Lo posible y lo imposible

Lo posible y lo imposible

El apego es fabricante de ilusiones; quien quiera ver lo real, debe estar desapegado. La frase es de Simone Weil, que ilustró con su biografía esta manera de pensar. Descubrí a esta escritora y filósofa francesa de origen judío al leer a Albert Camus, que la admiraba y lamentó extraordinariamente su prematura muerte en 1943.

Weil había cruzado el Canal para alistarse en la resistencia junto a De Gaulle. Falleció en una clínica en Ashford a los 34 años a causa de una tuberculosis. Hija de un médico acomodado, había estado luchando en España junto a Durruti en la Guerra Civil y anteriormente había trabajado como obrera en una fábrica de la Renault.

A lo largo de su corta biografía, Simone Weil lo fue todo: comunista, anarquista, feminista y católica. Este espíritu inclasificable vivió en su última década más que muchos a lo largo de 80 años. Creo que se dejó morir ante su incapacidad para acomodarse a una existencia mediocre.

Ella escribió que para renunciar a una cosa había que matarla antes con el pensamiento. Weil mató su vida porque era un ser desamparado, destrozado por la búsqueda de una identidad que nunca encontró.

Al final de sus días, la escritora tuvo una conversión semejante a la de Pascal al catolicismo, cuando sintió muy cerca la presencia de Jesucristo crucificado y su dolor como hombre. En varias ocasiones, se acercó a la puerta de una iglesia, pero jamás cruzó su umbral.

La vida de esta mujer siempre me ha fascinado no tanto por su dramatismo sino por el intento permanente y dramático de buscar la verdad. Para ello, renunció a su condición de judía y exploró todos los caminos hasta encontrar el que más se acomodaba a su condición: la muerte.

Camus escribió que la lectura de Weil le había turbado por su carácter profético y la consideraba como la mejor pensadora de su tiempo. No le faltaba razón, aunque su obra es fragmentaria, asistemática y dispersa. Si hay algo que me llama la atención en sus escritos es el contraste entre el deslumbramiento por la belleza del mundo y la conciencia del sufrimiento que ella observa en una humanidad doliente y explotada. “El mal es ilimitado, pero no infinito”, escribe. Y tiene razón porque sólo lo infinito supera al mal. Me atrevo a interpretar su pensamiento al subrayar que Weil identificaba lo infinito con el amor, la única salvación que tenemos a mano.

Me conmueve verla en una fotografía tomada en España vestida de miliciano, con un pañuelo rojo en el cuello y el fusil al hombro. Una mujer de apariencia tan frágil y delicada y, sin embargo, de tan fuertes convicciones.

Lo que más admiro en este mundo es la gente que pelea por defender lo que cree y que es coherente, quien apuesta su vida por una idea y sacrifica el éxito o el dinero a sus convicciones personales. Nos faltan personas como Weil y nos sobra charlatanería y espectáculo. Hemos perdido la dimensión espiritual de la existencia y así nos va. Dicho queda en uno de sus últimos pensamientos: “Hay que realizar lo posible para alcanzar lo imposible”. Por lo menos, ella lo intentó.

PEDRO G.CUARTANGO

http://www.elmundo.es/opinion

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