LO SINIESTRO Y LO BELLO: CUANDO EL MUNDO APRENDÍA ANATOMÍA EN LAS ENTRAÑAS DE VENUS

En la historia de la enseñanza de la anatomía hubo dos momentos extraordinarios que explican no sólo la evolución de la conducta humana en torno a la muerte sino también la imprescindible relación entre la ciencia y el arte para divulgar conocimiento. El primero fue en 1543 con la publicación de De humani corporis fabricade Andreas Vesalius, fundador de la anatomía moderna, quién usó la arquitectura y las más flagrantes metáforas espaciales para explicar el cuerpo humano a los estudiantes de medicina; y el segundo, ya en el Renacimiento, fue la extravagante invención de la Venus anatómica: una muñeca de cera concebida como medio para enseñar anatomía sin la necesidad de constante disección –lo cual era un trámite sucio, éticamente cargado y desde luego sujeto a la descomposición.

Joanna Ebenstein, del Morbid Anatomy Museum en Brooklyn, viajó por el mundo para escribir la historia de las modelos de cera en su libro The Anatomical Venus. La primera de estas muñecas aún puede visitarse en el Museo de Zoología e Historia Natural de Florencia, adornada con ojos de cristal y cabello humano, y puede ser desmembrada en decenas de partes que revelan, al final, un feto beatifico enroscado en su vientre. Sus hermanas –otras modelos anatómicas hechas por un tal Clemente Susini (1754-1814)– pueden visitarse en un puñado de museos europeos. Todas ellas exhiben una leve sonrisa plácida, un semblante sereno y una piel pálida y perfecta excepto por los sitios donde sus órganos están expuestos. Aun si muertas, estas mujeres permanecen bellas y deseables y no hay rastro del sufrimiento asociado con su explícito deceso.

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A diferencia de las figuras de Vesalius, hombres musculosos, vigorosos y razonables que de no ser porque carecen de piel podrían estar vivos y actuando, las sonámbulas de cera no parecen ni vivas ni muertas, ni dormidas ni atentas, y se representan felizmente sumisas a la exploración médica y curiosa. Y es que en ese momento (señala Ebenstein), para que el hombre fuera instruido debía ser seducido por la estética, ¿pero cómo podía alguien presentar la muerte de manera agradable?

Ebenstein explica:

La belleza de la Venus anatómica era una estrategia importante para seducir al observador a querer aprender y, al mismo tiempo, la divorciaba de ideas como la muerte y la tumba, lo cual es la fuente de la mayoría del conocimiento anatómico.

En el momento en que estas modelos fueron concebidas y creadas, la anatomía de la mujer era de gran interés, tanto en arenas médicas como sociales. Para explicar la conducta del ser humano a partir del cuerpo había que entender también la génesis intrauterina, el cuerpo como término de la evolución filogenética y embriológica. Las Venus anatómicas resolvían este problema con una mezcla de belleza, erotismo y muerte, y cada una presentaba un feto (la razón de ser de la mujer, después de todo).

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Hoy en día, la Venus anatómica nos enfrenta con varios asuntos igual de fascinantes e indispensable que cuando surgió para reconciliar al humano con su muerte. Al verla nos damos cuenta de que no sabemos verla. No sabemos observar esa especie de profanación que ya no es religiosa sino ética, porque nuestra ética es puramente exterior y lo que hay debajo, lo que se desborda, nos problematiza fundamentalmente. En la hermosa Venus anatómica las vísceras –de color real, putrefacto– se desbordan de su contención de piel; nos recuerda muy explícitamente (nos reflejamos allí, orgánicos) que hay algo más desnudo que la desnudez; bajo el pubis y los pechos, meros ropajes de órganos, está el problema de las vísceras viscosas que a decir por el color y la textura podrían incluso oler muy mal. Hemos reemplazado lo erótico y sublime por los colores vivos. La anatomía escolar hoy es plástica, colorida (las venas rojas, las arterias azules) y limpia. Nos alejamos de la podredumbre renacentista con modelos maleables que no se derraman ni nos recuerdan a nosotros mismos.

Pero a no dudarlo, en el summum histórico de la anatomía explícita, las sonámbulas de cera son el ejemplo más estético y perturbador de todos. Para concluir, Ebenstein dice:

Creo que lo que vemos en el material de la Venus anatómica y sus hermanas es el paso de la antorcha de la religión a la ciencia y medicina como la principal manera de lidiar con la muerte y la enfermedad, de entender la naturaleza de la vida, nuestro propósito y nuestro lugar en el universo. Mucha de la intriga en estas ceras, su incongruente encanto, la naturaleza de su titileo en las orillas binarias de nuestras categorías fundacionales, surge del hecho de que ambas realidades aún están muy presentes y resuenan fuertemente. Es quizás una resolución intuitiva de nuestras propias naturalezas divididas lo que nos atrae a la Venus, una comprensión inconsciente de que ella podría sugerir otra avenida abandonada, una donde la belleza y la ciencia, la religión y la medicina, el alma y el cuerpo son uno.

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