Paseos solitarios

Paseos solitarios

PEDRO G.CUARTANGO

 

Pasear, lo que se dice pasear ya no se pasea. Hoy se hace footing, jogging, marcha, excursionismo y en general se anda mucho pero no se pasea. Lo que la gente hace cuando sale a caminar es una actividad deportiva, un ejercicio para mantener la forma física, A mí lo me gusta es pasear sin objetivo alguno, por el mero placer de mirar el entorno y perder el tiempo sin hacer nada útil.

Pasear es una ocupación solitaria en la que cada uno se mueve con sus propios pensamientos y ensoñaciones. Es un quehacer que nos aleja del mundo y que exige tomar distancia de los problemas cotidianos. Cuando uno pasea, no hay un rumbo determinado ni un plan concreto. Podríamos decir que el espíritu flota sobre el pasaje cambiante.

Yo he sido durante toda mi vida un paseante. Cuando era joven, me recorría Burgos desde el comienzo del paseo de La Quinta hasta el final de la Isla por la orilla del Arlanzón. En verano, me tumbaba bajo un chopo o un castaño de Indias y leía bajo su frondosa sombra.

Este verano he salido poco porque hace mucho calor. Pero Bayona, el lugar en el que me encuentro, tiene un maravilloso paseo en torno a Monte Real, el lugar donde está el parador. Se puede dar una vuelta de 360 grados por la península que lo rodea y siempre bajo la muralla de la antigua fortaleza y al borde del mar. Los días que lloviznea y no hay nadie, este paraje es paradisiaco.

Me siento en un banco y paso un buen rato viendo como el océano rompe contra las rocas. El olor a salitre y el sonido del mar tienen un efecto embriagante. E impresiona pensar que ya no hay nada más que agua hasta la costa americana al otro lado del Atlántico.

Por aquí también hay mucho bosque de eucaliptos e incluso los restos de un poblado celta con inscripciones en las piedras. Cuando me adentro por un sendero, tengo la impresión de que no ha pasado nadie en muchos años.

Me gusta pasear solo y no puedo ir con mi mujer porque se pone a andar a una velocidad que yo no puedo seguir. Prefiero caminar despacio y detenerme a mirar cualquier fruslería. A lo mejor me paro diez minutos para observar un hormiguero o cómo se desplaza un caracol.

Pasear tiene además la ventaja de ser una actividad propicia para cualquier edad y no se necesita nada. El único requisito es carecer de un plan prefijado porque el paseante siempre tiene que salir con un espíritu abierto a lo inesperado.

Yo diría que, en cierta forma, es la ruta la que lleva al caminante y en esto pasear es una metáfora de la vida. Nacemos pero no podemos predecir el trayecto ni su duración. Estamos siempre a merced del azar.

Pasear es por naturaleza antiproductivo, es una pura pérdida de tiempo. Pero ese es su atractivo en una sociedad donde todo sirve para algo. Yo, que he reivindicado muchas veces el valor de lo inútil, seguiré paseando por estos inmensos bosques de Galicia en los que tengo la impresión de que se me puede aparecer una meiga en cualquier recodo de esos caminos que no llevan a ninguna parte.

Como decía Rousseau en sus Ensoñaciones del paseante solitario, heme aquí solo, sin hermano ni prójimo, sin más compañía que yo mismo. Y es que pasear no es otra cosa que un viaje al interior.

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Foto:  “Paseante”. Miguel Ángel Iglesias López.

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