Viaje al Pacífico mexicano

Minutos de oro: en cada viaje hay un instante grabado a fuego en nuestra retina

JAVIER DE JUAN

 

La carretera federal 200 corre a lo largo de Sierra Madre del Sur, siempre bordeando el Océano Pacífico. La recorrí hace un tiempo por motivos de trabajo. Tras una etapa de un par de días en Acapulco pernocté en Pinotepa Nacional y al día siguiente continué viaje en dirección a Puerto Escondido. Muchos kilómetros y mucha humedad por un tramo despoblado que circula por el interior. Al atardecertenía la obsesión de darme un baño en una playa virgen. Me metí por el primer camino que entreví en dirección al mar. La trocha se iba desdibujando. Lo sensato habría sido dar la vuelta. No lo hice. Al cabo de una hora estaba perdido, rodeado de pantanos de aguas verdes y palmeras despeinadas. El coche no podía seguir. Me bajé. Se oía el mar.

Caminé siguiendo el rumor de las olas. Entre lo verde del follaje apareció el océano. En la orilla un chamizo sin paredes y una mujer morena sentada junto a una caja de cervezas. Nos miramos en silencio. Sonreí mirando a la caja. Ella levantó cinco dedos. Saqué cinco pesos. Ella dijo: “Dólares”. Eso es el precio de cinco cervezas, pero me lo podía permitir. Sé hacer de turista resignado cuando es necesario y quiero algo. Soy así.

-Él también quiere una, ¿le convida señor?

Me di la vuelta y se me pusieron los pelos de punta. Un cocodrilo enorme salía perezoso del agua justo delante de nosotros.

-Se la puede dar usted mismo, viene a tomar todas las tardes.

Fascinado dije que sí. Me cobró otros cinco dólares. Me acerqué a la orilla y con suma prudencia vertí torpemente la cerveza sobre el morro de la bestia. Casi todo se derramó sobre la arena. El cocodrilo y la negra me miraron con la expresión universal de “¿serás gilipollas?”.

En ese momento aprendí algo nuevo. Los cocodrilos tienen patas largas y corren mucho.

-Cómprele otra señor, déle más.

Tengo grabada la escena en mi disco duro. Un saurio de 500 kilos persiguiéndomemientras le iba dando cervezas una por una. Una jarocha bien plantada cobrándomelas a cinco dólares y yo en pánico reculando hacia la selva.

Cuando se acabó la cerveza desaparecieron todos. El cocodrilo, la negra y mis 60 dólares. Y ya no me apetecía bañarme.

http://www.elmundo.es/cultura

Deja un comentario