La noche de las Perseidas

PEDRO G.CUARTANGO

La noche de las Perseidas

La otra noche me senté en la terraza en las horas de la madrugada para observar las Perseidas, que, según nos explicaba en estas páginas mi amigo Rafael Bachiller, son restos de meteoritos que son atraídos por la fuerza de gravedad de la Tierra. Cuando yo era niño, a este fenómeno se le daba el nombre de lágrimas de San Lorenzo porque este mártir venerable lloró cuando iba a ser asado en la parrilla por los infieles.

Lo cierto es que estuve dos horas haciendo gimnasia con el cuello y no puede ver ninguna. Luego me explicaron que el cielo había estado cubierto esa noche por el humo de los incendios que se están produciendo cerca de Baiona. Pero el año pasado me sucedió lo mismo y no había ningún fuego por esta zona.

También he ido este verano en unas cuantas ocasiones al paseo de Monte Real para ver ese rayo verde que al parecer se puede contemplar durante un fugaz instante cuando el sol se pone bajo el mar. He disfrutado de atardeceres gloriosos con el astro rey convertido en un globo rojo que se hunde en el horizonte, pero no he podido observar el misterioso rayo.

Algunas personas me han comentado que hay que desplazarse a la costa de Bretaña para vislumbrarlo, pero yo estuve infinitas tardes por los acantilados de Belle-île y nunca pude ver ese rayo verde, aunque, eso sí, se me apareció el fantasma de Sarah Bernhardt, que había tenido un caserón en aquello parajes.

Como creo que en todos los sitios sobrevive su genius loci o espíritu del lugar, siempre me han atraído los edificios abandonados, las ermitas solitarias, las fuentes milagrosas, los cementerios sombríos y las ruinas de los monasterios, donde queda algo de las personas que los frecuentaban.

Quienes me conocen aseguran que tengo una tendencia morbosa a añorar el pasado, pero la realidad es que lo único que existe es lo que queda detrás de cada ser humano. El futuro es una entelequia, pero es que, además, el porvenir será algún día también parte de ese pasado que tiende a abarcarlo todo.

Esto debe tener alguna relación con mi afición a buscar esos instantes únicos como la trayectoria de una perseida, el rayo verde que nace y se extingue o esos momentos inesperados en los que el tiempo es aniquilado por la presencia apabullante de la vida.

Lo que importa no es si uno ha podido contemplar esas lágrimas en una noche de agosto sino la expectativa, el hecho mismo de intentar verlas. Esperar en algo es ya una forma de obtenerlo porque la ilusión es siempre más satisfactoria que la realidad.

A pesar de las contradicciones y de los temores con lo que convivo, no he perdido la capacidad de buscar esas cosas extraordinarias que suceden a nuestro lado y que muchas veces pasan desapercibidas. Hay más profundidad en un gesto humano o en la caída de una hoja que en mil páginas de los grandes filósofos.

La existencia es efímera y fragmentaria y, por eso, nos atrae tanto lo absoluto, lo que en ocasiones nos impide captar que lo eterno dura solamente un momento y se esfuma cuando intentamos retenerlo.

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