Una noche, hace 200 años…

Una noche, hace 200 años...

… los elementos se conjuraron para dar vida al monstruo emblemático de la modernidad: Frankestein.
IRENE HDEZ. VELASCO

 

Aquella inclemente noche del verano de hace dos siglos, cinco amigos ingleses tan brillantes como excéntricos se encontraban de vacaciones en Suiza. El primero en llegar hasta allí fue Lord Byron. El poeta tenía entonces 28 años, pero ya era una estrella, un fenómeno ante litteram. El 24 de abril de ese año mismo de 1816 había abandonado su Inglaterra natal para no regresar nunca más.

El año anterior su mujer, Annabella Milbanke, le había dado una hija, Ada Augusta, pero la esposa, harta del carácter del poeta y de sus escándalos sexuales (se decía que había tenido una hija de su hermanastra Augusta Leigh), había decidido separarse de él. Huyendo de la bancarrota y del repudio de la sociedad londinense, Byron hizo entonces las maletas y acompañado de su médico personal -el tímido John William Polidori, objeto frecuente de sus mofas-, de numerosa servidumbre, de toneladas de libros, muebles y animales domésticos, se plantó en Cologny, una recoleta localidad a orillas del lago Lemán y se instaló en Villa Diodati, un palacete porticado y rodeado de viñedos que había alquilado del 10 de junio al 1 de noviembre de 1816 y en el que John Milton ya se había alojado dos siglos antes.

Tampoco era lo que se dice un tipo muy convencional para la época Percy Shelley. El poeta, expulsado de Oxford, había sido desheredado por su padre al abandonar a su esposa e hijos tras enamorarse de una joven llamada Mary Wollstonecraft Goodwin, quien acabaría casándose con él y adoptando el nombre de Mary Shelley. La pareja -acompañada de Claire, la hermanastra de Mary- también escapó a Suiza. Allí, en la otra parte del lago Lemán respecto a la que estaba Byron, alquilaron una recoleta casita llamada Maison Chapuis.

Y entonces, la furia del rayo, la violencia de los volcanes y la fuerza de la naturaleza se aliaron para ayudar a alumbrar una de las criaturas más terroríficas jamás conocidas… Aunque la realidad es que todo empezó un año, en 1815. Y muy lejos, en la isla indonesia de Sumbawa. Allí, el volcán Tambora protagonizó durante diez días, del 5 al 15 de abril, una violenta erupción que lanzó a la atmósfera unos 100 kilómetros cúbicos de cenizas y alrededor de 400 millones de toneladas de gas, que se alzaron hacia los estratos más altos de la atmósfera en forma de una gigantesca columna de 44 kilómetros. Fue la erupción volcánica más potente registrada en 20.000 años, cuando concluyó la última era glacial. Y, por si fuera poco, había estado precedida de otras dos fuertes explosiones volcánicas -la que protagonizó en 1812 el Soufrière, en la isla caribeña de Saint Vicent , y la que dos años después tuvo lugar en el Mayón, un volcán filipino- que ya habían colmado la atmósfera del planeta de cenizas, gases y polvo.

A causa de esas tres erupciones, una espesa nube de residuos volcánicos cubría el planeta, provocando que la luz del sol llegase a la superficie terrestre con mucha menos fuerza de lo habitual. Ese fenómeno dio por ejemplo lugar a increíbles puestas de sol, con explosiones cromáticas de morados y de rosas que Turner tan bien supo plasmar en sus marinas. Pero también desencadenó una bajada global de las temperaturas, al extenderse esa nube de humo y gases por todo el planeta impulsada a modo de ventilador por los vientos. Y a eso se sumó además que desde 1550 y hasta 1850, el hemisferio norte de la Tierra padeció la llamada ‘Pequeña Edad de Hielo’, un periodo de frío inusual que también provocó un descenso de los termómetros. Por todo ello, 1816 fue un año de un frío muy, muy severo, hasta el punto de pasar a la historia como “el año sin verano”. En junio de ese año, por ejemplo, Quebec estaba cubierto de 30 centímetros de nieve, el día 6 de ese mismo mes nevó en Nueva York, en julio y en agosto los ríos y los lagos de Pensilvania se helaron. Y Europa, que todavía se estaba recuperando de las guerras napoleónicas, vio como esa climatología malograba buena parte de sus cosechas, provocando una grave escasez de alimentos, hambrunas y saqueos de almacenes de grano en Gran Bretaña y Francia.

El Viejo Continente se vio así repleto de un ejército de pobres y desheredados que, esqueléticos, vagaban a la deriva en busca de comida. Se calcula que aquella escasez de alimentos provocó directa o indirectamente unos 60.000 muertos, aunque hay quien los cifra en hasta un millón. Suiza no escapó a esas inclemencias climatológicas. Al revés: fue el país europeo que con más rigor padeció los rigores meteorológicos. Sus visitantes y veraneantes se vieron obligados a recluirse muchos días en sus alojamientos, al calor de las chimeneas en pleno estío, para protegerse de los intermitentes temporales de agua y nieve. Y la zona del lago Lemán no fue una excepción, aquel verano de hace 200 años también sufrió el azote de un frío extremo, de unas lluvias casi continuas y de unas nubes oscurísimas que durante días ocultaron totalmente el sol.

La propia Mary Shelley habla en la introducción a la primera edición de Frankenstein o el moderno Prometeo, publicado en 1818, de un “verano húmedo y desagradable” en el que “la lluvia incesante” impedía con frecuencia al grupo de amigos salir de casa y llevar a cabo las excursiones que se habían propuesto.

Y Byron también dejó constancia de aquellos días tenebrosos y gélidos que vivió en Suiza en el poema Darkness (Oscuridad), que comienza así: Tuve un sueño, que no fue un sueño. / El sol se había extinguido y las estrellas / vagaban a oscuras en el espacio eterno. / Sin luz y sin rumbo, la helada tierra /oscilaba ciega y negra en el cielo sin luna./ Llegó el alba y se fue. / Y llegó de nuevo, sin traer el día.

Como en otras ocasiones durante ese verano, Percy Shelley, Mary y Claire acudieron un día a Villa Diodati a visitar a Byron y a Polidori. Pero a causa precisamente del mal tiempo y de las tempestades que se abatían sobre la zona, se vieron obligados a permanecer tres días con sus tres noches allí, bloqueados. Enclaustrados dentro de la casa, inmersos en una atmósfera claustrofóbica, a la luz oscilante de las velas, irradiados por las llamas del fuego que ardía en la chimenea y el parpadeo de los rayos que caían sobre el lago, bajo los efectos de dosis generosas de láudano (un cóctel de vino blanco, azafrán, clavo, canela y opio), el grupo de cinco amigos mataba el tiempo leyendo la traducción al francés de Fantasmagoriana, una colección de ocho historias alemanas de fantasmas, espectros y espíritus que incluía piezas de títulos tan sugestivos como La cabeza del muerto, La hora fatal o La novia muerta. Y entonces, a Byron se le ocurrió una idea: que cada uno de los presentes redactara su propia historia de miedo.

“Cada uno de nosotros escribirá una historia de fantasmas”, dijo Lord Byron, y su propuesta fue aceptada”, cuenta la propia Mary Shelley en el prólogo de Frankenstein. La joven contaba entonces 18 años y estuvo varios dándole vueltas a la cabeza, tratando de dar con una buena historia qué escribir. Pero no se le ocurría nada especial. “Me urgí a mí misma a pensar una historia, una historia que pudiese rivalizar con las que nos habían arrastrado a aquella empresa. Una historia que hablase de los misteriosos temores de la naturaleza y que despertase el más intenso de los terrores, una historia que creara en el lector miedo a mirar a su alrededor, que helase la sangre y acelerase los latidos del corazón. Si no conseguía todas esas cosas mi historia de fantasmas demostraría ser indigna de ese nombre. Pensé y reflexioné, en vano”.

Hasta que una noche tuvo un sueño. Un sueño inspirado en las varias e intensas conversaciones que Shelley y Byron mantenían aquellos días sobre los experimentos con protozoos que llevaba a cabo Erasmus Darwin, abuelo paterno de Charles Darwin, en el campo del galvanismo, una teoría que exploraba la posibilidad de que las descargas eléctricas pudieran sanar enfermedades e incluso reanimar a un cuerpo muerto.

Mary se fue a la cama imbuida de aquellos debates que analizaban si era posible que hubiera vida después de la muerte. “Cuando apoyé la cabeza sobre la almohada no pude dormir, tampoco podría asegurar que estuviese pensando. Mi imaginación, sin yo requerirlo, me poseyó y me guió, dotando a las imágenes que surgían en mi mente de una intensidad que estaba más allá de las fronteras del sueño. Vi – con los ojos cerrados, pero a través de una aguda visión mental -, vi al pálido estudiante de artes diabólicas arrodillado al lado de aquella cosa que había conseguido juntar. Vi el horrendo fantasma de un hombre yacente, y entonces, bajo el poder de una enorme fuerza, aquello dio señales de vida y se agitó con un torpe, casi vital, movimiento. Era espantoso”.

Un equipo de astrónomos logró hace cinco años, a partir de los apuntes de su diario, establecer la fecha exacta en la que Mary Shelley tuvo ese sueño: el 16 de junio de 1816. Esa noche, hace 200 años, nació Frankenstein, el primer personaje literario de la ciencia ficción. El monstruo más famoso del mundo, más conocido para los niños americanos que el presidente de su país, según revelaba recientemente una encuesta. Un ser que plantea qué significa en realidad ser una persona, qué rayos convierte a una criatura en humana, los riesgos de jugar a ser Dios o los límites de la investigación científica, y que la mayoría de los críticos consideran como una expresión del terror ante la incipiente industrialización y mecanización del mundo. Sin embargo, el profesor Gillen D’Arcy Wood, experto en Romanticismo de la Universidad de Illinois, considera que en su famoso libro Mary Shelley podría reflexionar en realidad sobre el frío glacial que marcó aquella época, sobre la oscuridad y la falta de alimentos que el mundo sufrió ese fatídico año y sobre la imposibilidad de los hombres a escapar a su frágil y mortal destino.

Al fin y al cabo, ¿no es Frankenstein un refugiado que vaga, como lo hacían en 1816 todas esas masas de hambrientos harapientos y como lo hacen hoy otros miles de personas, que despierta terror a su paso y que se convierte en malvado precisamente porque no consigue integrarse?

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