Miénteme más

 

 

Miénteme más

Para un país como el nuestro, en el que, parafraseando a Usigli, los maestros no enseñan, los estudiantes no estudian, los trabajadores no trabajan y todos somos una bola de gesticuladores, es muy fácil entender que la mentira es un modusvivendi implícito en el oficio político. Se supone que en la cultura anglosajona, cuáquera y religiosa de Estados Unidos, donde en cada acto oficial se levanta la mano derecha y se protesta decir verdad, toda la verdad y nada más que la verdad, debiera asombrarnos el cinismo de los mentirosos norteamericanos.

Este fin de semana, el celebérrimo Donald Trump tuvo que declarar tajantemente —para acabar con toda polémica, según dijo— que el presidente Barack Obama sí había nacido en territorio de Estados Unidos y punto, fin de la historia. Esa afirmación contradice a la prolongada campaña basada en que la madre deObama lo parió en algún lugar de Kenya mientras andaba de visita por ahí. Trumpha incurrido en otras mentiras igualmente serias: que Obama es el fundador y patrocinador, junto con Hillary Clinton, del Estado Islámico o el discurso antiinmigrante que ha exasperado a la mayoría de los mexicanos bien nacidos.

Al parecer, la mentira tiene tradición en Estados Unidos, sin que logre superar a la mexicana. ¿Ya se nos olvidó que Richard Nixon negó todo hasta que no pudo más que reconocer a los plomeros de Watergate? ¿Cuánto tiempo Bill Clinton estuvo negando haber tenido relaciones sexuales con la señorita Lewinsky? La guerra de Irak se sustentó en la mentira, oficialmente emitida por el gobierno norteamericano, de que Saddam Hussein poseía armas nucleares.

La candidata demócrata a la Presidencia norteamericana tampoco es una blanca paloma. Violó política y procedimientos en cuanto al manejo de información confidencial a través de las redes sociales y persistentemente lo negó. Ella y su equipo ocultaron, hasta que fue inevitable, los males físicos que le aquejan. Todo se vale en aras del poder.

Parece inevitable para el oficio político acudir a cierto tipo de mentiras o al ocultamiento de la verdad, que viene siendo lo mismo. Todo el caso del asesinato de Luis Donaldo Colosio y la investigación que le siguió constituye una sarta de mentiras que incluyó la actuación de una vidente y el hallazgo de un cráneo desaparecidito. Sólo así se explica el cinismo de quien hereda bienes millonarios —sin decírselo— a su querido amigo el gobernador de Veracruz. Si no, no hay manera de explicar tantas fortunas millonarias, cuentas en bancos extranjeros, compra de propiedades en Estados Unidos y vidas de potentados en Europa sin sustento material que los explique.

Diríase que la mentira está en la naturaleza del ser humano. En el libro del Génesis, cuando Dios le pregunta a Caín dónde está su hermano que acaba de asesinar, la respuesta es: ¿acaso soy su guardián? Eso es falso. Pero, sobre todo, es imperativo que consideremos la mentira, que es la semilla de uno de los males sociales más importantes de nuestra sociedad, como un fenómeno cultural, inevitable, hereditario, histórico, como alguna vez quiso hacer el señor presidente Peña para explicar la corrupción en México.

Estaba evocando a otro presidente, Adolfo López Mateos, cuando dijo que cada mexicano tiene metida una mano en el bolsillo de otro mexicano. Si así vamos a seguir, merecemos a Donald Trump o Hillary Clinton, dos mentirosos, como presidentes vecinos y poderosos, sin queja alguna.

FÉLIX CORTÉS CAMARILLO

http://www.excelsior.com.mx/opinion

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