Es la palabra

El dilema consiste en poner a consideración si las abejas conforman una sociedad ideal digna de ser imitada por la especie humana.

 Es la palabra

 

He planteado, a lo largo de esta semiserie, el dilema que levanta la existencia de otras especies animales, en particular las de los insectos hiperorganizados. He fijado mi atención en las abejas, por razones obvias, pero su caso es muy similar al de las hormigas y al de las termitas. La diferencia fundamental y que privilegia a las primeras es que nos son útiles. Que a ellas sabemos explotarlas y sacar provecho.

El dilema consiste en poner a consideración si éstas conforman una sociedad ideal digna de ser imitada. En particular, de ser imitada por la especie humana. Como he venido sosteniendo aquí, tal pretensión no está clara.

En efecto los pequeños, simpáticos y si les busca uno, agresivos bichos, han constituido un modelo de organización de una eficiencia y armonía incomparables. Los panales han seducido a los hombres desde la más antigua de la antigüedades. Todo en ellos funciona a la perfección, y no parece que haya ningún tipo de conflicto entre sus habitantes. Con los de otros panales luego sí, y son encarnizados, pero esa es otra historia.

El problema reside en determinar si los humanos deseamos realmente ser eficientes o si preferimos ser felices, cualquier cosa que eso quiera decir. Y si un concepto está relacionado con el otro. ¿Una sociedad eficiente y altamente productiva está integrada por individuos “felices” y satisfechos? He ahí una cuestión peliaguda.

Tal vez la dificultad en su abordaje deriva de la endémica confusión entre los conceptos de “confort” y “bienestar”. ¿A qué le tiramos? El confort es la facilidad, la mayor ausencia posible de dificultades. El confort es el bóiler y el microondas. Los celulares.

El bienestar es otra cosa. Es el “estar bien”, y aunque muchos lo confunden, una cosa no acarrea la otra. Ni el confort garantiza el bienestar ni el bienestar va en busca de las facilidades que otorga el confort. Más allá, en más de un caso son antagónicos e irreconciliables.

Que el dinero no prohíja la felicidad es un lugar común harto repetido y que en su simpleza un tanto boba no deja de ser verdadera. Ya le he propuesto aquí el siguiente ejercicio-experimento. Dése una vuelta por Perisur, y otra, ya que le quedará cerca, por el mercado de San Ángel. Yo ya lo he hecho. Constatará que en la plaza se va a topar con puras caras serias (casi), mientras que en el mercado todas serán sonrientes (casi). La conclusión se impone sola aunque no es fácil de explicar.

En todo caso, para abundar, es sabido que el porcentaje de suicidios en Suecia es muy superior al de los que tienen lugar en Angola. Es probable que el clima, el frío y la noche de los septentrionales tenga que ver con ello. Pero es a todas luces una explicación insuficiente. Los suecos gozan de un gran confort, pero su bienestar parece estar en duda.

En esta línea, si es que nos preguntamos si queremos o no parecernos a ellas parece pertinente cuestionarnos si las abejas gozan de confort o de bienestar o de ambos o de ninguno. El mero planteamiento parece inane. Son categorías que difícilmente pueden aplicarse a otras especies aparte de la nuestra. La confusión proviene probablemente de los animales domésticos, las mascotas, que insistimos, sin mucha precaución, a humanizar y a endilgarles sentimientos y problemáticas similares a las nuestras.

Existe un hecho incontrovertible y que debería hacernos meditar. Las abejas, la sociedad de las abejas, al contrario de la nuestra, no evolucionan, no se ven compelidas a “mejorar”. Existen en la tierra desde mucho antes que el hombre y todo parece indicar que son igualitas a las de hace millones de años. Muchos millones.

Un científico gringo del Instituto Smithsoniano de Estudio de las Regiones Tropicales, STRI, David Roubik, identificó en el Amazonas peruano una especie de abeja de varios cientos de millones de años de antigüedad, llamada ahoraMelipona insularis, y cuya conducta no parece haberse modificado en absoluto en todo ese tiempo. Su linaje ha permanecido incólume.

Perú establece su antigua solera, ligada a genotipos recientemente investigados mediante avanzados sistemas, teniendo afinidad con otras subclases y con algunas familias extintas. Varias investigaciones coinciden al referir indicios esclarecedores.

Lo que parece indiscutible es que ser abeja ha de ser, al margen de la felicidad y el confort, harto aburrido. Los nazis que, un poco a la manera del socialismo, quisieron reconciliar la eficiencia con la satisfacción, crearon guarderías en las que los bebés eran internados los primeros meses de vida y perdían todo contacto con sus progenitores, para “beneficio” tanto de él como de ellos. A la manera de las abejas, digamos.

Sin embargo, aquellos alemanes olvidaron que entre los humanos existe el lenguaje, la palabra. Y con la palabra viene el deseo. Y con el deseo, los afectos y las pulsiones inconscientes. Dicho sea de paso, es ello lo que genera la evolución cultural y social del homo sapiens. Y también su desazón. Meister Freud lo explica de manera bellísima y contundente en su Malestar en la cultura. Los otros animales, delfines, abejas y fox terriers incluidos, poseen códigos de comunicación e interacción asaz complejos, pero de ninguna manera un lenguaje estructurado como el nuestro, en el que cada signo cobra un significado diferente en función de los otros signos y de su situación particular. En las abejas sus señales son inconmovibles e invariables. Entre ellas hay comunicación, pero no involucramiento. No hay palabras. No hay deseo. Ni afección ni rechazo.

Es más fácil que las abejas aprendan a hablar que nosotros nos resignemos a adoptar la plácida armonía de la colmena. Somos irreconciliables. Todo está en la palabra.

Marcelino Perellò

http://www.excelsior.com.mx/opinion

Pintura: Fabián Palmero Rivas

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