Pan y agua

Pan y agua

Muerto Clemente IV, la sede papal continuaba vacante después de casi tres años. Los cardenales, reunidos en cónclave en Viterbo, estaban divididos en facciones irreconciliables y, pese a la insistente inspiración del Espíritu Santo, no se ponían de acuerdo en la elección de un nuevo pontífice.

Se les hincharon las meninges a los viterbinos -que alimentaban diariamente a los purpurados- e hicieron lo siguiente: encerraron bajo llave a los cardenales en el palacio episcopal; destruyeron la techumbre del edificio para que el sol, la lluvia, la nieve, el calor, el frío o lo que tocara cayeran sobre los congregados y no les suministraron más sustento que pan y agua. A los pocos días de aplicarse tan drásticas medidas, los cardenales ya habían elegido, después de meses de tocarse el capelo, nuevo Papa, Gregorio X. Esto sucedió en 1271.

En fin, corren nuevos tiempos, las comparaciones son odiosas y nunca he sido partidario de rodear el Congreso. Pero, visto lo visto -y sin romper ni una teja-, no estaría de más encerrar a nuestros cardenalicios cuatro líderes en las Cortes, junto a la comparsa de sus 350 diputados -para que les metan presión-, cerrar el bar y tenerlos a pan, agua y, a lo sumo, gominolas hasta que echen humo por las orejas, el humo blanco que anuncie que han logrado un acuerdo de investidura.

Los viterbinos hemos votado dos veces -poco inspirados, eso sí- y estamos pagando los cafés de estos señores. Y señoras. Ya vale. Terceras elecciones y seis o siete meses más -como poco- con el país manga por hombro, ni de coña. Lo que en diciembre era discutible -más derecha o más izquierda-, ahora ya no es discutible: se necesita un Gobierno, aunque sea de corta duración, que vuelva a abrir las ventanillas de la Administración, que resuelva el papeleo, que diga sí o diga no a lo que se le plantea, que desbloquee gestiones e iniciativas, que resuelva, que dé apariencia de estabilidad, que sea interlocutor para los de dentro y para los de afuera. El mundo está muy revuelto, Europa está de lo más pejiguera y en casa tenemos problemas hasta hartar.

Ya sabemos que gobernar, lo que se dice gobernar, nos gobierna Bruselas. Pero necesitamos que un presidente y unos ministros hagan el paripé de que están al cargo y que, de hecho, den salida y solución a muchas cuestiones y problemas que sólo por su cantidad -y muchos por su cualidad- no son menores.

A estas alturas de la función, no hay persona sensata, de nervios templados y carácter en situación de equilibrio, que no piense o acepte, le guste o no, que -vistos Sánchez e Iglesias- no queda otra que investir a Rajoy, lo que ha de hacerse previa exigencia de un cambio casi total en su Consejo de Ministros, de medidas sanadoras y regenerativas, de renuncia a hacerse el gallito e intentar colar decretos o leyes polémicas y partidistas, de compromiso de consultar y acordar con los demás cualquier urgencia derivada de imprevistas circunstancias, y así todo.

Dos años, o menos, pasan volando. Sin embargo, dos años son tiempo suficiente -cabe pensar- para que el PSOE, Ciudadanos y Podemos se aclaren consigo mismos, se recompongan y saquen el músculo que tengan que sacar. ¿Terceras elecciones? Sí, pero en 2018, aproximadamente. Con ideas frescas y, a ser posible, caras nuevas. O hay Gobierno en agosto, o, no es broma, todos encerrados a pan y agua. Pan de molde y agua del grifo, no se vayan a creer otra cosa, que hay mucha tontería.

MANUEL HIDALGO

http://www.elmundo.es/opinion

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