La herencia de Dolly, 20 años después

La herencia de Dolly, 20 años después

MIGUEL G. CORRAL

 

Eran aproximadamente las 16.30 horas (horario británico) del día 5 de julio de 1996. John Bracken, uno de los técnicos encargado de los animales en el Instituto Roslin de Edimburgo, se dio cuenta de que la oveja estaba a punto de parir y llamó inmediatamente a los veterinarios de la Real Escuela de Veterinaria local. «Aunque entre mi colega Douglas McGavin y yo sumábamos más de 50 años de experiencia, no hubiera importado lo más mínimo si hubiéramos decidido atender el parto y algo hubiera ido mal», reconoce Bracken en vísperas del 20 aniversario del nacimiento de la oveja Dolly. Demasiada responsabilidad, si todo iba bien aquel animal se convertiría en un hito científico que pasaría a la historia de la investigación. Se trataba del primer mamífero clonado a partir de una célula adulta, en concreto de una célula de las glándulas mamarias de una oveja de la raza Finn Dorset, muy habitual en Escocia.

Y llegar a ese momento, a las 16.30 horas del 5 de julio de 1996, no fue sencillo. La técnica que utilizaron los investigadores del Instituto Roslin, liderados por Ian Wilmut, se conoce como transferencia nuclear. De forma resumida, consiste en extraer el núcleo de una célula no sexual -la parte que contiene la carga genética, el ADN ordenado en cromosomas que los seres vivos heredamos a partes iguales de nuestros progenitores- e insertarlo en un óvulo desprovisto previamente de su propio núcleo. Algo que ya se había logrado con anterioridad en anfibios, pero utilizando células procedentes de embriones. Wilmut y su equipo lo lograron por primera vez utilizando una célula de un individuo adulto.

Hicieron falta 277 intentos para conseguir 29 embriones. Todos ellos se implantaron en hembras y todos excepto uno fueron abortados, algunos incluso antes de desencadenar un embarazo. Lo cierto es que en aquel momento parecía imposible que el núcleo de una célula adulta pudiera ser reprogramado para desarrollar un mamífero superior durante todas las fases de su desarrollo. Y Wilmut y sus colaboradores no parecían los investigadores mejor dotados para alcanzar un logro de ese calibre. El propio Wilmut se lo reconocía en aquel entonces a su colaboradora Angelika Schnieke: «Me quedaría muy sorprendido si funcionase, pero PPL [una compañía biotecnológica británica] está pagando por los experimentos, así que nosotros los hacemos», cuenta Schnieke a la revista Nature. Pero uno de aquellos embriones se desarrolló y aquel día 5 de julio de 1996 dio lugar a Dolly, bautizada así en honor a la cantante de country de grandes pechos Dolly Parton, tras una broma de un miembro del equipo de Wilmut por el hecho de que la célula hubiera sido extraída de las mamas de una oveja.

El hallazgo parecía abrir la puerta al control del ser humano sobre el ADN y prometía grandes avances biomédicos o en el campo de la infertilidad. Para otros era el inicio de una nueva era en la que se podrían clonar seres humanos con cualquier tipo de finalidad. Pero nada de eso ocurrió.

La promesa biomédica

Dolly sentó las bases prácticas y creó un estado de opinión. «Fue un avance muy importante, pionero en lo que luego se ha llamado reprogramación celular. Pero no es la revolución que parecía entonces», asegura a este diario José López Barneo, catedrático de Fisiología Médica de la Universidad de Sevilla. No obstante, todo indica que Wilmut y su equipo no sabía demasiado bien lo que estaba haciendo, algo que sí describieron -y les valió el Premio NobelShinya Yamanaka y el biólogo John Gurdon años después cuando descubrieron la reprogramación de una célula adulta para obtener células madre capaces de convertirse en cualquier célula especializada, una técnica conocida como iPS (siglas de Células Madre Pluripotenciales inducidas). «Pero tuvieron la osadía de hacerlo, y les salió bien», opina López Barneo.

A pesar de lo que prometía la técnica en aquel momento en la lucha contra enfermedades, tratamiento de la infertilidad, medicina regenerativa, etcétera, lo cierto es que la técnica aún no ha encontrado una aplicación directa en medicina. De hecho, con la aparición de las iPS parecía que las células embrionarias ya no tendrían utilidad. Algo que no ha sido del todo cierto, ya que no se termina de afinar la técnica para definir por completo el tipo celular que se desea producir mediante iPS, razón por la cual la clonación y obtención de células madre embrionarias no se ha abandonado. «La traslación médica ha ido más lenta de lo que se pensó y aún está por ver su aplicación real en medicina, pero eso es muy habitual en investigación biomédica», explica López Barneo.

«Dolly fue el camino difícil, pero abrió la posibilidad del uso científico de células madre embrionarias», opina Carlos Simón, director científico del Instituto Valenciano de Infertilidad (IVI) y catedrático de Obstetricia y Ginecología de la Universidad de Valencia. «Sin la clonación, no se hubiera producido el avance de Yamanaka», dice.

Para Simón, uno de los mayores valores del hallazgo fueron las puertas conceptuales que abrió. «A veces hay tangibles que no son resultados aplicables, sino el conocimiento que genera un avance científico los escalones que han permitido ascender hasta llegar a otras técnicas que están revolucionando la medicina», afirma Simón. «Lo cierto es que contribuyó a crear un estado de opinión y sentó las bases prácticas para la reprogramación», opina López Barneo.

El anuncio, hecho público en 1997 con su publicación en la revista Nature, despertó un revuelo mediático internacional y puso sobre la mesa el debate sobre la ética de la investigación con embriones. Para Carlos Simón, un debate necesario, pero que sólo tiene una vía de solución: «Vetar el conocimiento es lo peor que se puede hacer. Impedir un avance científico por cuestiones éticas o religiosas es un error. Prohibir no es solución alguna, regular es lo correcto», asegura.

Carne clonada

El debate sobre el consumo de productos de animales clonados. Dolly envejeció prematuramente. Sufrió artritis y desarrolló una enfermedad pulmonar, antes de ser sacrificada en 2003. La opinión pública ha mostrado sus reservas y en Europa, aunque no está prohibido, nadie ha pedido autorización para comercializar productos de animales clonados o de su descendencia. No obstante, la Food and Drug Administration (FDA) de EEUU autorizó en 2008 su comercialización argumentando que eran «tan seguros como los de los animales convencionales».

Como se trata de una técnica muy cara -más de 10.000 euros por animal- el objetivo no es disponer de clones para comercializar su carne, sino para mejorar la raza. «Dolly se murió antes de lo que le tocaba, pero en animales de granja clonados se ha comprobado que no hay un problema de envejecimiento acelerado», explica Carlos Simón. Para quien no existe problema alguno con el consumo de carne procedente de animales clonados y quien compara el debate con el de los transgénicos. «No le veo mayor problema a consumir animales clonados. No hay diferencia entre un animal clonado y uno que no lo sea. No tiene nada de malo ni puede producir enfermedades», asegura.

La mascota eterna

Hay empresas que clonan animales de compañía por encargo. Quizá la única aplicación directa junto con la clonación de animales ejemplares de producción ganadera, sea la de clonar mascotas. «La técnica sólo se usa para casos muy concretos de animales de producción ganadera con características especiales o incluso mascotas. Ha quedado para eso», opina Carlos Simón. Por algo menos de 100.000 euros, diversas compañías coreanas y estadounidenses, por ejemplo, ofrecen copias exactas de los animales de compañía favoritos de millonarios. Pero también de los perros de trabajo más especiales. Quizá la clonación más famosa fue la de Trakr, el perro policía que descubrió al último superviviente del ataque del 11 de septiembre de 2001 a las torres gemelas de Nueva York.

http://www.elmundo.es/ciencia

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