Mensajeros

Odiar las aficiones de los demás no es más que un rasgo de impotencia

Aviso de prohibición de usar Pokemon Go en una sucursal del Volksbank Neuss. El banco dice haberlo hecho para proteger información y por discreción.
Aviso de prohibición de usar Pokemon Go en una sucursal del Volksbank Neuss. El banco dice haberlo hecho para proteger información y por discreción. MAJA HITIJ EFE

 

Si hoy es martes, puede que usted esté a punto de empezar a odiar a alguien de manera decidida. Uno se despierta algo fatigado por el calor y la humedad y resuelve que todos los cazadores de Pokémon son unos completos gilipollas. Lo decide así, porque los mira reunirse en los parques y las plazas o se los cruza por la carretera o la playa. Pero no se para a pensar que en ese momento, también se están reuniendo unos senderistas para cruzar juntos un camino pedregoso o que unos esforzados aficionados se han citado para reunir el club de lectura, aunque sea mitad de agosto. También habrá seguro una convención de criadores de canarios, una quedada de escanciadores de sidra y una convención de coleccionistas de discos de vinilo. Seguro que un club de Vespa ha emprendido un viaje y los aficionados a las cometas aprovechan un festival para lucir sus creaciones. La lista sería interminable. Entonces, ¿qué?

Pues que a quien hay que matar es al mensajero. Sí, así como lo oyen. El hecho de que los atrapadores de personajes digitales hayan cobrado una relevancia tal como para merecer el odio descarnado no se debe tanto a su insustancial pasión, ni a su descaro lúdico en tiempo de vacas flacas, ni a su escapismo frente a la llamada a la responsabilidad de un país con Gobierno aún por investir. No, esa fabricación de odio se debe a su periódico, a su televisión favorita, a su programa de radio, a su canal social en la red. En todos esos lugares tan importantes para que el mundo sea un lugar mejor y más interesante se ha colado la obligación de informar sobre aficiones particulares. Además lo hacen para servir a multinacionales y negocios oblicuos, sin el menor margen para la reflexión o al menos para el arrepentimiento por dejar pasar tantas y tantas citas apasionantes con la belleza, el talento y el esfuerzo como se producen cada día ante la indiferencia general.

Supongo que le sucede algo parecido a quien busca en las noticias algo más que accidentes de tráfico, asesinatos irracionales o deportes olímpicos. Pero odiar las aficiones de los demás no es más que un rasgo de impotencia. Impotencia para establecer sus prioridades y su conversación al margen del estímulo propagandístico. No se trata de ser tan tonto como para creerse libre, pero sí un poquito menos esclavo. La próxima vez que le irrite el descerebrado trato mediático a la caza de Pokémon, piense en el ridículo inmenso que sentiría si cada tarde transmitieran por la tele un resumen de su partida de dominó. Mate al mensajero.

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