Federico García Lorca: 1936-2016

Federico García Lorca: 1936-2016
El autor de ‘Poeta en nueva York’, en su juventud. FUNDACIÓN FEDERICO GARCÍA LORCA

 

En la madrugada del 18 de agosto de hace 80 años fue fusilado uno de los escritores con mayor talento del siglo XX. Su muerte en las primeras horas de la guerra civil le convirtió en una leyenda que aún pervive. Quebró con Poeta en Nueva York el verso que se escribía entonces y fue autor teatral de éxito. EL MUNDO homenajea su figura con la publicación de nueve textos inéditos, entre los que figura el Premio Cervantes José Manuel Caballero Bonald y seis poemas de otras tantos poetas fundamentales en las letras de hoy.

La refundación del lenguaje, por Caballero Bonald

De las diversas aproximaciones a la poesía de García Lorca, elijo la que concierne a su extraordinaria capacidad de refundación lingüística. Es ahí propiamente donde el poeta alcanza su más acrisolada singularidad creadora. Desde un primer momento, desde Poema del cante jondo, García Lorca consigue algo artísticamente esencial: la modificación del significado de las palabras a medida que se incorporan al poema. Es un trasvase aparentemente subordinado a los dispositivos poéticos habituales, pero que en este caso responde a una compleja mudanza semántica. Las palabras más comunes, al ser trasferidas de determinado modo al curso de la poesía, tienden a desbordar su más consabida significación. El prodigio se ha verificado: las palabras dicen ya algo distinto, mucho más sugestivo por sorprendente, de lo que consignan los diccionarios. El pensamiento lógico queda invalidado por la intuición imaginativa. Lo insólito ha desplazado taxativamente a lo rutinario.

Semejante facultad sitúa a García Lorca en ese eminente trayecto de la historia de la poesía en lengua española que va -pongo por caso- de Juan de la Cruz a Juan Ramón Jiménez, de Góngora a César Vallejo, de Quevedo a Neruda y se perpetúa a raíz de una particular transfiguración del lenguaje poético. En el Cántico espiritual, en las Soledades, en Animal de fondo, en Trilce, en las Musas, enResidencia en la tierra, se estabiliza de diferentes modos un mismo paradigma verbal, ese que también afecta a García Lorca y viene a elevar su idioma poético a un rango de extrema seducción. No es que el poeta fuera asimilando esa facultad a medida que avanzaba su obra, sino que la llevaba implícita desde siempre en sus modales comunicativos, en su manera de observar el mundo.

La palmaria potencia metafórica de García Lorca tiene algo que ver con todo eso. Viene a ser una consecuencia directa de ese dinamismo léxico que constituye el fundamento formal de su poesía. La designación de los objetos, la exteriorización de las sensaciones, son sometidas -por así decirlo- a un natural proceso de reajustes lingüísticos. El autor del Llanto, de Poeta en Nueva York, pero también de no pocos romances y canciones, junta de pronto unas palabras que nunca habían tenido la menor conexión y rompen así un sello: perpetran una nueva realidad, descubren un mundo desconocido. Los ejemplos son copiosos y pueden elegirse al azar: “tienen, por eso no lloran, / de plomo las calaveras”, “como todos los muertos que se olvidan / en un montón de perros apagados”, “debajo de las multiplicaciones / hay una gota de sangre de pato”, etc. etc.

La fascinación manifiesta que proporciona la poesía lorquiana tiene pues su origen en lo que he llamado la refundación del lenguaje. El hecho de que haya palabras que acuden al poema para dotarlo de un nuevo sentido, de una nueva noción del mundo, traspasa también su poder modificador a las imágenes. Lorca tiende a descoyuntar la secuencia racional del poema en beneficio de esas significaciones desconocidas. Cada imagen altera el orden de la realidad. El irracionalismo hace ya las veces de desvelador de los secretos estacionados en los entresijos del lenguaje. Incluso el carácter de la Andalucía que propone el poeta ha dejado de ser histórico para transformarse en mitológico. De ahí se infiere esa insufrible e irrisoria frustración de todos aquellos que han pretendido secundar a un poeta sin segundo.

Lorca, la fama y el mito, por Luis Antonio de Villena

Creo que la mayoría sabe hoy que Federico García Lorca (1898-1936) fue mientras aún vivía el miembro más famoso y popular de su hoy tan célebre generación. Es posible que -un tiempo- el prestigio mayor lo tuviera Jorge Guillén, poeta muy original y catedrático de Literatura. Pero sin duda a partir del estreno de su dramaMariana Pineda (1927) sobre la heroína republicana de Granada, el fervor fue para Federico. Mucho más popular que hoy, el teatro era en esos años -sobre todo si lo interpretaban actores célebres, como Margarita Xirgu- un muy fuerte medio de popularidad.

Si pensamos que en la época de su trágico asesinato García Lorca tenía algunos libros o conjuntos de poemas inéditos (sin ir más lejos Poeta en Nueva York, del que sólo habían salido poemas en revistas y una plaquette en 1935 con la Oda a Walt Whitman) es evidente que la fama de Lorca venía de su alargada sombra como poeta -su teatro se calificaba de poético- pero aplicada a la dramaturgia que triunfó también en la América Hispana, singularmente en Argentina, donde el propio Lorca estuvo. Yerma, Bodas de sangre y la última, La casa de Bernarda Albason en realidad, viviendo su autor, el sostén más literario de su indudable fama. Ycomo esta es un fenómeno poroso y plural, sobre todo cuando entra la popularidad, es obvio que lo que se dijera del autor contaba -como cuenta hoy- asimismo.

Se sabía el carácter muy alegre o melancólico de Federico, y naturalmente se comentaba su homosexualidad, aunque el tema sólo pasó de la comidilla (y acaso de su muerte) porque es bien sabido que su familia desaprobaba esas cosas -no ahora sus sobrinas, que no lo conocieron- y Federico sufrió ese ser y no ser de su condición. Si pensamos en nombres hoy muy conocidos de esa generación, amigos además de Federico, uno a la larga Premio Nobel, Vicente Aleixandre, o el gran Luis Cernuda, hemos de convenir que entonces -antes de la Guerra Civil- sólo eran conocidos de una minoría literaria, mientras que Lorca era realmente famoso, incluso en parte como lo entendemos hoy.

El libro de poemas más célebre (y exitoso) que Lorca publicó en vida fueRomancero gitano (1928), que a mí me parece de una finura y de calidad extraordinarias y donde el elogio a la belleza varonil late doquier a la vez que la defensa de un pueblo marginal y pansexual: los gitanos. Pero es bien sabido que el éxito y hasta casi la divulgación en coplas basadas en ese mundo de tal libro (canciones de Rafael de León como Ojos verdes) terminó cansando a Federico a quien le agobió la etiqueta de “cantor de los gitanos”. No lo era, o no al menos como lo sugería, demasiado denotativa la frase. Su defensa de la marginación pasó en Nueva York de los gitanos a los negros, que bajo las diferencias tenían mucho en común, por ejemplo una sexualidad abierta, generosa. Una vez Rafael Martínez Nadal, profesor en Inglaterra y uno de los mejores amigos de Lorca, me dejó ver una breve carta manuscrita (una cuartilla por ambas caras) que Federico le envió desde NY narrándole, en unas expresivas pinceladas, una orgía con negros. Al final de la carta se podía leer: “Cuando la leas, rómpela”. Era de 1930 y entonces quizás hubiera sido normal que la rasgara, pero ¿a fines de 1981, cuando yo la leí? Rafael la había guardado muchos años con devoción -esa y otras muchas cartas- pero el dueño, que me había hecho el cumplido de mostrármela y dejarla en mis manos, me aseguró que algún día la rompería. Sigo sin entender y hace ya no pocos años que Martínez Nadal murió. ¿Qué se hizo de esas cartas más secretas? Yo no lo sé y nadie hasta hoy me ha dado respuesta. Todo es posible.

La fama de Lorca era tanta que cuando llegó a Buenos Aires en 1934 la prestigiosa Sur, que era como decir Victoria Ocampo, tiró una edición de Romancero gitanocon muchos ejemplares (no sé si todos) firmados por el autor. Está claro que se celebraba al poeta, aunque el viaje lorquiano tenía más relación con las conferencias y el teatro. Es cuando dicen que en alguna entrevista radiofónica -le hicieron muchas- podía conservarse la hoy desconocida voz de Federico. Lo malo es que, al parecer, no vive ya nadie que conociera o identificara la voz para siempre ignota de Lorca. ¿El mito no es la consecuencia máxima y postrera de la fama? Sin duda. Pero yendo más allá. Como muerto trágico -asesinado en una guerra civil, le llamaron “rojo y maricón”- y muerto joven, tenía 38 años recientes, Federico cumple las leyes del mito.

Es un altísimo poeta, no se duda, pero es muy posible que sin esa muerte trágica que conmocionó al mundo, la fama hubiera crecido más; pero el mito, auténtica esencia de la inmortalidad, no hubiese llegado nunca. Y Federico es un mito. Algo que parte de la fama pero la supera. José Saramago decía que la grandeza enorme de Pessoa había terminado suponiendo como un valladar para los sucesivos poetas portugueses. Como si Pessoa cerrara ese Olimpo. Algo semejante se dijo años atrás del mito Lorca, inmenso, y la posterior poesía española. Pero si ese efecto barrera de algún modo existió para el extranjero, hoy no es así. Federico es un mito y un gran poeta, pero el agua mejor de la poesía española fluye ya con todas sus riquezas bajo ese puente singular… (“Vuelan en la araña gris/ siete pájaros del prisma”).

Se quedó el agua desnuda, por Clara Janés

Creo que pocos poetas de mi generación y de generaciones inmediatas podrían negar la presencia de Lorca como el paisaje preponderante que acompañó sus orígenes. Algunos lo han confesado, otros no, pero lo cierto es que para los que nos lanzamos a partir de los 60 del siglo pasado, sus poemas fueron una de las primeras cartillas. Inolvidables para mí son las reuniones en cafés con mis compañeros de la Universidad de Barcelona, donde se trataba ante todo de leer a Lorca en voz alta. Yo llegué a más: escribí en mis zapatos blancos de verano unos versos de Federico, en uno “¡Ay que trabajo me cuesta quererte como te quiero!”; en el otro, “¡Por tu amor me duele el aire, el corazón y el sombrero!”.

También fui protagonista de un proyecto del entonces estudiante, hoy reconocido pintor, Julián Grau Santos, que consistía en una exposición entera sobre elRomancero gitano. Hizo el boceto completo, con guache, página a página, en mi libro -un tesoro por su belleza-, y en él yo soy Soledad Montoya y la Virgen que acompaña al romance de San Gabriel…

Años más tarde, esta presencia viva de Lorca se produjo a través de dos de sus amigos, que fueron grandes amigos míos: Rafael Martínez Nadal y Marcelle Auclair. Conocí a la segunda cuando buscaba datos para su Enfances et mort de Federico Garcia Lorca, que empieza con una Introduction a la mort donde habla del Llanto por Ignacio Sánchez Mejías y da muchas claves: detalles de aquella corrida última, sucesos posteriores, recuerdos de Ignacio de sus primeras tentativas, cuando, contando 16 años, se iba a torear vaquillas sin testigos, pero con el aplauso de los olivos agitados por el viento que le hacía levantar la mano y saludar, lo que explica el último verso del poema: “y recuerdo una brisa triste por los olivos”.

A cada pregunta concreta que hacía yo a Marcelle sobre Lorca, me contestaba: “Llama a Rafael”. Así fue como un día, sin más, marqué el número de Rafael Martínez Nadal de Londres. Desde aquel momento, cuando venía a Madrid, cenar en el Olivar de Castillejo con él y su mujer, Jacinta, y muchas veces los hermanos de ésta, David y Leonardo, Rosa Chacel, Jeannine Mestre, José Luis Gómez o el escultor Juan Haro se hizo habitual. Rafael recitaba a Federico, y sus imágenes volaban por encima de las jaras y las retamas… Todo tenía un sentido secreto. Era un poeta tan universal y fuerte que en cualquier lengua caía de pie… Bien comprobé yo esto cuando me lo recitó en farsi el gran Ahmad Shamlu, que, a través de Lorca, llevó a cabo la modernidad de la lírica en su país.

Aún los veo a todos, atentos a la palabra. Y la sonrisa destella en cada hoja tocada por la noche luminosa mientras la llama de una vela oscila sobre la mesa junto a la fruta y una ráfaga de viento mece las sombras del ramaje. Y es la felicidad esa armonía, siempre bajo el ala del poema, mientras Rafael recita:

Eran tres

(vino el día con sus hachas.)

Eran dos

(alas rastreras de plata.)

Era uno.

Era ninguno

(se quedó desnuda el agua).

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