La sociedad de estiércol

La sociedad de estiércol

¿Cómo se llega a una situación donde el drama humano, la injusticia, la pérdida de la libertad acaba siendo un atrezzo cotidiano? Todo gesto vital, dice Ortega, o es un gesto de dominio, o un gesto de servidumbre. Tertium non datur. Conceptuar es el gesto. Por este motivo, habría que plantearse qué decimos cuando hablamos de mercados, productividad, economía, globalidad o tecnología. Mussolini recurrió al escritor Gentile para que vertebrara conceptualmente el régimen fascista y lo hizo descartando el principio fundamental de todo idealismo, a saber, que existe un antagonismo y una tensión entre la verdad y el hecho, es decir entre la realidad y la adjetivación de esa realidad, la verdad apropiada con su nominación.

Ello recuerda la escena de Cien años de soledad, de Gabriel García Márquez, donde el narrador habla de un paisaje tan nuevo que las cosas no tenían nombre y había que señalarlas con el dedo: nombrar para apropiarse. El Dios del Sinaí, el que le entrega a Moisés las Tablas de la Ley, es quien no tiene nombre, nadie puede apropiárselo y en la mayoría de las religiones el nombre de los dioses es secreto.

Desconociendo esa verdad que nos anuncia la película de Vincent Ward, “Más allá de los sueños”, cuando un personaje afirma: “El pensamiento es la realidad. Lo físico es la ficción”, en este tiempo resignado y amargo donde la pobreza material se difunde junto a la pobreza de las ideas para beneficio de mercaderes y usureros, el complejo pragmático de la izquierda a favor de una realidad sin razón ha dejado sin instrumentos de defensa a las mayorías sociales más castigadas por la irracionalidad de una injusticia presentada como inconcusa.

Warren Venís afirmaba que las personas necesitan un propósito que tenga significado, que no es ni más ni menos que aquélla inevitable obligación del ser humano expresada por Ortega en “El origen deportivo del Estado” de que vivir es, de cierto, tratar con el mundo, dirigirse a él, actuar en él, ocuparse de él. No podemos vivir sin que las cosas tengan un sentido, sin una ideología para luchar y una utopía para tener esperanza.

Roídos los huesos de los principios y los ideales ya no hay respuestas porque tampoco existen preguntas, todo se sustancia en el vacío y la codicia. La historia ha terminado, no tiene sentido, proclaman los apologistas del neoliberalismo económico, la filosofía ya ha dicho todo lo que tenía que decir y se encuentra en una angostura ante la ambigüedad del lenguaje. La razón no puede enfrentarse a la realidad, el capitalismo es el sistema económico definitivo y el liberalismo la única forma política. Ha llegado el fin de las narraciones que explicaban el mundo, pues, como afirma Fukuyama, la historia no existe. “Para qué queremos narraciones si la gestión nos basta”, dice Lyotard, el profeta de la nueva era. Se acabaron los antagonismos entre clases sociales, entre el Norte y el Sur, entre países ricos y países pobres, nadie es responsable de las desigualdades y la miseria sino aquellos que las sufren. Si la historia no existe sólo queda naturaleza, pero la naturaleza, como afirma Adorno, es estiércol.

Juan Antonio Molina

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