De héroes y tumbas

Lo peor es que podría ser peor. El mundo está en guerra, dice Francisco, y no es por las religiones. Cuando el jesuita habla, vale la pena reflexionar. Hay una guerra evidente y declarada y otra que es una incógnita. Si no es provocada por las religiones, ¿qué la genera? Del malestar en la cultura, al malestar en la política, al malestar en la vida. Quizá no estemos mirando las raíces.

 

De héroes y tumbas

Degollado murió el padre Jacques Hamel de 85 años. Dedicó su vida a la prédica. ¡Vaya pecado! Adel Kermiche, uno de los asesinos, estaba fichado. El problema es que sólo en Francia hay 20 mil fichados. Son demasiados casos para ser de manicomio, quizá estemos ante una revuelta social. Sólo en ese país van 230 muertos en 19 meses. Pero el horror visita ya a muchos otros. Cómo blindar a un país, a muchos. Ali David Sonboly, autor del atentado en Múnich que dejó diez muertos, era de origen iraní y alemán. Ahora Alemania ya también está en la lista de trofeos de ISIS. Y si de colgar trofeos se trata, quedan muchos países donde podría haber sorpresas. Pero, de nuevo, ¿de qué estamos hablando?

Ahora no es la religión, dice Francisco, conocedor de que en otras ocasiones, muchas, sí lo ha sido. ¿Acaso racismo? El joven asesino de Múnich de 18 años sentía orgullo de haber nacido el mismo día que Adolf Hitler y también de ser ario, sea esto lo que sea. Adam Lankford, un experto en comportamiento criminal, asevera a El País que hay patrones de comportamiento, réplicas, líneas de explicación. Una, es la ingesta cotidiana de violencia a través de los medios y los videojuegos; otra, la odiosa necesidad de dejar una “huella” en el mundo. También está el nuevo aislamiento, la soledad provocada por las nuevas herramientas, la I Generation, que tiene en los jóvenes efectos secundarios. Pero entonces, si el diagnóstico es erróneo, la cura pudiera provenir de otro tipo de linimentos. Por eso en Estados Unidos y otros países se desata una apasionante discusión: No Notoriety y Don’t name them, ¡no los publiciten!

No dar los nombres, no publicar las fotografías, no hacerlos famosos porque eso es exactamente lo que persiguen. Quieres dejar tu “huella” en el mundo —como lanzó a su web uno de los asesinos de Columbine—, pues así no cuentas con nosotros para hacerte famoso. Qué hacer, informar todo como reza el dogma libertario, aunque no siempre sea conveniente o no caer en su juego. Informar es, antes que nada, un acto de responsabilidad. En el siglo XXI todo tiene que ver con todo. Festejamos el debilitamiento de las ideologías porque ellas cegaban y transformaban las ideas en dogmas. Pero nunca sospechamos que podría haber algo aún más grave: no tener una ideología.

La era del vacío la ha denominado Gilles Lipovetsky, ya no hay pasión por la izquierda o la derecha, por la doctrina liberal o conservadora, y ello abre un peligroso espacio a los demagogos. En un excelente artículo, Jan-Werner Müller (Letras Libres, 210) describe el fenómeno con pulcritud teórica y da pie para la reflexión. La pereza pareciera el sino de los tiempos. Las ideologías y las doctrinas ya resultan demasiado complejas, demandan conceptos, ideas hiladas, concentración. La superficialidad se ha apoderado de nuestras vidas, cambiamos la profundidad por velocidad. La imagen sustituye al concepto. Los nuevos populistas se asumen siempre como el pueblo, esa entelequia que abraza a todos y a nadie. Quién lo define, quién queda fuera. Y el pueblo bueno nunca debe perder, siempre tiene la razón.

Pero el pueblo en singular es una fantasmagoría porque siempre se manifiesta de manera dividida y para eso están los sistemas representativos. Acudimos a las urnas porque “el pueblo” no existe. Se conforman mayorías que deben gobernar y los perdedores acatar. Quien desobedece ese principio no es un demócrata y menos aun un representante del “pueblo verdadero”, como lo invocan Erdogan y Trump, entre otros. Porque en el siglo XXI su ascenso al poder se construye —peldaño a peldaño— de odio. Los “otros” nos invaden, los “otros” nos quitan lo nuestro, los “otros” no son como nosotros, los “otros”…

Mientras Obama revisa casi una decena de veces su discurso para la Convención Demócrata, hasta lograr una pieza de gran oratoria y doctrina, Trump se sostiene ante millones con sandeces que igual convencen. Y los jóvenes observan. Si la moneda de cambio es el odio y ése lleva al poder, a la fama, por qué no odiar. ¿Cuáles son las posibilidades del odio como lo cifrara María Luisa Puga?

Francisco camina en silencio por Auschwitz, el mundo está en guerra. Ya no son los territorios, no es el poder, no es la religión, son la superficialidad y el vacío que invitan a los falsos redentores. Unos quieren ser héroes e imponerse, otros, ir a la tumba como escala obligada hacia la fama.

FEDERICO REYES HEROLES

http://www.excelsior.com.mx/opinion

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