sentimos agredidos cuando el vecino no le chupa a la gamba la cabeza, o si al jamón le quita la corteza. Lee enMateria la última ofensiva de la Organización Mundial de la Salud (OMS) contra las bebidas azucaradas que nos hacen morir de manera prematura, y el ingenio social con que Coca-Cola y PepsiCo pretenden contrarrestarlo. Hazme caso, son dos buenas lecturas.

El miércoles supimos que la OMS recomendaba un impuesto del 20% a los refrescos azucarados. Eso es una pasta, pero la OMS sabe de lo que habla. De todas las campañas mundiales contra el tabaco que se han hecho en las últimas décadas —culminadas en meses recientes por las fotos gore que decoran los paquetes de cigarrillos—, la única que se ha mostrado en verdad eficaz es subir los precios. Y eso se hace muy fácil y rápido aumentando los impuestos. Las autoridades mundiales de la salud están intentando repetir la jugada con los refrescos, y tienen poderosos argumentos para ello. Coca-Cola y PepsiCo, como es natural, están moviendo Roma con Santiago para contrarrestar esa tendencia médica. Ello incluye el pago a 96 organizaciones que son influyentes en la promoción de hábitos saludables (y ahora se pregunta uno: ¿deberían seguir siéndolo?). Ese dinero quiere mejorar la imagen de los bebedizos y minar la confianza en instituciones como la OMS, que pretenden aguarles el negocio.

Uno de los cardiólogos más prestigiosos del mundo, Valentín Fuster, presidió durante unos años (desde 2006) la Asociación Mundial de Cardiología. Fuster mantiene el tipo como un espadín, pero también le gusta, quizá una vez al mes, degustar un filet mignon en un buen restaurante de Nueva York. “¿Qué tal os va?”, le preguntó una vez al metre por cortesía. “Nos iría mejor si no fuera por esos desgraciados de la Asociación Mundial de Cardiología”, respondió el irritado hostelero. No sabía que Fuster era, en efecto, el mayor azote de las hamburguesas y los chuletones de la época.

Sabía que el sobrepeso y la obesidad son la puerta a todos los jinetes del apocalipsis: diabetes, enfermedad metabólica, infarto, cáncer, ictus y quién sabe qué más. Si la historia del tabaco se repite, nos podemos preparar para comer acelgas en los años y décadas venideras. Y lo peor es que haremos bien.

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