La cloaca

Varios atletas y funcionarios deportivos mexicanos han denunciado que se han visto perjudicados por las decisiones de los árbitros y en general por el trato recibido de los organizadores de distintos eventos durante los Juegos Olímpicos de Río.

La cloaca

Dichas quejas han sido a veces utilizadas para justificar los malos resultados que hasta este momento han obtenido nuestros representantes. Es imposible saber, de lejos, si tales imputaciones están sustentadas o si son meros pretextos para dorar la píldora de un fracaso que se anuncia estrepitoso.

Las falsas excusas sin duda existen, y su empleo es frecuente, pero las actitudes sesgadas de determinadas autoridades, con tal de favorecer o perjudicar a alguna de las partes en liza, tampoco son una rareza.

En todo caso el COI está marcado por un historial suficientemente sucio para que cualquier acusación deba ser tomada en serio.

Desarrollé tiempo ha, aquí mismo, es decir en el viejo Excélsior, dos muy largas series acerca del olimpismo y sus miserias. Fue durante los juegos de Atlanta del 96 y los de Sidney del 2000. Son suficientemente antiguas y no estaría de más repetir ahora mi catilinaria, pues aquellos vicios que entonces denuncié, no sólo mantienen su vigencia sino que, de manera obscena, se han acrecentado.

Sin embargo, prefiero entrarle hoy al toro desde un ángulo relativamente distinto. Son dos los aspectos, las barbaridades, a las que me quiero referir.

En primer lugar, al ver la ostentosa ceremonia inaugural me saltó a la vista y al espíritu algo que debí ver con claridad hace muchos cuatrienios y que, por alguna razón que no me honra, me pasó por alto.

Consiste en lo siguiente: El olimpismo se pretende y se presenta como una manifestación de la hermandad, la nobleza y la igualdad entre todos los seres humanos. Eso pretende. Pero resulta que consiste en todo lo contrario. Por un lado todo el mundo está perfectamente diferenciado, banderas y uniformes marcan el corral a que pertenece cada uno. Se trata de la mayor y más estridente manifestación de patrioterismo exclusivista jamás pensada y realizada. Es un himno, celebración fastuosa del chauvinismo.

Y por otra parte, cuál igualdad y fraternidad. Todos van ahí para vencer al otro, a su adversario, como quien dice a su enemigo. Derrotar es siempre humillar, y unos serán indefectiblemente superiores a otros. La tan cacareada igualdad se desvanece cual rocío, para dar lugar a una agresividad mal disimulada. Eso es, y no otra cosa, el deporte en general: Una simulación, alegoría de la guerra. Incluso en el plácido y amable ajedrez se desarrolla un despiadado combate a muerte.

La segunda ignominia que no puedo callar es la de la persecución del famoso “dopaje” y el consiguiente anatema del “dopado”. Se ha instalado un verdadero Tribunal del Santo Oficio ante el cual el hereje no tiene defensa alguna. Si esos señores afirman que en tu pipí encontraron rastros de algún esteroide maligno, ya no tienes nada qué hacer ni qué alegar. La defensa no sólo está prohibida, por definición, sino que además es imposible.

Unos jueces obscuros deciden tu suerte. Estás en sus manos y más te vale saberlo y someterte. Se trata de una práctica peor que dictatorial y abusiva. Es directamente medieval. Y se presta a las arbitrariedades más ofensivas. La relación de casos bajo sospecha es interminable. El de la actual exclusión a priori de los atletas rusos representa sin duda el summum de la desvergüenza. Tolerarlo es intolerable. Los verdaderos amantes del deporte debemos denunciarlo indignados.

Pongamos un tope al manejo amañado de regulaciones estatutarias. Si admitimos métodos secretos utilizando normas gratuitas, maquinados en comisiones abiertamente esquinadas, validamos a los eternos vividores enquistados regateando genuinas aptitudes.

La coartada cínica de los inquisidores es que el consumo de substancias favorecedoras del desempeño físico es nocivo para la salud. Tal vez es cierto. Supongo que, como todo, depende de cantidades y frecuencias. Pero obviamente deben ser los propios atletas los que, en uso de su indeclinable libre albedrío, decidan acerca de su uso. Decir que tal permisividad favorecería a unos en detrimento de otros, es un sofisma, pues todos estarían ante la misma alternativa. Que es la misma que la del fumador, del bebedor o el adicto a los molletes de Sanborns. Muy su pedo. Ello no alteraría en absoluto la equidad de la justa deportiva, al contrario.

Las declaraciones del gran ciclista gringo Lance Armstrong, único ganador de siete victorias consecutivas en el emblemático Tour de Francia, son demoledoras. No sólo admitió haberse dopado, sino que además sentenció enérgico que tal competencia no puede ganarse sin la ayuda de substancias prohibidas. Tal cual. Qué fuerte. Y qué esclarecedor. Que cada quién se ponga el saco.

Utilizar como pretexto para la prohibición el argumento de que se favorecería a aquellos cuya condición económica les permitiera adquirir las pócimas mágicas, frente a los jodidos que no tuvieran los recursos, es del todo demagógico e insostenible. Un frasco de Oxa Titán, con cien pastillas de anabólicos esteroideos cuesta 159 euros, y alcanza como para un mes. Así que no la hagan de cuento.

Me pregunto cómo le habrán hecho estos malparidos para convertir el sueño del Barón de Coubertin y de Avery Brundage en una cloaca. Y prefiero no contestarme.

Marcelino Perellò

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