Usted está aquí

Usted está aquí

Es agotador ser uno mismo constantemente. Y, de hecho, buena parte de la existencia la empleamos en fabular con la posibilidad de ser, aunque sea un instante, otro, alguien diferente. Un libro, una película, una obra de teatro, un concierto, un proyecto político (sí, esto también) o, ya que estamos, un acontecimiento como los Juegos Olímpicos, nos facilita la posibilidad de vivir otra vida; otra existencia probablemente heroica desde la que suspender el principio gris de identidad o, si se prefiere, cotidianidad. Aunque sea un instante. El momento estrella del año de este empeño es, sin duda, el verano y más concretamente la parte que de él dedicamos al veraneo. Todo él no es más que un ritual de extrañamiento; una calculada liturgia de desconexión de nosotros mismos. Desde que empieza el día hasta que acaba nos lo pasamos ideando estrategias con las que ser alguien diferente del que habitualmente somos. Quizá mejor, tal vez más feliz.

La idea, convertida en necesidad, viene de antiguo. O no tanto. Fue el 7 de junio de 1936 cuando el gobierno francés del Frente Popular de Léon Blum estableció las primeras congés payés, vacaciones pagadas. De este modo se dio carta de validez con sitio en el BOE a la actividad programada y subvencionada de descansar. Pero sobre todo de descansar de, otra vez, nosotros mismos. Ya el régimen nazi (sí, también él) instauró una especie de agencia de viajes estatal a la que llamó Kraft durch Freude (literalmente ‘Fuerza por la alegría’) con la intención tanto de acabar con el sindicalismo no afín como de crear adictos. Y así elevó a la categoría de dogma la enajenación de sí mismo de todo un pueblo. Pero esto es otra historia. Lo que permanece es la necesidad reconocida por todos de huir del estrecho margen de uno mismo. Aunque sea una vez al año.

Por supuesto que los elementos vulgarmente ordinarios conspiran en contra. Y lo hacen con una sutileza que raya en lo perverso. Es como si nuestro yo interior intrigara contra nosotros mismos para no dejarnos ser nada más que lo que somos. Uno se reclina en la hamaca playera y justo en ese momento cae en la cuenta de que ha olvidado el periódico o el libro o, dado el caso, el gorro. Algo. Levantarse, aunque sea un segundo, significa, irremediablemente, perder la silla y, ya puestos, la oportunidad de soñarse otro para volver a ser el pringado de siempre. Sólo las familias muy previsoras, fíjense, llevan un asiento por miembro. A todas luces hay escasez de tumbonas. Nada es perfecto. Volvemos a ser lo que somos.

Pero no cejamos. La batalla veraniega es dura. Nos levantamos tarde, hacemos deporte, disfrutamos de la familia, leemos lo que dejamos sin leer, comemos de todo independientemente de su colesterol asociado, visitamos museos dedicados a la artesanía local (no me miren así) y emprendemos caminatas por el monte con la lejana esperanza de perdernos. Es decir, rarezas en el común de los días. Y siemprecon el objetivo de fugarnos de nuestra condición de nosotros. Luego, con el pasar de los días, descubrimos que si no madrugas te quedas sin sitio en la playa. Eso y las agujetas, la pereza, la gastroenteritis… De la familia, ni hablamos. Todos síntomas dolorosos de nosotros. No hay manera. Por mucho que nos imaginemos extraviados en cualquier bosque que pretendemos virgen siempre llegamos al más doloroso de los carteles: el mapa que con un punto rojo deja claro que ‘Usted está aquí’. No hay manera de huir. Pese a todo, pese al veraneo.

LUIS MARTÍNEZ

http://www.elmundo.es/opinion

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