De lo intolerable

El del “amor eterno” es sólo una coartada. Ahora fue él, mañana será otro. Cuando su alma descanse en paz, llegarán a sustituirlo.

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No voy a escribir, hoy y aquí, de la opinión que me merece el recientemente fallecido cantante y compositor Juan Gabriel. De pendejo lo haría. Sería una imprudencia garrafal. Me podría ir como en feria, y no sería el primero. Prefiero escribir de los que sí la han hecho pública, en un sentido u otro. Más que preferir, se ha vuelto indispensable. Se trata de un fenómeno que no puede ser eludido ni desdeñado.

En el plano público tal atrevimiento ya ha cobrado al menos dos víctimas señaladas. Nicolás Alvarado se creyó obligado a presentar su renuncia como director de TV UNAM, a consecuencia del linchamiento mediático al que fue sometido después de expresar públicamente su opinión sobre el artista. Al director de Cultura del Ayuntamiento de Mérida, Irving Berlín Villafaña, le fue peor. Fue directa y fulminantemente cesado, y ni siquiera por manifestar su parecer, sino simplemente por confesar que le daba harta flojera hacerlo.

Y en el dominio privado el número de damnificados debe ser de muchos miles de desaprensivos que osaron formular valoraciones no acordes con el multitudinario coro de alabanzas y lamentaciones que la desaparición del juarense generó. Me temo que dieron lugar a no pocas discusiones violentas, en la casa o en la chamba, y que finalmente se vieron obligados a callar con tal de evitar consecuencias mayores y que la sangre llegara al río.

El esquema de este escenario —nunca mejor dicho— es bastante sencillo: hay quienes gustan de Juan Gabriel y lo admiran. Y hay a los que no. Normalmente las cosas deberían haber quedado ahí. Y cuando digo “normalmente” debí decir “idealmente”, pues lo normal parece ser la abyecta inclinación de los muchos por la humillación y el linchamiento de los pocos. Aunque, aquí entre nos, no sé qué tantos son los “muchos” y qué tantos los “pocos”. Más bien sucede que los primeros son estridentes y los segundos discretos (ahora más que nunca, obvio).

La reacción muchedúmbrica de duelo es perfectamente explicable y predecible, lo que no quiere decir que sea ni admisible ni encomiable. En su Psicología de las masas, Sigmund Freud la explica de modo incontrovertible. Wilhelm Reich va más lejos al aplicarla a la dinámica del fascismo. A la gente, a casi toda la gente, nos gusta “formar parte”, “alinearnos”, sentir la seguridad y la tranquilidad de hacer lo que hacen los otros, “lo que se hace”, manera simple de considerarse “bueno y correcto”.

Esa es la explicación del curioso fenómeno de la moda, de las modas, que discutí ampliamente cuando inicié, hace diez años, junto con el nuevo Excélsior, esta columna y a la que debe su nombre. Y es también la explicación de conductas mucho más graves o afrentosas como los linchamientos —propios o simbólicos— o, en el límite, precisamente como la pesadilla nazi y fascista. El afán de “pertenecer” y el hacer de la razón de muchos mi razón, genera monstruos, como sentenció el genio aragonés.

Usted, meticuloso lector, conoce probablemente la fábula de los micos y los plátanos —y si se le ha escapado no le costará mucho encontrarla en internet— que ilustra cómo la conducta del colectivo se regula mediante el condicionamiento de lo socialmente correcto, aunque tal correctitud sea del todo inefable e inexplicable.

En cualquier caso, tal constreñimiento es una muestra indiscutible de la faceta más deplorable de la condición humana. Signo definitivo de estupidez y cobardía. Es una especie de maldición bíblica: Al “ganarás el pan con el sudor de tu frente” deberíamos añadir “y serás un miserable por los siglos de los siglos”.

Dejemos bien establecido que la “culpa” de tal mezquinería no es, en el caso que nos ocupa, del buen Juan Gabriel. Él qué. La responsabilidad íntegra recae sobre esa masa amorfa e irreflexiva que se deja pastorear por los medios, sedientos de audiencia y de morlacos.

El del “amor eterno” es sólo un pretexto, una coartada. Ahora fue él, pero mañana será otro. Cuando su alma y sus cenizas descansen en paz, “tarde o temprano” llegarán a sustituirlo. La cosa es que tengamos siempre a quién adorar y a quién detestar. Y, sobre todo, que lo hagamos en bola. La ignominia precisa de cuidados y de renovación permanente. Sin hojas secas no las hay verdes.

Presencias rápidamente olvidadas brindarán la excusa más acabada. Vendrán incluso cambios anunciando nuevos órdenes éticos sustituyendo toda aversión, y ya ocurrirán seguramente otros lamentables incidentes tejiendo odios.

Lo ocurrido a Nicolás Alvarado y a I. B. Villafaña es inadmisible y debería ser un perentorio toque de atención para todo el mundo, responsables e indiferentes incluidos. El primero da un paso al costado por dignidad y amor propio, pero nunca debió ser necesario. El segundo ni la posibilidad de ese último gesto tuvo. Realmente siento una hiriente vergüenza de pertenecer a este mundo.

Ya no sé si hay otro posible. Alguna vez creí saberlo. De lo que sí estoy seguro es de que la libertad no vive en éste.

MARCELINO PERELLO

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