Mirada de ceniza

RICARDO F. COLMENERO

Mirada de ceniza

Veintiocho días después de la muerte de Aylan en una playa turca mi mujer me dijo que estaba embarazada. Entonces creía saber lo que era un niño sobre la arena, pero los niños son esa cosa que hay que criar antes de decidir no tenerlos.

Antes de nacer, el pan bajo el brazo fueron unas pastillas para conciliar el pánico. Esas cosas del primer mundo. Como que la relación con tu mujer se reduzca de repente a un inventario como para escalar el K2, en el que tú vas a hacer desherpa.

El anuncio de un niño es una aparición en una peli de terror. Estás a oscuras y alguien te toca la espalda. Tener hijos es abrazarte al miedo con todas tus fuerzas mientras construyes un castillo de arena con una pala y un cubito de Bob Esponja, con la esperanza de que será lo único que se llevará la marea.

Aylan fue una muerte inútil, como solo pueden serlo las muertes destinadas a remover conciencias. Iconos que duran un hashtag. El preludio, recuerda Alberto Rojas, de 500 cadáveres de niños en el Egeo. Tratas de seguir adelante, porque no sabes qué hacer con la impotencia, y te crees que las balas no silban cada vez más cerca. Te enteras de que una amiga se marcha a Grecia a limpiar letrinas en un campo de refugiados, y albergas en ella toda la esperanza en el ser humano.

Omran no ha sido Aylan porque ahora soy papá, y veo las noticias por un cuco al que le calculo la distancia a Alepo. Es cierto que no podemos elegir aquello que nos recorre el espinazo, pero también que hay una guerra de chalecos salvavidas, cifras, atriles y aviones rusos que levantan nubes de polvo por satélite, como si lo hicieran en el espacio exterior. Y luego está la otra, la de un niño como un muñeco sobre la arena, y la de Omran volviendo de los escombros como de una cripta. Entonces la guerra se aparece en tus rodillas. Te dicen que es un niño de cinco años que solo ha conocido la guerra, como si los demás tuviéramos la menor idea de qué significa eso. Te dirige una mirada de ceniza, que se te pega como un chicle en la suela del zapato. Buscas el polvo y la sangre en la mirada de tu hijo. Tragas saliva y Omran no llora. Se lleva una mano a la herida de su cabeza. Reconoce su sangre en la palma. Y se limpia contra el asiento. De nuevo la peli de terror. Otra vez estás a oscuras y alguien te toca la espalda. La sinrazón se ha derrumbado por la tele sobre un niño de cinco años. Sin la esperanza de que haga algo más que remover conciencias. Preguntándonos de qué nuevo horror será preludio.

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