Amalivaca y la creación del mundo (mito tamanaco)

Amalivaca y la creación del mundo (mito tamanaco)

Se dice que, hace mucho tiempo, hubo una gran inundación. Amalivaca, el creador, salió entonces a recorrer el mundo en una canoa con su hermano Vochi y las dos hijas, y fueron reparando los daños del diluvio.

La inundación lo había tapado todo, había destruido las casas, arrancado los árboles, los habitantes se habían ahogado, y flotaban troncos y animales por todas partes.

Mientras recorrían la zona, vieron que solo había quedado viva una pareja de humanos que se había salvado trepando a la cordillera frente al río, hasta alcanzar la altísima roca Tepumereme.

Cansados y asustados, después de muchos días, ya creían que iban a morir cuando vieron que se acercaba una canoa.

Cuando Amalivaca y los suyos llegaron a la roca Tepumereme, el poderoso dios dibujó las figuras del sol y la luna.

En ese mismo instante, empezó a rehacer el mundo ayudado por su hermano y por sus sobrinas.

Se instalaron en una caverna en la montaña. En el momento de crear el río Orinoco, se pusieron a discutir porque querían que el río pudiera fluir a favor de la corriente tanto aguas arriba como aguas abajo, para que los remeros no se cansaran tanto durante el recorrido; pero era tan difícil lograrlo que desistieron.

Finalmente, el dios les dijo a los dos sobrevivientes: –He venido de un lugar que está más allá del otro lado del río y quiero que ustedes vuelvan a poblar la tierra.

–¿Cómo haremos nosotros solos para ser pronto tanta gente como éramos? –preguntaron los jóvenes.

–Tomen los frutos de la única palmera moriche que ha quedado, que es el árbol de la vida, y arrojen sus frutos hacia atrás por encima de sus cabezas. La pareja obedeció. Tomaron las semillas y, desde la gran montaña, las dispersaron lanzándolas hacia el mundo.

De cada semilla que caía en la tierra se iba formando un hombre y una mujer. De ellos surgieron las nuevas generaciones. Después de ordenar la nueva creación, Amalivaca, padre original de los tamanacos, se embarcó otra vez en su curiara, remontó la corriente del Orinoco y se marchó.

Los nuevos habitantes construyeron sus chozas, prepararon la tierra y la sembraron con yuca y maíz, tejieron cestos y chinchorros con fibra de palmeras. Prepararon alimentos; hicieron flautas y tambores para cantar y bailar, y se adornaron con bellísimas plumas de papagayos en honor a Amalivaca. Los hombres más valientes fueron nombrados caciques de la tribu y llevaron a su pueblo a la victoria en las luchas con tribus vecinas.

Así organizaron su vida y vieron pasar muchas lunas y soles.

Hasta que un día, del otro lado del mar, llegaron unas raras y enormes canoas con gente cubierta por ropa extraña, brillante. Hombres pálidos con pelos en la cara. Con sus ruidosas armas fueron matando a los tamanacos.

No se oyó más la música de sus flautas ni el sonido de los tambores en la selva. Pero nada pudo borrar los dibujos de la luna y el sol que Amalivaca había pintado en la roca Tepumereme en la edad de las aguas.

Laura Roldán

http://www.cuatrogatos.org/

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